Memoria en la ciudad

Por Martín Rusca
Arquitecto

La memoria pincha hasta sangrar
a los pueblos que la amarran y no la dejan andar…
Libre como el viento

León Gieco

Una imagen vale más que mil palabras… Eso me enseñaron como arquitecto, eso aprendí como ilustrador.

En 1987 un artista instala en Hamburgo un monumento contra el fascismo, un pilar cuadrado de 12 metros de alto revestido en plomo, e invita a la población a marcar sobre el metal su opinión acerca de la guerra. Se escriben opiniones a favor y en contra, se graban nombres de víctimas, dibujos, frases, un exmilitar le pega 9 balazos. Todo parecía estar dicho hasta que alguien se percató de que su mensaje había desaparecido. Lo que nadie sabía era que la obra se estaba hundiendo. Jochen Gerz, el autor, había instalado un mecanismo para que el monumento descienda en la calle a razón de 2 metros por año hasta desaparecer, cosa que ocurrió en 1992. Hoy el monumento es una tapa imperceptible en el asfalto. Gerz había hecho desaparecer el monumento para que no desaparezca. Hoy quiero hablar de la memoria, de la palabra y de arquitectura.

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Una imagen vale más que mil palabras, miles de fotos, ilustraciones y videos de internet no pueden estar equivocados.

Dos cuervos tenía Odín: Hugin (pensamiento) y Munin (memoria), que viajaban por el mundo desde el alba y regresaban al atardecer a susurrarle a su amo los acontecimientos del día. El dios nórdico decía de ellos: “Hugin y Munin vuelan todos los días alrededor del mundo, temo menos por Hugin de que no regrese, aun mas temo por Munin” (Grimnismal). Es que la memoria es indispensable para nuestra vida individual y comunitaria, mucho más de lo que pensamos.

Técnicamente la memoria es un proceso psicológico que sirve para almacenar información codificada. Sin memoria seriamos incapaces de percibir, aprender o pensar, no podríamos expresar nuestras ideas ni tendríamos una identidad personal, porque sin recuerdos sería imposible saber quiénes somos y nuestra vida perdería sentido. Pero la memoria no es sólo individual y autobiográfica, debido a que los individuos comparten espacios y generan recuerdos compartidos. Esta memoria “colectiva” no es solamente reproductora de un pasado, sino también productora, y su invocación no solamente permitiría reproducir ciertas formas de identidad, sino también producir nuevas formas de identidad.

Aparece así la memoria urbana, debido a la apropiación de diversos espacios o lugares de memoria que constituyen el fundamento identitario de un grupo. Esta memoria urbana no es una objetivación institucional, sino una marcación colectiva. No es una construcción terminada, es una configuración en construcción que emerge aquí y allá. Así concebida, la ciudad tiene otra manera de ser vivida.

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Una imagen vale más que mil palabras, de una imagen se pueden decir muchas cosas, se puede ver, interpretar, sospechar e imaginar mucho más de lo que, tal vez, se quiso decir.

Sin dudas, la memoria también necesita momentos de fijación colectiva, la historia precisa de nuestra atención, la “memoria común” implica siempre una tarea presente, de construcción retrospectiva de un pasado compartido. Esto no quiere decir que no existan espacios físicos que concentren información de nuestro pasado, resguardándola al paso del tiempo. A estos los llamamos patrimonio y conservan la memoria en sus paredes, en sus marcas. El nombre que le damos a estos edificios y lugares no es fortuito, sabemos que tienen valor, muy profundamente lo sabemos, el problema es que nos olvidamos cuál es.

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Por último, entender la ciudad, no solo como una determinada entidad político-administrativa urbanizada, sino que además puede ser un objeto didáctico. La ciudad para aprender, que aparece como un potente vehículo auto-formativo y cultural, no sólo disciplinar sino además sociocultural. El espacio por excelencia de la cultura urbana, el escenario de los conflictos, la identidad social y el reservorio de todas las memorias, individuales y colectivas. Así, la ciudad se transforma en un permanente pasado, permanente presente y permanente futuro.

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Una imagen vale más que mil palabras, el problema es que vale todas ellas, incluso las que se contradicen. Esto plantea Jochen Gerz cuando realiza un (contra)monumento que desaparece. La memoria es responsabilidad de las personas, depositarla en estatuas, museos, memoriales o imágenes es no hacerse cargo del problema. También nos dice que la tragedia representada figurativamente nos cansa, pierde valor simbólico y termina haciéndose invisible. Esto lo podemos ver más claramente en otra de sus obras, un monumento contra el racismo en Sarrebruck (Alemania), que consistía en una plaza adoquinada donde 2.146 adoquines tienen tallados por el lado de abajo los nombres de cementerios judíos. Nada nos dice que eso es un lugar de memoria, nada nos indica que estamos caminando sobre nombres de cementerios, nada se ve, pero lo sabemos.

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Una imagen vale más que mil palabras, pero esa imagen se desgasta, se vuelve cotidiana y termina desapareciendo ante nuestros ojos. Finalmente, la memoria está protegida por la palabra, por la acción de mantenerla viva diariamente.


(Parte de este ensayo se basa en mi tesis de grado presentada en 2010 junto a Laura Cipollone y Daniel Fernández Balvontin)