Una marea sobre el asfalto

Texto y foto: Bautista Franco

 

El siseo de las voces, las doñas caminantes, los bombos que a veces están cerca y otras veces lejos, una olla que suena aguda al golpe de un cucharón, un pájaro, una bocina… Hace unos días marché con las organizaciones de desocupados, reclamando comida y trabajo. 

Hasta la Casa de Gobierno hay varias cuadras, no sé cuántas, el calor se vuelve agotador y los aires se crispan por los cortes. Era de mañana. Vi a un hombre en su camioneta último modelo lanzarse hacia la columna profiriendo insultos, pero un dejo de humanidad lo hizo detenerse antes de hacer algo de lo que se arrepentiría. 

Dicen que eran diez mil personas, pero yo no sé, eran muchos. Cuando quise alcanzar la cabecera, estaba demasiado lejos. El calor iba en aumento, la cantidad de cuerpos, impresionante, generaba su propio calor, el calor de las multitudes, agobiante. Mucha gente se deslizaba como una marea sobre el asfalto levantando en alto las banderas que tenían inscriptos los nombres de los comedores que organizan: “Corazones sonriendo” decía una, “Obreritos” otra, trapos lilas, anaranjados, blancos, negros… 

Dice el Gobierno que casi un 50% de la población está debajo de la línea de la pobreza. Según el Instituto Provincial de la Vivienda, el déficit habitacional alcanza las 70 mil residencias, pero no saben bien porque se basan en el censo de 2010. Por suerte este 2022 habrá un nuevo censo para saber cuántos somos y cuánto nos falta. 

La canasta básica para una familia tipo en Mendoza ronda los 62 mil pesos mensuales y mis ingresos están por debajo de esa suma, bastante debajo. Sé que familias con hijos, conocidas y cercanas, perciben menos, mucho menos. 

Cuando marchaba y veía a tantas personas reclamando por necesidades tan simples como un plato con “algo”, no pude ver nada más simbólico de lo político que esa lucha por “tanto”, por tan poco. Algunas chicas veinteañeras cargaron durante más de una hora con ollas de 20 litros. Una magnífica foto de pieles tersas y ollas vacías. 

En los comedores están principalmente mujeres, las veces que fui vi a muy pocos hombres. Antes esas mujeres daban de comer de manera organizada a decenas de personas, pero estos últimos años la demanda fue en aumento. Yo algo sabía pero pregunté por varios lados para confirmar, y me dijeron que se multiplicó por lo menos el doble lo que tenían que cocinar en enero de este año. Otros antes eran merenderos, ya no. Desde hace mucho más tiempo que marchan, ahora toman también la calle. 

La gente camina en columnas, a algunas personas las conozco. Las sombras de las arboledas parecen cambiar los rostros de tantos, que pareciera que uno ve a todo el mundo por primera vez, y a muchos ni siquiera los mira para no saturar la mirada de tanto rostro.

Pude ver ese mismo día, por la tarde, que los medios casi no tomaban la noticia. Incluso los que se dicen populares o tienen discursos izquierdistas. Uno muy conocido sacó una brevísima nota que decía que casi 2 mil personas generaron un caos en el centro y que alrededor de las 13 el tránsito se fue restableciendo lentamente. No mucho más. 

Vi un cartel, una casa dibujada, una chimenea dibujada con fibrón sobre una cartulina roja, sobre una cabeza, que era de una mujer con trenzas que estaba parada en el medio de la calle, tapándose del sol del mediodía. Las familias se van apretando en sus casas generación tras generación. La posibilidad de una casa propia es un sueño imposible. En mi antiguo barrio, en una casa de 50 metros cuadrados podían vivir hasta 10 personas. 

En el margen del río, donde no vale nada la tierra porque no se “puede” construir, se hacinan las casas -¿casas?- de chapa y cartón, que poco a poco ocupan los ríos que hace rato están secos pero les dicen ríos por el hilo de agua clara que a veces pasa zigzagueando hasta el horizonte. Esas casas guardan personas con hijos que comen y viven en ellas y toman agua que buscan lejos y van al baño en un pozo que hicieron un poco más allá con una pala mellada, más mellada por la piedra del río. Parece que esa miseria, el hambre, la falta de trabajo, la falta de un techo, cosas que suelen ir muy juntas, no importan, no han importado nunca. 

Ahora, mientras con hipocresía se ponen la mano en el corazón o recorren la provincia sin bajarse del auto, se proponen candidatos a las elecciones los de siempre, otra vez. Y eso me encabrona. Sinceramente me hace girar las entrañas, una y otra vez, que tengan la cara de decir que crecen con acuerdos, que quieren cuidar una provincia que han dejado destruida y que no hablen, ni un solo segundo, del hambre que he visto, de las casas que he visto que no están, del trabajo que he visto que no está. Ellos no van a hablar del frío, del viento Zonda golpeando y volando los techos plásticos, de la sopa de arroz blanco, sopa de pan, sopa de migas, de la piedra de hielo que cuando cae rompe todo o de las lluvias de verano que se filtran como si el techo fuera invisible, transparente y, también, a prueba de sonidos que no salen, aunque sean gritos.