Dibujar

Por Martín Rusca
Arquitecto

Hace 9.400 años en lo que hoy es la Patagonia, puntualmente en el cañón del río Pinturas, un grupo de humanos comenzó a pintar, sobre una serie de cuevas, escenas de caza y de su vida diaria. Distintos sexos y edades se ven plasmadas en impresiones de manos. Animales, seres antropométricos y formas geométricas aparecen diseminados en distintos colores superpuestos durante una interesante cantidad de años. Para ser más precisos, las últimas impresiones están datadas en el 3200 AP, o sea, que las ilustraciones en la pared dialogan entre sí por un periodo de 6.200 años. Los mismos guanacos, las mismas personas, los mismos ritos y las mismas maneras de contarlos durante un periodo de tiempo que supera el de nuestra historia occidental. No solo eso, sino que las últimas ilustraciones no tapan las primeras, sino que las complementan, las completan. Imaginen poder escribir en un pergamino o en la misma pared en la que escribió un habitante de la antigua Mesopotamia y que podamos hablar de las mismas cosas. Hoy voy a hablar de dibujar, al revés de lo que hago generalmente.

El dibujo nos acompaña desde temprana edad, no solo como individuos, sino también como humanidad. Históricamente dibujamos antes de escribir, es más, nuestro alfabeto se basa en dibujos, y ni hablar de los caracteres chinos, japoneses o de medio oriente. No me resulta extraño imaginarme una escena de un grupo de homínidos dibujando con un palo en la arena una rudimentaria estrategia de caza. Como individuos también dibujamos antes, incluso, de hablar. Con pocos elementos (líneas y círculos), un niño puede dibujar lo que sea, desde su familia hasta un diplodocus con alas en el espacio. No teme que su dibujo no “parezca” lo que él quiso dibujar, ese concepto no tiene cabida en su pensamiento, las cosas no parecen, son.

Pero en algún momento de nuestra niñez, más precisamente en la primaria, algo pasa y de repente la gran mayoría se transforma en analfabetos gráficos. Así, uno se encuentra con adultos que te dicen sin inmutarse “yo no sé dibujar”, como si eso fuera posible. Como si alguien dijera que no sabe escribir solo por el hecho de que no le guste su letra. Que quede claro, todos dibujamos, quizás nos cueste más comunicar nuestras ideas, necesidades o emociones, pero eso es por falta de práctica. Ojo, no solo me refiero a la capacidad técnica o motriz sino, por el contrario, a una capacidad en el ver, en observar no solo hacia fuera, sino hacia dentro del dibujo. Entender que nuestros errores conforman, finalmente, nuestro estilo. Y depende de nosotros entenderlos y potenciarlos antes de querer adoctrinarlos.

Es cierto que el dibujo en algunos ámbitos tiene que respetar determinadas reglas para cumplir con su cometido. En mi caso, un arquitecto debe poder comunicar las cualidades de un espacio o explicar en un detalle cómo debe realizarse determinado encuentro de materiales. También, si quiero hacer un dibujo hiperrealista de un rostro y no doy con las proporciones adecuadas, mi representación pierde interés. Pero el error es pensar que esos usos son los únicos que tienen valor. Creer que alguien “dibuja bien” solo por poder reproducir una foto y que no se note la diferencia es, como mínimo, triste. Dibujar es más que eso, es técnica, sí, pero también es composición y, sobre todo, es narrativa. Un dibujo cuenta una historia, en sus elementos más evidentes y en los más ocultos. Un trazo puede relatar una vida.

No me quiero centrar solo en la capacidad comunicativa del dibujo, que es una de sus cualidades más notables. Dibujar no es solo reproducir o producir una imagen para mostrársela al mundo. Además de comunicar hacia afuera, dibujar, también es ir hacia adentro, es descubrir, es entender.

Si algo quiero que quede de esto es que hay que dibujar. Dibujen sin pensar, o mejor dicho, piensen desde el dibujo, el garabato es un mensaje directo del hemisferio derecho de nuestro cerebro. Dibujen mientras hablan por teléfono, mientras discuten con alguien, mientras ven una serie, dibujen cada vez que creen que no se puede dibujar. Dibujen cuando no entiendan algo, incluso si son sus propios pensamientos. Pero sepan que dibujar no es relajante, dibujar es estar en permanente tensión. Cada línea que hagan modifica las anteriores y condiciona las que vendrán. El dibujo puede comenzar con una idea, pero esta se modifica cada vez que rompemos el equilibrio que existe en el papel. Quieren relajarse, pinten mandalas o aprendan alguna técnica de sombreado para copiar una foto. Dibujar es estresante, no solo porque siempre estamos al borde del descontrol, sino que, además, nos muestra cosas que muchas veces queremos esconder. Trazos que nos desnudan mucho más que una confesión entre lágrimas.

Hoy veo esos dibujos que tienen más de 9.000 años y comprendo quiénes eran estas personas, puedo imaginar sus días y lo que ocupaba sus mentes. Puedo ver a sus dioses y demonios, lo que amaban y temían, lo que ocultaban y mostraban. Sus dibujos cuentan y yo entiendo, aunque nos separa un abismo de tiempo. Ese es el poder del dibujo. No me queda duda de que, si tuviera un delorean y los pudiera visitar, terminaríamos hablando raspando un carbón en la pared, aunque estuviéramos frente a frente.