Cartografía de la brevedad

Por Yurimia Boscán

Habitar una poética requiere de cierta capacidad para despellejarse sin pudores. Pero habitar una poética que ofrece posibilidades minimalistas, mientras que, por pulsión de época, somos subsumidos por la espiral del vértigo que reina sobre el propio tiempo (tomado como bien de consumo), es una intrepidez. Sobre todo porque la rapidez inmediatista ─que no el instante─ nos va dejando sin opciones. Hablo de la palabra breve y su sentido frente al vacío en tiempos de wasap.

¿Cómo recitar lo breve?

Durante los recitales de mi juventud había aprendido que la palabra pierde algo de solemnidad cuando se exhibe (que es diferente a mostrarla). Sentía que la brevedad poética no tenía lugar en aquellos espacios donde, de alguna manera, lo que se recitaba iba envuelto en la rítmica cadencia que suele acompañar a todo poema de regular extensión. Cuando leía mis textos, compuestos de pocos versos, el chispazo ─presente siempre en la lectura íntima─ pasaba desapercibido.

Aquellas experiencias me dejaban hueca: Yo y mis circunstancias frente a un auditorio ajeno a lo que enunciaba la voz, siempre profunda, de lo pequeño.

Casi nadie parecía notar el sorbo silente: en aquellos “afueras” de la oralidad poética solo había lugar para la estridencia y las largas cadenas fónicas que envolvían con su ritmo cualquier intento de intimidad… Mi poesía se hacía entonces tartamuda y tímida. ¿Era la poesía de recital una puesta en escena que reclamaba su performance? Tal vez…

Un día me lancé al ruedo del poema largo. Metaforicé la historia en un tumulto de imágenes que se encadenaban frenéticamente al vuelo de mi voz en perfecto tono y dicción. Oír los aplausos al final del largo texto fue algo maravilloso… ¡Por fin había logrado entrar en los oídos presentes! La experiencia fue definitivamente adictiva. Y cuando una descubre que su palabra puede convertirse en una potente ola, ya no quiere bajarse de la cresta.

Me hice diestra en ritmos y cadencias porque conocía el destino de ese caballo de agua que había domado… y mientras más grande y largo era el recorrido del poema, mayor era su efecto en los otros.

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Pero la poesía breve no fabrica cadencias. Ella es apenas un destello sobre el agua y, como todo destello, ilumina y ciega. Solo la oscuridad de la pausa restituye su luz.

De igual modo, toda miniatura poética ofrendada como revelación debe ir seguida del silencio del pensamiento. Tanto, que en las sociedades orientales, silencio y tiempo, como elementos necesarios para pensar la imagen, prosiguen a un haikú, concebido como una iluminación del poeta: su “impacto se dirige al oído, pero también a la vista” (Rodríguez-Izquierdo, 1972), porque en la imagen recogida por la instantaneidad fluye la síntesis de la mirada ─genial o trivial─ de quien la enuncia, cuyo verbo debe ─también─ sortear un universo de interpretaciones posibles.

De ahí que el poema breve no pueda dispersarse en excrecencias. Es una intuición capaz de desbaratar todo acomodo y obligar esa pausa que reclama cierta lentitud para poder detenerse en lo que expresa: “la miniatura que nos sitúa en un punto sensible de la objetividad, en el momento en que es preciso acoger el detalle inadvertido y dominarlo” (Bachelard, 1993).

La brevedad debe ser un dardo afilado al corazón, la revelación que ponga en jaque ese ritmo de vida 3.0 que llevamos a cuestas en una existencia, paradójicamente, evanescente…

Leer y escribir lo breve se relaciona con los verbos “ver y oír, ultraver y ultraoír, oírse, ver” (ibid) en tanto afuera, adentro y más adentro: “En la contemplación de la miniatura hace falta una atención que rebota para integrar el detalle” (ibid).

De nuevo Bachelard nos da la clave:

Así lo minúsculo, puerta estrecha, si las hay, abre el mundo. El detalle de una cosa puede ser el signo de un mundo nuevo, de un mundo que, como todos los mundos, contiene los atributos de la grandeza. La miniatura es uno de los albergues de la grandeza.

La cita anterior se hermana con la filosofía oriental del frescor, del flash, del ojo alerta ante esa gota que pende de una telaraña. Sin embargo, hay otra poesía breve que, sin las pretensiones místicas del haikú ni el canto estacional obligatorio del kigo, también se distiende en lo mínimo para expresar lo más… escuchar la flor, usando su color, como dice Bachelard citando un poema de Noel Bureau («Las manos extendidas» [Les mains tendues]).

Sabemos que el haikú es tierramadre donde la expresión del que mira la brevedad se canta y se celebra a sí misma, a lo Whitman, para seguir respirando. Sin embargo, hay otras brevedades poéticas que también reclaman su tiempo interior para deconstruirse, y necesitan del no-ritmo, de la pausa, de la mirada hacia adentro, de la imagen que se dibuja en voz. Su lugar propio para aprehender el instante que funciona como una chispa (que es la esencia de la poesía) cuya dimensión lumínica destella para dejarnos un recuerdo que no sabemos si logrará sobrevivir a la vorágine del siglo XXI, con su huella hídrica, su cambio climático, sus épicos años de pandemia y su nuevo orden mundial… Por ahora, quiero creer, como Bachelard, que “las palabras son conchas de clamores” que van y vienen… y nos sostienen.


Referencias

  • Bachelard G. 1993. La poética del espacio. Cap. VII. La miniatura. Breviarios. Fondo de Cultura Económica. Bogotá
  • Rodríguez-Izquierdo F. 1972. El haiku japonés. Historia y traducción. Evolución y triunfo del haikai, breve poema sensitivo. Publicaciones de La Fundación Juan March. Guadarrama. Madrid
  • Yory Carlos. El concepto de topofilia