Los estados mentales y la alegría de vivir

Por Msc. Miriam Macías
Especialista en terapias naturales

El término “trastornos mentales” ocupa en el mundo un papel cada vez más preponderante, pues ya es extraña la persona que no haya padecido en su vida una alteración en su estado de ánimo.

En este orden de ideas, se considera que ya forman parte de la vida normal las alteraciones del sueño que precisan la ingesta de fármacos o el estado de hiperactividad que mantiene el sujeto para responder a la sociedad competitiva, y que, con frecuencia, tiene que mantener con estimulantes.

Existen estados mentales a los que se les debe prestar atención: ansiedad, depresión, manía, estados esquizoides.

La ansiedad es un estado emocional desagradable que a menudo se acompaña de cambios fisiológicos y del comportamiento similares a los causados por el miedo. La capacidad de soportar la ansiedad varía de una persona a otra, pudiendo ser una respuesta al estrés o un comportamiento de precaución en determinadas situaciones. Sin embargo, cuando es muy intensa e interfiere en las actividades normales, se le considera un trastorno.

La depresión es un estado de sentimiento de tristeza intenso que puede producirse tras una pérdida reciente u otro hecho triste, pero que es desproporcionado con respecto a la magnitud del mismo y persiste más allá de un período justificado. La persona se muestra con la mirada caída, el cuerpo sin tono, escasa expresividad, abatido, con llanto fácil y sensación de tristeza.

La manía se caracteriza por una excesiva actividad física y sentimientos de euforia extremos que son desproporcionados en relación a cualquier acontecimiento positivo. La persona puede estar muy alegre, impaciente, intrusiva, acelerada, hiperactiva. En casos extremos, la actividad física y mental es tan frenética que se pierde cualquier relación clara entre el humor y la conducta, en una especie de agitación sin sentido.

En los estados esquizoides la personalidad del sujeto se empieza a disociar, su mirada está perdida, extraviada. En este estado, el espíritu del ser está disociado y la mirada no tienen nitidez.

La causa que hace que el hombre entre en conflicto con su realidad es que existe un desequilibrio entre lo que se piensa, lo que se siente y lo que se hace. Esto inevitablemente lleva a un deterioro de su espíritu, que se traduce en alteraciones mentales.

Ante esta situación, la persona debe entender que su proceso surge como consecuencia de que está haciendo algo que no se corresponde con lo que piensa, con lo que siente, con lo que ha ideado, por  lo que se hace necesario que recupere su equilibrio interior. Es decir, debe desarrollar una actitud de cambio, que le permita conectarse con  la alegría de vivir y el sentido del humor, unidos a la seriedad oportuna cuando sea preciso.