Drogas, rock y superstición

Por Mariano Lázaro

¿Qué decir sobre Mariana Enríquez que no se haya dicho antes? ¿Qué escribir sobre ella sin que esto se vuelva el plaggio di plaggio de alguna nota publicada hace tiempo? La verdad es que me subí tarde al tren. Decidí comprar Las cosas que perdimos en el fuego recién hace un par de meses, en ese arrebato de consumismo pre aislamiento que hace un año llevó a tantos a aprovisionarse exageradamente de papel higiénico. Yo lo hice con libros. Ante la idea de estar confinado nuevamente durante siete días en una suerte de “fase uno” berreta, decidí que iba a pasármela acostado leyendo, sin darle mucha bola al mundo ni a la facultad. Y eso hice, devorando los doce cuentos que forman el libro con la misma avidez que leía a Stephen King en mi adolescencia. Hacía mucho no me pasaba. Me recordó a las historias de brujas y fantasmas que nos contábamos durante los recreos en la primaria; a las anécdotas de sustancias ilícitas que por ningún motivo tienen que conocer nuestros viejos. Me encantó. ¿Pero qué es lo que nos atrapa de sus libros? ¿Qué hace que nos mantengamos en vilo leyendo sobre un nene descuartizado? ¿Dónde se encuentra el secreto, el gualicho, en los cuentos de la bruja rockera nacida en Lanús?

Quizás sean San la Muerte o el Gauchito, la fauna de los subtes o la decadencia; la herencia correntina de ritos y leyendas que Mariana arrastra desde su niñez. Mariana creció escuchando sobre el Almamula y la Salamanca; los brujos que compran niños para hacer cosas terribles. La superstición es un punto clave en su obra, y la mayoría de sus cuentos se nutren de lo sobrenatural. Escribe terror, pero un terror sutil, insinuado, el cual se arrastra sigilosamente a nuestros pies mientras leemos absortos, hasta que es demasiado tarde cuando sentimos el veneno acariciándonos la piel. O asciende lentamente, como el humo, hasta cubrirlo todo y perdernos de manera irremediable. Mariana juega con lo dicho y no dicho. Nos da pistas del monstruo, pero no lo muestra. Es un brazo que cuelga, una colección de uñas y dientes, el cuerpo decapitado de un niño en el estacionamiento de la calle Solís. Una casa, un aljibe. El peligro y la maldad se intuyen, pero casi nunca quedan al descubierto. La oscuridad siempre está presente, pero pocas veces muestra su rostro. Queda en nosotros seguir las pistas, atar los cabos.

Este juego de sombras es parte de su impronta, así como la decadencia presente en la mayoría de personajes y escenarios de sus cuentos. “Los años intoxicados”, “Nada de carne sobre nosotras” y “Los peligros de fumar en la cama” son algunos ejemplos. Sus personajes femeninos muestran una extraña fuerza, mezcla de estoicidad y nihilismo. El abandono que ejercen sobre sí mismas, sobre sus cuerpos, es una señal de poder. De voluntad. Las costillas sobresalientes, las quemaduras de tercer grado, más que cicatrices son señales de triunfo. A su alrededor se levanta una Argentina cruda, desnuda, implacable; la Argentina de la dictadura, la Argentina de la crisis, la Argentina de los desaparecidos. Sus personajes se mueven sobre un terreno repleto de fantasmas. Nos retrae a temores de la infancia cuando escribe sobre niños. Nos recuerda, con un sudor frío, aquellos sucesos inexplicables que vivimos en la niñez. Aquella puerta que se cerró sola con llave, aquella sombra, aquellas voces en el pasillo. A veces sus cuentos dejan de ser ficción y  pasan a ser denuncia. Reflejan la crueldad de una Argentina que fue capaz de 22.000 muertos, que es capaz de casos reales tan brutales como el de Ramoncito.

Pero esta oscuridad es la que vuelve atractivos sus libros. La oscuridad que aguarda detrás de la fachada de modernidad y civilización con la que nos cubrimos. Nos muestra esa Argentina marginal todavía repleta de mitos, de supersticiones, de santos paganos y desconocidos. Nos muestra la oculta sed de oscuridad que habita nuestros corazones. ¿Porque para qué vamos a leerla si no es para alimentar esa curiosidad que se arrastra lejos de nuestra razón, ansiosa de lo sobrenatural y lo turbio?  No queda más que abrazar la noche y los seres que la circulan. No queda más que ocultarnos bajo las sábanas con uno de sus libros, encendernos un pucho mientras el humo sube en espirales y pensar en cómo el fuego podría llevárselo todo de una vez.