Habitar el oasis

Por Mauro Barchiesi
Arquitecto

Quien ha transitado por Mendoza, probablemente haya descubierto algunos elementos que no suelen estar en todas las ciudades o asentamientos urbanos. Árboles, canales y veredas que acompañan las vías de circulación y como límite visual lo construido, la arquitectura. Todo en conjunto formando un gran tejido, la ciudad habitada. Las acequias, esas zanjas entre la calle y el árbol, donde más de una vez algún turista distraído termina adentro, nos hacen entender que estamos en un territorio particular.

Túneles arbolados, veredas anchas, jardines delante y en el fondo de las casas, parques y plazas dando sentido a toda una intención fundamental: “desarrollar la vida dentro de un entorno hostil, árido”. El oasis, esa pequeña porción del territorio que representa el 3% de toda la superficie de Mendoza y donde vive el 95% de la población.

Para explicar mejor los elementos de los “territorios-oasis”, me remito al libro “Mendoza, una ciudad Oasis”, de la arquitecta Eliana Bórmida, donde define a este sistema a través de tres grandes elementos: el sistema de riego, la forestación y la edificación.

El sistema de riego está conformado principalmente por las acequias, que riegan los espacios públicos urbanos. Toman agua de canales derivados de ríos, y mediante un estudioso sistema de pendientes la distribuyen por toda la ciudad permitiendo el riego artificial de las arboledas. (fig. 7)

La forestación rigurosamente seleccionada está distribuida de manera estratégica en arboledas en las calles, parques, plazas y patios privados. Variedades como los olmos, los plátanos, moreras, carolinos, fresnos y acacias. Constituyen elementos dinámicos, cambiantes en las horas del día y los meses del año. (fig. 8)

La edificación, en su conjunto, forma un conglomerado que incorpora espacios vacíos (patios sombreados) y se distribuye sobre la superficie urbana ajustándose a la forma del damero, es decir, ocupando los islotes cuadrados o “manzanas”. (fig. 9)

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Estos sistemas definidos por Bórmida se hacen aún más evidentes en las imágenes que retrataba el fotógrafo Juan Pi de San Rafael a principios del siglo pasado.

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Vivir en un oasis es fruto de entender un entorno, esto es justamente hacer uso correcto del elemento vital que permite el desarrollo de ese territorio. El ser humano se adapta al entorno de acuerdo a las condiciones que el medio ambiente presenta, es decir, que responde a las características de un ecosistema en particular. Afirmando lo anterior, estaríamos en condiciones de decir que mientras más sensibles seamos con nuestro territorio habitado y su entorno, mejor podremos hacer frente a diferentes situaciones que podrían presentarse en climas o zonas como en las que se insertan los oasis.  Pero cuando un territorio heredado se mantiene durante un largo tiempo, dentro de cierto equilibrio aparente, sus habitantes comienzan a despegarse de esa sensibilidad al entorno. Es como si el oasis logrado con tanto esfuerzo siempre hubiese existido y se asume como un “entorno natural”.

Sin embargo, cuando los acontecimientos son más frecuentes, como los sismos, grandes tormentas estacionales (lluvias, granizo, viento zonda, nevadas, etc.), se podría decir que estamos más preparados y vamos generando distintos mecanismos para dar respuesta a los hechos. Como ejemplo, se puede mencionar lo que sucede ante una tormenta con potencial granizo, cuando la gente es invadida por el pánico de que sus bienes puedan destruirse y todos corren alocadamente en busca de algún refugio para protegerse. Ese temor a perderlo todo (ya sea por daños materiales a los medios de transporte, viviendas,  o daños mucho más impactantes, relacionados a los cultivos) nos ha permitido interpretar las nubes, el cielo, en sí, el medio ambiente.

Más allá de lo trágico, de lo abrumador que es quedar involucrados en estos acontecimientos que mencionaba anteriormente, la sociedad vuelve a recomponerse y sigue adelante. Pero qué sucedería si tuviésemos que enfrentar una situación de crisis hídrica extrema. ¿Cómo sería la vida a partir de una fuerte disminución en el recurso hídrico?, considerando que lo que se pueda dañar en este caso no serían solo bienes materiales o cultivos estacionales, sino que afectaría directamente a la vida en general, y asumiendo que no sería algo temporal, sino de forma permanente. Enfermedades que derivan de consumir agua contaminada, deshidratación, desaparición de especies vegetales, etc.

Los recursos comienzan a ser más y más escasos, y lejos de asumir los hechos, nos vamos alejando de interpretar la realidad del territorio y su entorno. Quizás algo normal entendiendo que hemos heredado (como decía anteriormente) el territorio que habitamos, sumado a que la ciudad genera en su interior una forma de vida equilibrada (entre muchos aspectos propios de la época) y logra hacer que nos olvidemos con facilidad de cómo funciona realmente esa relación mayor que se da entre lo natural y lo generado por el oasis. Las personas enfocadas en sus rutinas cada vez comprenden menos los elementos de la ciudad-oasis, dan por sentado que el árbol siempre estuvo ahí, un árbol más o un árbol menos no hará la diferencia, no preocupa que las acequias tengan o no agua, en sí, dejan de advertir lo frágil que es un oasis y lo rápido que puede deteriorarse.

No sería muy complejo retomar ese principio de cómo se fue forjando este gran oasis, de hecho está en nuestro imaginario, conocemos los límites, sabemos cómo es ese lugar donde termina el verde, sabemos lo difícil que es permanecer en el secano, en la aridez del monte, sobre todo en las estaciones del año más sofocantes. Y es por eso que debemos preguntarnos:

¿Cuál es el límite de nuestro oasis?, ¿hasta donde podemos expandirnos de manera controlada?, ¿es coherente seguir expandiéndonos de forma descontrolada?

Debemos analizar si es necesario y, en caso de que lo sea, cómo debe ser el crecimiento sobre el territorio natural (el secano, el monte), sin tener que caer en un abuso del uso del suelo, para luego, por falta de recursos, tener que retroceder habiendo ya afectado el terreno y generando grandes daños a la flora y fauna nativas.

¿Cómo generar desde la arquitectura, el urbanismo y la construcción una sensibilidad, una toma de conciencia hacia ese entorno que nos rodea, o más bien, ¿cómo hacer para que, desde lo construido, desde el habitar, la sociedad interprete mejor esta relación oasis-secano?

Probablemente debamos aprender más del entorno que siempre estuvo, del monte, de la flora y de la fauna autóctonas. Saber desde cómo funciona esa interrelación de ecosistemas hasta cómo podríamos adaptarnos de a poco a ese medio más hostil, más extremo. Muchas civilizaciones que habitaron estas regiones lograron vivir en armonía con su entorno, entendiendo y respetando el medio ambiente que les tocó, o que quizás eligieron. Supieron hacerlo con mucho menos, si consideramos los adelantos tecnológicos con los que contamos en la actualidad ( energía solar, eólica, sistemas potabilizadores de agua, invernaderos, entre otros).

Mientras tanto debemos recordar que este habitad “el oasis”, que tanto esfuerzo ha costado y que nos define en cuanto a personas dentro de un medio, no es sustentable en la medida que no comprendamos lo sensible de su existencia. Como lo vamos a habitar, ya no solo depende de sostener un modo de vida que satisfaga nuestras necesidades personales, obligatoriamente hay que empezar a aportar más para dar sustento a este equilibrio frágil del territorio. Poco a poco debemos reinventar nuestros modos de habitar hacia un fin común: no perder el oasis.

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