Tanteos vocacionales en pandemia

Por Mónica Coronado

Los que somos adultos (de los que se presume inocentemente que tenemos muchas cosas resueltas) ¿podemos siquiera imaginar lo que es ser adolescente o joven en estas épocas de tsunami?, ¿comprendemos lo que es no saber para dónde va el mundo en el que les tocará reproducirse, habitar, producir y construir? Un mundo crispado, irritable,  bombardeado por una enfermedad belicosa, mucho menos hospitalario que antes, menos “normal”, menos predecible y más incierto, y tal vez peligroso. Restrictivo, aislado.

Justo en esa edad en que uno debería alejarse de los padres como referentes, un signo de salud mental, la autonomía. En que contra todo aislamiento, uno debería tejer una trama de relaciones extrafamiliares, hacer  de la vida social y de la amistad un templo, del abrazo y el contacto, del bailar con otros, de la seducción y el enamoramiento, una celebración de la proximidad o una fiesta de las hormonas y los afectos.

Mucho se les promete una “vuelta a la normalidad”, pero parece que todavía no hay pasajes y lo que se consigue hoy es un disciplinado contacto estrecho lleno de prevenciones. La normalidad futura será otra cosa y requerirá un conjunto de habilidades que aún estamos aprendiendo. Nada parece resolverse aún, y, cuando lo haga, nos arrojará de vuelta al mundo injusto y desigual que conocimos, emparchado, con rastros y huellas de lo vivido.

Y lo más jodido es que se trata de un evento planetario, que invita (como en mi primer párrafo) al relato catástrofe o apocalíptico, que muchos adultos cultivamos y magnificamos envueltos en un sudario de miedo, enojo y quejas. Hoy no solo nos afecta la posibilidad de la enfermedad o muerte, sino también la de contagiar a quienes amamos, además de las muchas formas que persisten de aislamiento. A esto se suma, como un eco perturbador, el zumbido indignado, el taladro de la grieta, la hostilidad mutua, el clima de pérdida, los muchos negacionismos (de la enfermedad, de la solidaridad, del otro) y las ausencias de colaboración o de empatía.

Daniel Korinfeld [i], que trata la cuestión vocacional, se refiere en un texto de hace varios años a la pasión que despierta en los jóvenes las películas de zombies  Se refiere a la “narrativa zombie”, una distopía que contiene  las peores fantasías de un futuro de catástrofe. Entre ellas la del contagio, la de correr por sus vidas, aislarse y armarse. Todo apunta a la brutalidad de la supervivencia. Este autor señala que suele considerarse como una metáfora del capitalismo que ha mostrado en la pandemia todas sus fracturas y grietas.

Si algo no hay que hacer en estas épocas complejas es construir una distopía; cargar a niños, niñas, adolescentes y jóvenes de una visión de futuro pesimista y devastadora. Envolverlos  en disputas mezquinas, mostrarles nuestra peor faceta, la crueldad, que deshumaniza y nos vuelve zombies.

Porque, aún así, estos pibes encuentran atajos.

Todo esto viven los pibes y tratan de sostener la esperanza, los lazos, las expectativas y de construirse un futuro que sea habitable. Es decir, nos necesitan. Nos necesitan mucho, alentando, generando posibilidades, fortaleciendo la capacidad de resistencia y de adaptación, como dos caras de la misma moneda. De resistir tanta desesperanza y de adaptarse a un mundo incierto y vulnerable.

Si podemos imaginar lo que viven estos pibes, luchando y reciclando tanta preocupación, podemos contribuir a su tarea de armado de algún proyecto de vida, de estudios, o pensar en el futuro como posibilidad, cuando se vive casi al día, casi a dieta de juventud.

La escurridiza vocación

Siempre ha costado ponerle rumbo al deseo, saber qué se desea, conocerse a sí mismo y buscar los medios para vivir lo más conforme a lo que uno es o cree que es, dentro de lo posible. Mucho más ganarse la vida en una economía exhausta. Acercar los sueños a la realidad, poner la energía en un plan que sea viable, que nos permita proyectarse, es la tarea.

Piensen en un pibe o piba de 17 años al que se le va terminando el trayecto en un tren que lo llevó, sin muchas elecciones, por una ruta con estaciones obligatorias (el jardín, la primaria, la secundaria) que se enfrenta a la pregunta sobre qué hacer de su vida. O en otro/a que sabe que tiene que trabajar, pero que desea mejorar sus condiciones para tener un trabajo mejor, más satisfactorio y más rentable. Ambos deben ponerse a pensar, elegir, decidir, no esperar que la vida suceda o que se le “despierte” la vocación. Porque a veces es muy dormilona, muy escurridiza, muy difusa o confusa.  Tal vez podemos agregar un adulto que quiere hacer un cambio, adquirir alguna habilidad o reconvertir su perfil laboral para acercarse más a sus aspiraciones vocacionales o económicas, que, en contra de lo que le suelen decir,  debe saber que nunca es tarde.

La vocación no es un rayo que cae o una iluminación, mucho menos un destino. Es una de las muchas elecciones que hacemos que le van dando forma a nuestras vidas. Es una construcción, muy trabajosa a veces, en la que confluye lo que sabemos de nuestros deseos, aspiraciones, intereses y capacidades, como una visión del mundo que quiero habitar y construir, las oportunidades que se nos ofrecen y las posibilidades que tengo a mano o que puedo llegar a habilitar. Para lograr eso que deseo, para darle forma al propio futuro, hay que apropiarse de él, hacen un plan. Para eso es preciso analizar alternativas que llevan a formarse, capacitarse para afrontar las urgencias de la vida y los propios sueños:  ¿Con las habilidades, capacidades y conocimientos que tengo alcanza para un trabajo, para una vida mejor, para encontrar una actividad productiva que pueda apreciar?, es la pregunta. Si no alcanza hay que estudiar, capacitarse, formarse.

Es decir, hacerme cargo de esa parte de mi futuro que depende de mí, una porción que puede ser grande, cuando hay recursos o muy estrecha, si no los hay. Algunos lo simplifican afirmando que se trata de elegir lo que te hace feliz. Y es mucho más que eso, es lo que te hace vivir con plenitud tus capacidades, hacer un aporte al mundo, ganarte la vida con eso y construir una vida hospitalaria a tus sueños.

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Tanteos vocacionales

Hoy, en medio de este tsunami, que nos pateó el tablero de los planes a futuro, hay muchos/as jóvenes que están haciendo sus tanteos vocacionales.  Como planteamos, esta pandemia ha arrasado con algunas de las certezas que articulaban este proceso con los escenarios del porvenir. Además de pauperizar a vastos sectores de la población, lo cual estrecha a muchos/as jóvenes las alternativas de elección de carrera o la posibilidad misma de continuar los estudios, urgidos por trabajar.

Esos tanteos vocacionales de siempre se enfrentan hoy a la dificultad adicional de imaginar un lugar en el (incierto) mundo pospandemia, con sus nuevas configuraciones laborales. A proyectarse hoy en un tiempo lleno de interrupciones  discontinuidades, avances y retrocesos.  Justamente es el aislamiento, aunque sea parcial, lo que más afecta la vida de adolescentes y jóvenes, y les dificulta el pensar con otros, buscar información, confrontar sus exploraciones y vacilaciones, darse oportunidades para conocer y explorar. Muchos universitarios han vivido una experiencia en 2020/2021 que los ha desmotivado, justamente por eso.

Pero, en buenos o malos tiempos, el fin de la escuela secundaria, los arroja al momento en que se debe tomar las riendas de la propia vida. Y a lo largo de la vida, determinadas situaciones nos invitan a pegar un volantazo y hacer una toma de decisiones respecto al futuro, ¿qué voy a hacer de y con mi vida?

En esos tanteos es tan importante los mensajes que transmite la sociedad en su conjunto, con sus orientaciones de valor, sus ideas impuestas de éxito,  como el entorno inmediato, con su acompañamiento o presiones y mandatos, el mismo pibe con sus procesos de reflexión y toda la ayuda que reciba. Ayuda para esclarecer, para mirarse, para definir algún trazado tentativo, un borrador a reescribir una y otra vez, para elegir, aún con la mochila llena de dudas y vacilaciones.

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La “oferta educativa” y la “salida laboral”

En cuanto a lo que se le ofrece, hay muchas alternativas, no solo carreras tradicionales. Hay de todo, tanto para el que quiere ser médico/a, pastelero/a, metalúrgico, hacer uñas esculpidas, como ser mecánico/a de autos, gasista, ingeniero/a, chef o técnico/a para arreglar computadoras. Cientos de posibilidades.

Lo que pasa es que muchas veces lo que llamamos “oferta educativa” es un aglomerado difuso y confuso de carreras, que no abre el juego a categorizar, a explorar y analizar, que suele atosigar de información. Es una oferta desbordada. Cientos de posibilidades que no pueden ser debidamente procesadas estallan frente a los indecisos, invitándolos a pensar, ordenar. De allí que resulte fundamental que en las escuelas se contribuya a hacer una lectura de la oferta educativa, que permita comprender que hay campos, sectores, áreas, modelos de formación, intereses, capacidades y oportunidades, como que hay diversas instituciones que ofrecen lo mismo pero no de la misma manera (gratuito o pago, con diferenciales de calidad, de trato, de innovación). La oferta educativa no puede ser simplemente un abarrotado catálogo de carreras.

Esa amplitud de la oferta educativa, que abruma, también abre el juego a la diversidad, tanto de formarse en capacidades, en oficios, como de estudiar carreras de grado o pregrado en la universidad, tecnicaturas o profesorados en las instituciones de educación superior, hacer formación profesional o de oficios, aprender informalmente o con certificaciones diversas en lugares de trabajo. Una orientación vocacional honesta abre todo este abanico de lo posible.

Por otra parte, la preocupación por la “salida laboral” es un peso con el que cargan en este proceso de elección, muchas veces comandando el deseo, subordinando los intereses, maniatando los sueños. La capacidad de desafiar lo que es conveniente, oportuno, prudente, desafía todas nuestras elecciones de adultos, no solo en la vocación, en el amor, en la amistad, en el uso de nuestro tiempo y energía. Hay algunos más osados y otros que prefieren quedarse con lo que es más confortable. Y eso merece respeto, siempre y cuando se los desafíe a salirse de esa zona de comodidad o de pensar (erróneamente) que lo conveniente apasiona o motiva lo suficiente como para lidiar con los rigores de la exigencia de una carrera que no despierta ninguna pasión, solo porque es rentable a futuro. No hay éxito ni felicidad en ese camino. .

Cómo ayudarlos/as en sus bosquejos vocacionales

  1. Esperanza: Si algo se necesita hoy y para eso es esperanza, es decir, esa expectativa de que ese proyecto de una vida (vivible, deseable, apetitosa) se puede concretar poniendo energía y esfuerzo en alcanzarla. Vivir en un hoy que ayude a diseñar el hoy del mañana, el porvenir.
  2. Paciencia: Necesitan paciencia por parte de quienes los rodean, que de forma “bienintencionada” aconsejan en vez de ayudar a construir una vocación; se ayuda dejando volar la imaginación, las ganas y el entusiasmo, no aprisionándolas en la jaula del deber ser o de un realismo brutal, que recorta toda posibilidad. Rascovan (2020) insiste en la importancia de apelar al humor, a desdramatizar, a sacar plomo y queja a lo que vivimos. Tal vez se trate de apelar a la capacidad de adaptación, resistencia y supervivencia que hay en cada uno de nosotros. Aconsejar sin invadir, sin pautar, sin guionar el deseo ajeno. Y cuánto cuesta. Ofrecer información, ayudar a buscarla, sin juzgar, sin cerrar un proceso que lleva tiempo.
  3. Comprensión: El o la joven, en sus tanteos, se prueban profesiones, como si fueran ropajes, hoy ingeniero, mañana chef, luego cantante o enfermero. Ese saludable proceso de explorar, de “probarse”, de imaginarse a uno mismo, es fundamental y no debe desesperar a nadie, sobre todo a los padres/madres, que muchas veces esperan que decidan de acuerdo a sus expectativas.
  4. Confianza: A menudo estos jóvenes no han enfrentado decisiones de tal magnitud nunca en su vida. Y el tamaño de esta elección los encandila, a veces los paraliza o los angustia. Eso también es parte del proceso y la confianza en su capacidad para decidir, es clave.
  5. Oportunidades: A veces el contexto se ocupa de bajar los sueños a pedradas. Falta de todo menos las ganas de estudiar y de salir adelante. Entonces es importante que haya alguien, y digo “alguien” refiriéndome a alguien que esté cerca de los jóvenes, que contribuya a la búsqueda de atajos, de alternativas, de posibilidades. Hay programas de becas y formularios complicados de postulaciones que pueden allanar, trayectorias escindidas en partes (primero un oficio para mantenerse y luego estudiar), estrategias para coordinar estudio y trabajo, para hacerse cargo de responsabilidades familiares y darse la oportunidad de formarse, de adquirir habilidades que me sumen. Nada peor que poner una pared delante de los sueños de un joven, que negarle la posibilidad de imaginar un futuro mejor.
  6. Puede fallar: Solo algunos/as tienen la certeza de haber elegido lo más adecuado, las dudas y vacilaciones persisten, reaparecen, conviven con la elección realizada. Tolerar esta y la otra incertidumbre puede parecerles demasiado, cuando atravesamos esta época gelatinosa (no líquida, como plantea Bauman).
  7. Escucha: Este variopinto panorama de estas juventudes, nos exige ofrecerles escucha, espacios para el encuentro, para el diálogo, para la esperanza; y, sobre todo, hacerles sentir que tienen un lugar en el futuro, que ninguno de ellos o ellas es superfluo o descartable. Nos corresponde habilitarles un mejor lugar, un lugar de oportunidad. Ayudarlos en este proceso implica garantizar su derecho a elegir, a tener soportes suficientes para hacerlo.

Entonces, la mejor ayuda que podemos ofrecer a alguien que está viviendo este proceso es no entrometerse, sino acompañar. Bajar el nivel de pesimismo y de queja, contribuir a la esperanza, calma, confianza y comprensión. Responder las preguntas, sin sermonear, ofrecer retroalimentación. Esperar. Confiar. Aceptar sus dudas, sus cambios repentinos, sus ensayos como algo valioso, pues de esas confrontaciones surgirá alguna elección, que como todo en esta vida, puede fallar, puede mutar.

Como afirma Rascovan (2012) [ii], “la pregunta a responder cuando los jóvenes finalizan sus estudios medios no es qué harán el resto de su vida, sino qué les gustaría hacer en la vida y por dónde quisieran comenzar”.


[i] Una versión sintética de este tema se encuentra en este artículo: https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-234985-2013-12-05.html

[ii] Rascovan, S. (2012). Los jóvenes y el futuro. Buenos Aires: Noveduc,