Alejandra Pizarnik, la poesía en el cuerpo

Por Miguel Pérez Mateos

 

Presencia inmaterial que atesora

los libros que he leído,

y grabaron en mí,

palabras que perduran

 

alejandra_pizarnik_6

 

En mayo de 2003, Página 12 publicó un artículo referido a la poetisa en el que se señala que era necesario “…sacarla del espacio de la víctima sufriente y suicida”. Han pasado dieciocho años y, en verdad, no sé si esa aspiración se ha logrado. Lo que sí me parece es que hoy Alejandra Pizarnik (me refiero a su obra, lógicamente) es bastante más conocida y, por lo tanto, leída.

En el escrito de referencia se decía, además, sobre la ambición de la escritora acerca de hacer “el cuerpo del poema con mi cuerpo”. Es decir, “convertirse en el personaje de su absoluto verbal”. Sobre esa idea y afirmación he vuelto muchas veces en mi propia experiencia con la poesía, en un intento de vivir el compromiso asumido con la palabra poética, persiguiendo la capacidad de volcar en ella la experiencia vital unida a la responsabilidad de resguardar el lenguaje, ante tantos embates que cotidianamente se suscitan.

Pero volviendo a la autora, es bueno recordar los títulos de su vasta obra: “La tierra más ajena”, “La última inocencia”, “Las aventuras perdidas”, “Árbol de Diana”, “Los trabajos y las noches”, “Extracción de la piedra de locura” y “El infierno musical”, entre otros poemarios, y recordar que su poética ha impregnado la de algunos de los escritores más cercanos, en el tiempo de las generaciones actuales. Por otra parte, siguiendo lo expuesto en la nota citada, se rescata “la multiplicidad de sentidos que continúan suscitando sus poemas”. “El desarrollo y uso de la temática de la muerte que, además, es la de su propia muerte, trabajada con una maestría incomparable”, el tema del fracaso, el de los miedos, el del amor y tantos otros íntimamente relacionados con el vivir.

 

alejandra_pizarnik_3

 

Alejandra Pizarnik, en realidad Flora Pizarnik Bromiquier, nació y murió en Buenos Aires (1936-1972). Según relata Nicolás K, tras el bachillerato ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y permaneció como estudiante hasta 1957, sin llegar a terminar sus estudios. Realizó su obra en la década del sesenta, siendo una de las voces más representativas de esa generación. Su poesía fue una verdadera bisagra pues la re-trabajó en las tradiciones románticas, simbolistas y surrealistas. Expuso con una desgarradora claridad lo terrible del silencio creativo abriendo, en este sentido, una puerta a las nuevas generaciones de poetas mujeres.

Compartimos poemas de la escritora:

              Lejanía


Mi ser henchido de barcos blancos. 
Mi ser reventando sentires. 
Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos. 
Quiero destruir la picazón de tus pestañas. 
Quiero rehuir la inquietud de tus labios. 
Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas horas?

             Noche


correr no sé donde 
aquí o allá 
singulares recodos desnudos 
basta correr! 
trenzas sujetan mi anochecer 
de caspa y agua colonia 
rosa quemada fósforo de cera 
creación sincera en surco capilar 
la noche desanuda su bagaje 
de blancos y negros 
tirar detener su devenir
         



De La última inocencia:

                   Sueño

Estallará la isla del recuerdo. 
La vida será un acto de candor. 
Prisión 
para los días sin retorno. 
Mañana 
los monstruos del buque destruirán la playa 
sobre el vidrio del misterio. 
Mañana 
la carta desconocida encontrará las manos del alma.


      A la espera de la oscuridad

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

  
      Poema para Emily Dickinson

Del otro lado de la noche
la espera su nombre,
su subrepticio anhelo de vivir,
¡del otro lado de la noche!
Algo llora en el aire,
los sonidos diseñan el alba.
Ella piensa en la eternidad.
De Las aventuras perdidas:

             Tiempo
                     a Olga Orozco

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.
Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.

        La Carencia

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.


           Fiesta en el vacío

Como el viento sin alas encerrado en mis ojos
es la llamada de la muerte.
Sólo un ángel me enlazará al sol.
Dónde el ángel, 
dónde su palabra.
Oh perforar con vino la suave necesidad de ser.

          
       La única herida

¿Qué bestia caída de pasmo
se arrastra por mi sangre
y quiere salvarse?
He aquí lo difícil:
caminar por las calles
y señalar el cielo o la tierra.
         
1
sólo la sed 
el silencio 
ningún encuentro 

cuídate de mí amor mío 
cuídate de la silenciosa en el desierto 
de la viajera con el vaso vacío 
y de la sombra de su sombra

18
como un poema enterado 
del silencio de las cosas 
hablas para no verme

23
una mirada desde la alcantarilla 
puede ser una visión del mundo 
la rebelión consiste en mirar una rosa 
hasta pulverizarse los ojos
         

          Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar 
el sonido de la luz en una hora muerta, 
el color del tiempo en un muro abandonado. 

En mi mirada lo he perdido todo. 
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.


            Poema

Tú eliges el lugar de la herida 
en donde hablamos nuestro silencio. 
Tú haces de mi vida 
esta ceremonia demasiado pura.


            Como agua sobre una piedra

a quien retorna en busca de su antiguo buscar
la noche se le cierra como agua sobre una piedra
como aire sobre un pájaro
como se cierran dos cuerpos al amarse


Vértigos o contemplación de algo que termina

Esta lila se deshoja. 
Desde sí misma cae 
y oculta su antigua sombra. 
He de morir de cosas así. 


                Signos

Todo hace el amor con el silencio.

Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.

De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.
Lazo mortal

Palabras emitidas por un pensamiento a modo de tabla del náufrago. Hacer el amor adentro de nuestro abrazo significó una luz negra: la oscuridad se puso a brillar. Era la luz reencontrada, doblemente apagada pero de algún modo más viva que mil soles. El color del mausoleo infantil, el mortuorio color de los detenidos deseos se abrió en la salvaje habitación. El ritmo de los cuerpos ocultaba el vuelo de los cuervos. El ritmo de los cuerpos cavaba un espacio de luz adentro de la luz.

Endechas IV

Las metáforas de asfixia se despojan del sudario, el poema. El terror es nombrado con el modelo delante, a fin de no equivocarse.

20
dice que no sabe del miedo de la muerte del amor
dice que tiene miedo de la muerte del amor
dice que el amor es muerte es miedo
dice que la muerte es miedo es amor
dice que no sabe
a Laure Bataillon
de Árbol de Diana, 1962


MENDIGA VOZ

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.
de Los trabajos y las noches, 1965


FRAGMENTOS PARA DOMINAR EL SILENCIO
I
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.
II
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.

No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.
III
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.
de Extracción de la piedra de locura, 1968


PIEDRA FUNDAMENTAL

No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada del tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.

Presencias inquietantes, gestos de figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las alude, signos que insinúan terrores insolubles.

Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y barrenan, y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los cimientos, los fundamentos,
aquello que me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno baldío,
no,
he de hacer algo,
no,
no he de hacer nada,
algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente distinta de ella.

En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.

No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.

¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado.

Las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la desilusión al encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre, que tuvo que ser Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste asesinar escuchando cuentos de álamos nevados?

Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme, petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Sólo cuando un refrán reincidía, alentaba en mí la esperanza de que se estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar, hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez en este poema que voy escribiendo.)

Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles que suministre algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas.

(Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.)

(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto...)

Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para aleccionar a la que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero).

Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que la muerte era decir un nombre sin cesar.

No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato. No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible que sea una trampa, un escenario más.

Cuando el barco alteró su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy invisible aun para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un jardín.

Hay un jardín.

de El infierno musical, 1971