Acerca del amor

Por Federico Mare
Historiador y ensayista

El amor debe ser esencialmente un acto de la voluntad
Erich Fromm, El arte de amar

Hay un pasaje de La mandolina del capitán Corelli –aquel film romántico de John Madden ambientado en una bucólica isla griega durante la nada bucólica Segunda guerra mundial– que siempre me ha cautivado por su belleza dramática y hondura filosófica, a la vez que por su emotividad, sencillez y concisión exquisitas. Se trata de un diálogo entre el viejo Iannis (John Hurt) y la joven Pelagia (Penélope Cruz) a propósito del amor, poco después de que el padre advirtiera que su hija se sentía intensamente atraída por el convaleciente huésped de la casa, el forastero Antonio Corelli (Nicolas Cage), un apuesto y simpático oficial de las tropas de ocupación italianas más preocupado por cultivar la música que por servir al Duce. He aquí el pasaje en cuestión:

Enamorarse es una locura transitoria. Irrumpe como un terremoto, y luego desaparece. Y cuando desaparece, tienes que tomar una decisión. Tienes que averiguar si tus raíces y las de él se han o no entrelazado de tal forma que resulta inconcebible que alguna vez vayan a separarse. Porque en eso consiste precisamente el amor. El amor no es arrebato, no es excitación, no es el deseo de tener sexo a cada instante del día. No es quedarse en vela durante la noche imaginando que él está besando cada parte de tu cuerpo. No… no te sonrojes. Sólo te digo algunas verdades. Eso simplemente es estar enamorado, y cualquiera de nosotros podemos convencernos de estarlo. El amor en sí es lo que queda cuando la pasión se ha extinguido. No suena muy excitante, ¿no es cierto? Pero lo es.

La película está basada en la homónima novela del escritor Louis de Bernières, donde la conversación, en su segunda parte, es un tanto diferente:

[…] El amor no es arrebato, no es excitación, no es hacerse promesas de pasión eterna. Eso solamente es estar «enamorado», y cualquiera de nosotros podemos convencernos de estarlo. El amor en sí es lo que queda cuando la pasión se ha extinguido, y eso es tanto un arte como un golpe de fortuna. Tu madre y yo lo tuvimos, tuvimos raíces que crecieron bajo tierra unas hacia las otras, y cuando todas las flores bellas cayeron de nuestras ramas éramos un árbol y no dos.

El amor de pareja, aunque implica eros, lo trasciende. Siempre. No está más acá de la pasión primigenia del enamoramiento sino más allá, como un desenlace posible pero jamás inexorable. Amar es habitar en las antípodas del egoísmo. Es un coexistir desinteresado, un coexistir cuyo fin es la coexistencia misma. No se ama «para». Simplemente se ama, o no se ama. El amor es praxis, no poiesis, pues su finalidad es intrínseca: el amor. Y al ser praxis, tampoco es pura abnegación. No se trata de un altruismo principista. No es inmolarse por un ideal abstracto. No es la mera satisfacción de cumplir con un deber autoimpuesto. Es la felicidad concreta de dar y darse, la dicha cotidiana de estar con otro, de vivir con otro y de ser-con-otro. Es, en suma, agape.

La «panacea» del amor no radica en la capacidad de eternizar (¿embalsamar?) el momento fundacional del enamoramiento –quimera disparatada que está haciendo estragos en estos tiempos posmodernos– sino, todo lo contrario, en la capacidad de superarlo dialécticamente, es decir, de trascenderlo conservando aquello que puede y merece ser conservado, e incorporando aquello que puede y merece ser incorporado. Como en la vida misma, cuyo devenir también es «espiralado».

El amor no es sólo el fuego de la pasión, ni tampoco es sólo las brasas que quedan cuando las llamas se apagan. Es todo lo que se quiso hacer con ese fuego, y todo lo que se quiere hacer con esas brasas. A veces poco, otras mucho. Cuestión de voluntad –la propia y la de quien amamos–. El amor es una construcción, no una fatalidad. ¿La pasión? Apenas una oportunidad.

El agape no es (no se reduce al) eros. Es, más bien, algo que se puede hacer con el eros y, a la vez, más allá del eros. Con el eros para no perderlo totalmente, y más allá del eros para superarlo integradamente. Como hacen la vida con el pasado y el pensamiento con los recuerdos.