Nuestro mundo feliz

Por Mariano Lázaro

Hace una semana dejé de usar redes sociales. Desinstalé Instagram, Twitter y Facebook.

Me mudé al espacio inhóspito que representa la cotidianidad sin teléfono; el lago de aguas quietas y aburridas de la desconexión, junto al que Thoreau podría haber escrito otra vez Walden. Salvo por algún desliz ocasional, no he vuelto a teclear mis usuarios ni contraseñas, pero a estas alturas la experiencia ascética está resultando esclarecedora en dos sentidos: en realidad no sé qué hacer con mi nuevo paraíso de inconexión y productividad, y la abstinencia me está matando.

Aldous Huxley escribió Un mundo feliz sin muchas pretensiones literarias, casi como un juego. En realidad no imaginó que su novelita sobre bebés diseñados en probetas, fármacos milagrosos y adoctrinamiento inconsciente alcanzaría la proporción de, como veinte años después él mismo denominaría, una “fábula profética”. Si bien los avances en la edición genética (como el caso del CRISPR) y el uso extendido de narcóticos y psicotrópicos nos plantean dilemas éticos cada vez más importantes, hay un tema en la novela que posee mayor vigencia que estos: la dócil esclavitud a la felicidad.

Me meto a Instagram casi de puntillas, doy algún MG o dos, y scrolleo entre las historias destacadas, viendo el desayuno que tomó algún amigo o la noche que pasó un desconocido cuya vida en realidad me importa una mierda. Las dosis de dopamina se disparan a través de mis córneas, el pulgar recuerda cuánto extrañaba el tap-tap contra la pantalla, pierdo la noción del tiempo. Los shots de felicidad instantánea llegan al sistema nervioso tan rápido como los efectos de una pepa bajo el párpado. Pasado un rato miro el reloj y veo que un cuarto de hora se ha ido.

La distopía de Huxley plantea un mundo gobernado por una dictadura totalitarista que, al contrario de su contraparte igual de famosa “1984”, no es sostenida por la violencia y el miedo, sino por el placer y la felicidad. Las castas sociales de Un mundo feliz viven en paz y armonía, dándose al placer sexual en cualquier momento, a la evasión a través de drogas y a la distracción de cuanto espectáculo tengan al alcance. Viven en la inalterabilidad de un campo Elíseo. El bienestar y la felicidad vuelven imposible la revolución, la ruptura, el conflicto.

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Hoy por hoy vivir lejos del alcance de internet es prácticamente imposible. No solo por el fácil acceso que tenemos a la red, sino por la adicción que genera. Estar conectado se ha convertido en una necesidad fisiológica. Quedarse al margen, aislarse, excluirse, es estar lejos de la información inmediata. Equivale a no formar parte del mundo. A ser un otro ajeno al mundo. En el libro se exilia a quienes no quieren formar parte del sistema a una isla. Mejor dicho, se los aísla bajo su consentimiento. Ya no molestan porque están lejos, rodeados de sus semejantes. ¿Pero qué ocurre cuando hoy, quienes nos preocupamos por la dependencia que nos generan las redes, no encontramos semejantes? ¿O mejor dicho, cuando vemos que está tan naturalizada la dependencia? Volvemos al vicio fácilmente, al tap-tap de la pantalla, como el fumador vuelve al tabaco gracias a un puchito suelto.

Lo peligroso de las redes es que en apariencia se nos muestran inofensivas. Como lo son los placeres que Huxley plasmó en su libro. Huxley imaginaba que en un futuro se alienaría a las masas mediante avanzadas técnicas de hipnopedia, que se induciría a su docilidad mediante sofisticados narcóticos, pero jamás vislumbró que tan solo haría falta desbloquear una pantalla. No imaginó que mandatarios cínicos como Trump ganarían las elecciones manipulando a sus votantes a través de grupos de Whatsapp y Facebook, que empresas como Coca Cola se agenciaron generaciones de compradores desde niños a través de la propaganda. No imaginó que un algoritmo podría predecir qué es lo que queremos comprar o mirar en Youtube, ni que pantallas diminutas crearían multitud de personas con adicción a la pornografía o insomnio.

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Huxley se arrancaría los pelos. Pero no debemos ceder ante los peligros que puede generar un mundo de entretenimiento constante y conectividad inmediata. Basta con hacer un uso consciente de las redes y ser conocedorxs del poder que estas tienen sobre nosotrxs. Saber que detrás de la red muchas veces se esconden titiriteros que responden a la demanda de empresas y gobiernos, y que mediante refuerzos positivos nos hacen perseguir la felicidad como si Skinner estuviese tocando una flauta. Priorizar nuestro tiempo y hallar un equilibrio entre las redes y la vida diaria, porque según he comprobado la vida del exiliado de nada sirve. Siempre se vuelve. Debemos ser conscientes como consumidores de lo que consumimos, y estar alerta, ya que hay que dilucidar los peligros que esconden los placeres de este mundo feliz.