A propósito del tiempo

Por Marcos Martínez
Foto portada: Bautista Franco

En memoria de Adolfo Pretel


Viajo por el desierto con un obrero portuario a una marcha por el agua. Hay puertos de mar y de río. El agua de mar es salada, el agua de río, dulce, y el agua de Mendoza no se negocia. Mi acompañante no podría ser protagonista de un cuadro de Quinquela Martín, tiene sobre el jopo teñido un gorro de hilo negro.

Cuando pasamos por Tunuyán, pienso en si escribir una retrospectiva o no, y me alegro de que siga existiendo Rika Papa. A la movilización me invitó mi hermano Ezequiel, él ya está allá. Creo que es la primera vez que vamos a marchar juntos sabiendo que somos hermanos.

Pasadas las dieciséis estamos en la concentración. Una chica rapada explica por megáfono las razones de la marcha: los planes sobre Vaca Muerta y el rechazo al fracking. Después de los aplausos, pide compañeros y compañeras para autodefensa.

Entiendo de lo que habla, pero creo que marchar en contra del fracking es autodefendernos.

El obrero portuario es mi hijo de once años, le digo así por su gorro y su gesto serio, y cuando lo hago, logro que sonría. Una hora antes de la concentración compramos un reloj en la galería caracol. Él paga la mitad con plata que le dio su mamá y ambos quedamos contentos.

Pasada media hora de las cuatro, vemos un contrapunto entre peatonal Sarmiento y Garibaldi. Los Sikuris están del otro lado, gana Sarmiento. Me dan un cartel que dice: “Mendoza libre de fracking”. Lo empuñaré en alto todo el tiempo que pueda. Se escuchan los bombos, los vientos y los cantos: “Se sabía, se sabía, que a Suárez y a Sagasti los compró la minería”.

Me llama la atención un ciclista que exhibe un cartel en el manubrio de su bicicleta: “Prohibido pasar. Propiedad privada”. Me acerco y me cuenta que es un trofeo de guerra de una manifestación en el Dalvian y que Vila lo judicializó pero él le robó el cartel. Qué acto más indigno robarse la tierra y poner un cartel para impedir el paso. Qué acto más indigno adjudicarse una propiedad y una prohibición.

Cuando empezamos a marchar, el reloj se apaga y yo pienso en una metáfora contraria: movilizarnos es activar el tiempo. Nuestro primer reloj es el sol, un reloj sobre la cabeza de desposeídos y poseedores. Quizás sea el tiempo el que deja que nosotros pasemos, mirándonos desde lo alto para ver qué hacemos con nuestras casas –cuerpo, ropa, casa, barrio, planeta–. Marcho cerca de mi hermano todo el tiempo y eso me enorgullece, aunque no lo digo.

Cerca de las seis, los miles que marchamos estamos frente a la legislatura. Las vallas sirven para colgar carteles y banderas. No sé qué estoy haciendo con el tiempo, no sé si los poderosos se detendrán a escuchar o a mirar al sol sin quemarse los ojos. Si hay algo que no se puede garantizar es la eternidad. Lo que sí sé es que en la marcha vi rostros felices: el de la chica rapada saludando a alguien que no veía hace tiempo, el de Nico Guillén que empezó su discurso con el megáfono apagado y tuvo que recomenzar, el del ciclista ladrón de un ladrón mayor, pero no solo esos…

Vi miles de rostros, para mí anónimos, vi cinco cuadras de rostros alegres, miles de mendocinxs felices en la lucha como un niño de pueblo que devoró comida chatarra en cantidad y que, ahora, puede medir su tiempo y el de los demás.