«Okupas» somos nosotros

Por Bautista Franco
Ilustración: Jonás Angarita

A finales del año 2000 la Televisión Pública Argentina transmitió una de las series más icónicas de la pantalla chica nacional. Casi sin querer nació «Okupas».

En ella se buscaba retratar la vida de una serie de personajes suburbanos, la cotidianeidad violenta e impetuosa de la ciudad que se volcaba sobre un grupo de personajes que si bien eran diferentes, se entendieron y estrecharon lazos en busca de armonía, pero sin un objetivo claro. El final fue violento, más para el corazón de los espectadores, que vieron cómo la vida se iba bajo la lluvia. Y sin quererlo, se retrató el estado de un país.

Hoy el film remasterizado a través de streaming es furor y todos hablan de él, pero durante los últimos veinte años miles de personas vieron repetidas veces la serie, en mala calidad y con publicidad, en Youtube y grabaciones piratas vendidas en la puerta de los supermercados.

¿Cuál era el atractivo de «Okupas»? No hay nada más atrayente que lo que te representa. Se parece tanto a la realidad que puede ponerse en duda si es una ficción o un documental. No hay nada mejor para el dramaturgo, para el director, para el actor, que le crean. Y los espectadores del 2000 les creyeron, también los de los años siguientes, y dos décadas después sigue siendo una historia vigente. 

A partir de una deuda de la productora Ideas del Sur con el Comfer (Comité Federal de Radiodifusión) nació «Okupas» como forma de pago, una miniserie de una sola temporada, de bajo presupuesto y con actores noveles. Ellos supieron retratar no solo la historia del guion, sino una realidad social que se había instalado en el país y que, a pesar de aparentes altibajos, nunca más se fue. Fue una serie anticipatoria del levantamiento social de 2001, cuando el presidente De la Rúa tuvo que huir en un helicóptero. El 2001 se parecía a «Okupas». 

Hoy se repiten historias, «Okupas» es parte de la vida real, de la vida diaria, en la que no queda otra que apoyarse en los amigos para entender los códigos de la vorágine social que toma las calles todos los días. 

La marginalidad, la violencia, la pobreza, el guiso, las casas ociosas víctimas de la especulación inmobiliaria no son ficción. Esas viejas cintas del año 2000 son un registro histórico que sigue vigente.

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