Las flores

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

A las tres de la tarde las flores se asoman por las ventanas. Las veo desde la entrada del pasillo por donde escurre el agua con jabón de la sequiecita que lo atraviesa. Las moscas revolotean y se hunden en el agua jabonosa. En todos los televisores es la hora de la novela.

Se pasan las siestas ahí, a veces chusmeando de una ventana a la otra, a veces en silencio como iguanas.

(Esperan que alguien ponga los ojos en ellas, que alguien las mire de verdad, como se mira un deseo).

Han entrenado su cuerpo y su promiscuidad para ser miradas, para ser deseadas. La flor no existe más que para ser arrancada de la vida y elegida por su belleza de entre todas. Aguantan lo que sea con tal de seguir siendo bellas, se entregan dulcemente y hasta agradecidas a una muerte lenta pero certera por esa belleza.

(Fueron criadas para aguantar los golpes del invierno y de los machos y serán capaces de callar cualquier dolor).

Esperan que un gil las arranque de la villa y confían que su belleza es un boleto de ida. Los pibes alguna vez las miraron, alguna vez las amaron, desearon y alguna vez les hicieron olvidar, por segundo, de los giles; pero ahora, a las tres de la tarde, a la hora de la novela, solo tienen ojos para los giles que vendrán, si es que vienen, y estacionan el auto a la entrada del pasillito, aprietan el botón que baja la ventanilla hasta la mitad, la colonia de afeitar y el Paco Rabanne les da de frente en la cara mientras las miran por detrás de sus rayban originales; ellas sonríen, esperando ser la elegida, y ellos levantan la mano, hacen la señal, la elegida sale de entre todas, abraza a las otras que mastican la derrota en las ventanas, la afortunada se arregla al pelo, saluda a su madre y algún hermanito, gira la cabeza, mira con compasión a las otras flores que seguirán esperando mientras les quede juventud y esperanza en el cuerpo, se sube del lado del acompañante, besa a su príncipe azul y abandona la villa para siempre.

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