Los libros de la buena memoria

Por Mariano Lázaro

Un libro debe ser el hacha que quiebra el mar congelado en nosotros
Kafka

Acaricio las hojas amarillentas mientras leo los párrafos señalados con lápiz. El sol de la siesta se filtra a través de la persiana; el mundo permanece inmóvil. Sostengo este libro descuidado y polvoriento, y recuerdo con todo detalle el día que lo compré. Nos habíamos escapado de alguna clase, como siempre. Éramos más jóvenes, más ingenuos. No nos importaban realmente las cosas. Éramos más enamoradizos, más tontos, más intrépidos. Un poco alados, un poco teñidos de ensueño, como lo eran aquellas tardes, aquellas fugas al otoño que guardaban las plazas. Y los libros nos prometían algo. Los libros nos hablaban desde las estanterías como mensajes del otro lado del mar. ¿Nosotros sabíamos escuchar? Estoy sentado en mi cama leyendo un libro viejo, descuidado y amarillento, y siento que el tiempo me mece como las olas. Un pájaro canta en alguna parte. Éramos jóvenes, despreocupados, intrépidos. ¿Supimos escuchar?

Supongo que sí, porque si no cómo explicar esta sed de verano y vino, de césped salpicado de rocío y poemas capaces de guillotinar las horas. De mesones de libros usados donde perdernos, donde libreros juegan al ajedrez en partidas interminables, flacos y barbudos, haciéndose a la idea del frío que vendrá más tarde. ¿Por qué? ¿Por qué perseguir la sombra del tiempo? ¿Por qué siempre viene el frío más tarde? ¿Por qué pasarse la vida leyendo si no se llega a ninguna parte, más que a la conclusión de que ya no hay retorno? No hay hilo ni Ariadna que te traigan de vuelta. En las páginas no se encuentra más que una certeza ineludible que te perfora el bolsillo: la certeza de que solo tenés este sol y este parque, este momento compartido; estos minutos perdidos en no sé qué vaivén narcisista que nos hace creer que el tiempo jamás va a tocarnos. Que no va a volvernos viejos y amarillentos como el libro que guardamos en la mochila. Pero no, flaco, no hay otra cosa. Solo tenés el ahora, el ahora, el ahora, repetido para que se te grabe, y la tonta ilusión de un más tarde. Solo tenés el amor que te florece hoy en el pecho, y tu puñado de amigxs. ¿Qué vas a hacer con tanto?

Esa es la verdad que todo libro susurra, grita, nos patea a la cara desde sus páginas. La verdad que nos repite aquella foto en la solapa, apagada y en blanco y negro, de quien una vez escribió las palabras que hoy leemos. Imposible que esa biografía pedorra que la acompaña pueda abarcar tanto como una vida; imposible que esa foto refleje el brillo que esas pupilas tuvieron alguna vez. ¡Imposible ignorar el verdadero mensaje de los libros! El mensaje que nos grita: ¡Viví, viví y ya no pierdas tiempo!, ¡Viví porque no queda nada! Quizás uno, dos, tres pasos, tres baldosas, una mañana, ¡y de pronto el vacío! Escribí en cuadernos, servilletas, al margen de los libros, porque las Moiras andan cerca. Se ríen y te miran de reojo al fondo del colectivo, enfierradas con las tijeras bajo el chal mientras vos vas distraído con el paisaje. La parada se acerca pibe. ¿Después qué?

Después nada. Y esta es una verdad tan insoportable como la de Sileno. Una verdad que nos desnuda  y puede tirarnos meses a la cama, o darnos la energía para salir de ella con un revoleo de frazadas y sábanas. Depende del foco con que miremos. Una verdad que insiste en que no nos apolillemos entre hojas amarillentas. En que no nos perdamos buscando el secreto de los libros dentro de los libros, porque el secreto está fuera de ellos.

Está en ese puente que abren al pasado, en ese diálogo entre pasado y presente en que se vierte todo su sentido. Los libros son espejos que reflejan nuestra condición de piel y carne, a través de ficciones creadas por quienes ahora solo son palabras impresas, una foto en la solapa, polvo y recuerdo. Una lápida en París. Los libros nos dicen: ¡Viví, escribí! ¡Dale pelea al tiempo! Nos repiten que no hay posteridad, que somos una vela que se apaga. Un chispazo en la noche. Kafka se refirió a esto con lo del hacha que quiebra el mar congelado en nosotros; por esta razón Proust buscó tanto el tiempo perdido. Los libros son memoria, pero no una memoria de museo, de vitrina y contemplación silenciosa, sino una memoria viva, de carpe diem y memento mori, que nos hace querer salir y correr como el viento. Los libros son una voz poderosa que nos recuerda que estamos vivos.