José Ángel Valente: “La escritura es un éxtasis”

Por Miguel Pérez Mateos

 

Presencia inmaterial que atesora

los libros que he leído,

y grabaron en mí,

palabras que perduran

 

Jose_Angel_Valente

 

Invierno de 2019, antes de Navidad. Sábado a la mañana en el Paseo de Gracia, Barcelona. El café en la vereda se disfruta distinto, aunque haga frío. Y mucho más aún, si inesperadamente comienza a sonar un Piazzolla fantasma que se acerca a la mesa. Guitarra y bandoneón interpretan “Nonino”. Yo me catapulto, regreso a este país que elegí para quedarme. Los últimos acordes pasan, se pierden entre las cucharitas, las tazas de café y charlas que no escucho. Floto en el aire frío de esta mañana de diciembre. Pienso en San Rafael, mi Villa 25, aunque estoy a cien metros de  la Casa Milá, maravilla de Gaudí conocida popularmente como “La Pedrera”. Cuando Piazzolla pasa y se diluye, cancelo y me levanto. Camino hacia Avinguda Diagonal y la abordo. Veo una librería. Me acerco a la vidriera. La vista se detiene en un libro: “José Ángel Valente|Alianza Editorial|Antología”. No lo conozco, pero entro y lo pido. Me dicen que no lo tienen. Yo les digo que sí; lo vi en el escaparate. Una empleada lo retira y me lo trae. Lo pago y me lo entregan en una bolsa de naylon con una cinta azul y una etiqueta. Cuando empiezo a leer los poemas, me cuesta abandonarlos. Desde entonces integran esta “caja de versos” que atesoro.

En su extensa y documentada tesis doctoral “En las fronteras del ser: La poesía de J. A. Valente”, Estanislao M. Orozco Ortega, expresa lo siguiente acerca del poeta:

“La afirmación ““el poema no se escribe, se alumbra”” conlleva una visión radical y no muy común del hecho artístico, esto es, la visión del artista, o el poeta en este caso, como matriz y medio para la consecución de la obra de arte, del poema; una visión, en consecuencia, alejada de la volición o del poder del artista, quien no debe imponerse a la obra, sino que deberá observar una actitud marcada por el signo de la feminidad, dejando que la obra se genere en su interior para, más tarde, alumbrarla, en un proceso que acontece desde la oscuridad interior hasta la luz exterior. Valente, en “Cinco fragmentos para Antoni Tàpies”, incluido en Material memoria, ya defendía esta misma visión sobre la creación artística: Quizá el supremo, el solo ejercicio radical del arte sea un ejercicio de retracción. Crear no es un acto de poder (poder y creación se niegan); es un acto de aceptación o reconocimiento…Crear es generar un estado de disponibilidad, en el que la primera cosa creada es el vacío, un espacio vacío. Pues lo único que el artista acaso crea es el espacio de la creación. Y en el espacio de la creación no hay nada (para que algo pueda ser en él creado)” (Valente, 2006: 387).

Agrega además:

“…el poema nos invita a una experiencia oscura. A una inmersión en las capas sucesivas de la materia o de la memoria. A una inmersión en el fondo infinito en el que acaso se encuentra la palabra única, la palabra que fue, no sabemos cuándo, nuestro origen, residuo acaso el poema de lo que se ha llamado la nominación primera. Inmersión, por consiguiente, en las capas de la memoria. Descenso por los infinitos estratos o cámaras de la palabra. Descenso o viaje al origen (Valente, 2007: 28),…”

Otro párrafo del análisis de Orozco Ortega expresa: “El primer poema, “«Serán ceniza…»”, es un poema decisivo aunque la hondura de su relevancia, y qué implicaba en realidad, lo descubriera su propio autor mucho después de haberlo escrito, “Sólo mucho tiempo después de haberlo escrito, advertí que ese lugar [el desierto], que hoy considero el lugar originario de la palabra, se constituía precisamente en el primer verso del primer poema de mi primer libro” (Valente, 2008: 1389). Transcribimos el poema en su integridad:

Serán ceniza
Cruzo un desierto y su secreta 
desolación sin nombre. 
El corazón tiene la sequedad de la piedra 
y los estallidos nocturnos 
de su materia o de su nada. 

Hay una luz remota, sin embargo, 
y sé que no estoy solo; 
aunque después de tanto y tanto no haya 
ni un solo pensamiento 
capaz contra la muerte, 
no estoy solo. 

Toco esta mano al fin que comparte mi vida 
y en ella me confirmo 
y tiento cuanto amo, 
lo levanto hacia el cielo 
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza. 
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora, 
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza. 

Antes de compartir otras obras del autor, sólo quiero agregar que a esa atracción que ejerció el libro en la vidriera, se le sumó un dato relevante (para mí). Supe, después de haberlo leído que José Ángel Valente, (Ourense, 25 de abril de 1929 – Ginebra, 18 de julio de 2000), Licenciado en Derecho y posteriormente en Filología Románica, desarrolló su carrera entre la Universidad de Madrid, la de Oxford, Ginebra, París. En  los años 80 al retirarse, vuelve a España y fija su residencia en Almería. Esa Costa del sol que no se olvida.

joseangelvalenteporXulio

Ahora, amiga mía...

Ahora, amiga mía
que una flor de papel preside el aire,
que el aire se deshace en dulces pétalos
de jadeante miel en tus rodillas,
ahora que no hablamos del otoño
ya nunca más
para no tropezar con tu mirada,
ahora que te adentras por la vida,
ligera, según dices,
desposeída al fin de prejuicios,
ideas recibidas, tiempo estéril,
incomprensibles normas y principios,
ay -ahora
que la virginidad navega todavía
como un barco vacío por oscuros telares,
por intactos desvanes y sueños sin sentido,
qué hacer en medio de la tarde,
cómo entregarse sin terror de pronto
y cómo confesar que detrás de tu lecho
odiosa la inocencia,
inservibles los claros pensamientos,
traicionan palabras aprendidas
en revistas de moda, tópicos de vanguardia,
digo, tópicos que tan libre te hacen,
aunque no de ti misma,
aunque no de tu vientre inopinado
donde súbito baja,
feroz y sofocante, el duro golpe
del corazón.
Qué tierna insensatez la de estar solos,
la del estremecimiento vergonzoso
ante la voz del hombre
Y el no estar a la altura de las propias palabras
con esfuerzo aprendidas,
pues ahora
bien sencillo sería el acto del amor
sin aquel eco
soez de sumergidas tradiciones
no expurgadas a tiempo,
ahora que la misma indiferencia
de las frases audaces y ante oídas
del loro varonil tan propicia parece,
si la conversación no fuera ya pretexto,
argumento de un miedo mal oculto
a no saber qué hacer en este trance.
Demasiado tarde vuelves
a recaer en frases y agudezas,
mientras escondes el temblor que sube,
absurdamente provinciano y burdo,
de niña de agua dulce,
desusada y antigua, hasta tus labios,
mientras repites al pic-up la misma
canción francesa que nos gusta tanto,
que nos hace sentir más al corriente,
casi no necios ni burgueses tristes.
Qué fácil fuera ahora desnudarse,
dejar caer el velo simplemente
sin el terror oscuro que te ata
a los núbiles senos,
qué fácil fuera acaso si no fuera
por la flor jadeante de papel amarillo
que preside la tarde,
por el desasosiego súbito que oprime
hasta el dolor tu tímida cintura
por la imposible confesión aciaga
de tu añeja inocencia,
por el urbano gesto
de loro aclimatado a otras regiones
con que el varón disfraza su animal procedencia,
por los pasos de alguien que se acerca,
por el timbre que suena
como un ángel guardián ( te ruboriza
sin poder evitarlo el pensamiento )
y la ocasión disuelve, mientras tú más segura
recuperas ingenio y frases hechas,
piensas que, al fin y al cabo, volverá a repetirse,
prefabricada como es, y entonces
no dudarás en entregarte,
entonces-
es decir, sin que llegue
el deseo a pasión ni la pasión a amor
ni el hálito terrible del amor
al abrasado borde de tu cuerpo.
 

Análisis del vientre

Aquel vientre era para ser observado con lupa,
pues bajo el cristal cada pequeño pliegue,
cada rugosidad se hacía
multiplicado labio.

El amor, demasiado brutal,
jamás repararía,
el petulante de la viril pasión
que el aire agota de un solo trago inútil
jamás repararía.

Mas nosotros, mi amiga, analicemos
con la frialdad habitual a la que sólo
el poema se presta
la difícil pasión de lo menos visible.
 
 
Cae la noche

Cae la noche. 
                   El corazón desciende 
infinitos peldaños, 
enormes galerías, 
hasta encontrar la pena.
Allí descansa, yace, 
allí, vencido, 
yace su propio ser.

                    El hombre puede 
cargarlo a sus espaldas
para ascender de nuevo
hacia la luz penosamente: 
puede caminar para siempre,
caminar...
                     ¡Tú que puedes,
danos nuestra resurrección de cada día!

 
Cómo se abría el cuerpo del amor herido...


Cómo se abría el cuerpo del amor herido
como si fuera un pájaro de fuego
que entre las manos ciegas se incendiara.

No supe el límite.

Las aguas
podían descender de tu cintura
hasta el terrible borde de la sed,
las aguas.


 

Cuando te veo así, mi cuerpo, tan caído...

Cuando te veo así, mi cuerpo, tan caído
por todos los rincones más oscuros
del alma, en ti me miro,
igual que en un espejo de infinitas imágenes,
sin acertar cuál de entre ellas
somos más tú y yo que las restantes.
Morir.
Tal vez morir no sea más que esto,
volver suavemente, cuerpo,
el perfil de tu rostro en los espejos
hacia el lado más puro de la sombra.

 
El adiós

Entró y se inclinó hasta besarla
porque de ella recibía la fuerza.

(La mujer lo miraba sin respuesta.)

Había un espejo humedecido
que imitaba la vida vagamente.
Se apretó la corbata,
el corazón,
sorbió un café desvanecido y turbio,
explicó sus proyectos
para hoy,
sus sueños para ayer y sus deseos
para nunca jamás.

(Ella lo contemplaba silenciosa.)

Habló de nuevo. Recordó la lucha
de tantos días y el amor
pasado. La vida es algo inesperado,
dijo. (Más frágiles que nunca las palabras.
Al fin calló con el silencio de ella,
se acercó hasta sus labios
y lloró simplemente sobre aquellos
labios ya para siempre sin respuesta.


 
El ángel
Al amanecer,
cuando la dureza del día es aún extraña
vuelvo a encontrarte en la precisa línea
desde la que la noche retrocede.
Reconozco tu oscura transparencia,
tu rostro no visible,
el ala o filo con el que he luchado.
Estás o vuelves o reapareces
en el extremo límite, señor
de lo indistinto.
No separes
la sombra de la luz que ella ha engendrado.
 
 
El círculo

Estaba la mujer con sus dos senos,
su única cabeza giratoria,
la longitud de su sonrisa, el aire
de estar y de alejarse sabiamente fingido.
Estaba rodeada de sí misma,
de admiración opaca y compartida,
bajo la oscura luz de las miradas.
La complacencia del estar henchía
de estólida ternura los objetos cercanos.
Estaba en pie sumándose a su cuerpo.
Las palabras sonaban conllevando sentidos
superfluos y crasos.

Giraba la mujer.
Rebasaba su órbita
como un pronunciamiento
de todo lo que es bello,
vacío, ritual, sonoro, triste.
 
 
El deseo era un punto inmóvil...

Los cuerpos se quedaban del lado solitario del amor
como si uno a otro se negasen sin negar el deseo
y en esa negación un nudo más fuerte que ellos mismos
indefinidamente los uniera.
¿Qué sabían los ojos y las manos,
qué sabía la piel, qué retenía un cuerpo
de la respiración del otro, quién hacía nacer
aquella lenta luz inmóvil
como única forma del deseo?

 

joseangelvalente2