Gorriones

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Ahí vienen los gorriones, son como diez, no tienen un orden preestablecido, van de una mesa a otra, saltan de una silla a otra, se detienen para observar la situación. Cae una miga, rápidamente uno la recoge y la lleva al pico mugriento. Casi no emiten sonido. Apuran el vuelo hasta una media medialuna, una masa seca mordida o restos de un tostado.

Cantan recién cuando el café ha quedado atrás, cuando el peligro ha pasado. Juguetean, creo que porque algo de niño les ha quedado en el cuerpo. Pero esa semana no, esa semana no cantarán, sus plumas llevan, además de mugre, un apurado luto por la muerte confusa de un hermano en un canal.

Un mozo agarra un trapo para correrlos. Esgrime su trapo amenazante y lo hace sonar en su mano. Los gorriones lo miran sin mirar. Saben que no se atreve, no es el lugar ni el momento, algún cliente se compadecerá de ellos e impedirá los golpes en el espinazo y en las plumas. La verdad que sería un escándalo de gritos, plumas y graznidos.

Ella quiso detenerlo con una pregunta inútil, ningún otro cliente se apiadó de la suerte de los gorriones. Justo cuando estaba por extender su mano para llamar al mozo, que tensaba el trapo como para ahorcar a alguien, otro mozo lo detuvo, lo agarró del brazo y le susurró algo al oído.

Un gorrión escucha la sirena, otro espía por sobre el ala.  Ya llegan, ya se acercan a ellos. Los gorriones se avisan, el móvil se detiene. Un policía baja masticando una puteada, ya se van los gorriones, el policía no apura el paso, ya no están.

Lo único que han dejado sobre las mesas son algunas estampitas y tarjetas que nadie regala. Ya doblan a la esquina, ya cuentan las monedas, ya ocultan la mitad, ya desaparecen.

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