De carpinchos y grietas

Por Federico Mare

Que esta empatía transversal, que esta solidaridad casi-sin-grieta hacia los carpinchos de Nordelta no se haga extensiva (ni un poquito, ni siquiera bromeando o jugando) a las personas damnificadas por la privatización capitalista de la tierra resulta muy sintomático. Es una doble vara que ilustra a la perfección esa pose burguesa que Mariátegui llamó, con quirúrgica precisión, «vulgar idealismo».

Por un lado, se despliega toda la sensiblería conservacionista con la fauna silvestre: usurpamos su hábitat, tienen derecho a vivir donde siempre vivieron, el único invasor o intruso aquí es el hombre, debemos garantizarles un lugar donde puedan subsistir, etc. Por otro lado, se criminaliza sin misericordia a los pueblos originarios y okupas que anteponen sus vidas y su dignidad al régimen de propiedad privada: ¡desalojen a esa manga de delincuentes! ¡Si quieren tierras, que las compren! ¡Hay que laburar y ahorrar para progresar en la vida!

Indígenas y pobres, al parecer, deberían convertirse en adorables capibaras, en simpaticones chigüires, para que sus derechos territoriales y habitacionales no sean letra muerta. ¿Nos damos cuenta de toda la podredumbre que subyace a la «conciencia verde» de gente ricachona y biempensante como Nicole Neumann? El ecologismo minimalista y mojigato de las clases medias y altas argentinas esconde dosis inconmensurables de racismo y clasismo.

Que seamos capaces de empatizar con los carpinchos de Nordelta nada tiene de malo. Al contrario, está muy bien (igual que está muy bien reclamar que se sancione con urgencia la Ley de Humedales). Lo malo es que, en muchos casos, esa sensibilidad y solidaridad excluyan como un tabú a nuestros propios congéneres que también han sido víctimas de la voracidad inmobiliaria del capitalismo.