La dicha de no hacer nada

Por Naz
@lecturamalandra

No he dejado de trabajar estos días. De lunes a viernes estoy ocho horas frente al computador con la televisión encendida, las redes abiertas, el celular a mano y con los chats en Skype activos. Desde hace casi cuatro años soy periodista de un canal de noticias y me he acostumbrado a estar permanentemente conectada, a sentir ansiedad de perderme un breaking y a estar aún más presente cuando todo colapsa. Un apagón, un terremoto o una pandemia.

Mi trabajo no es nada comparado al de un médico, un camionero o un campesino, pero por estos días lo he resentido más. Hay momentos en que quiero apagar todo y dormir. Que lo único que me apetece es hablar con mi abuela de sus matas y sus animales, y garantizarle que todo estará bien. Quitarme de encima esta angustia de futuro, tan incierto y precario. Y no puedo.

Pero entonces paso por aquí y me da mucho susto. Más allá de los esfuerzos por mantener la rutina en casa, de darle algún sentido a las horas de encierro y hacer más amable el confinamiento, empiezo a sentir que en esa voluntad -que todos hacemos pública con nuestros posteos- hay una presión constante para no estar en pausa. Nos aterra quedarnos quietos, no ser “productivos”, no “aprovechar las oportunidades de las crisis” y no poder demostrarle a otros o a nosotros mismos que aún en la situación más jodida seguimos generando cosas. Y siento mucho miedo.

Porque ahora la máquina parece exigir más de nosotros. La creatividad se convirtió en una necesidad, en un tesoro que hay que perseguir todos los días, el trigo para hacer el pan. Y hace rato que no es un disfrute. Queremos los likes, los compartidos, los guardados para burlar el algoritmo. Mercantilizamos nuestro ocio y creemos que cada minuto de nuestro tiempo debe ser invertido en crear. Que si no lo hacemos, estamos perdiendo la vida, las oportunidades, el negocio de los próximos años.

Y yo quiero que mi generación conozca la pausa por la pausa. El tiempo aletargado para que el silencio se apodere de las cosas, para renunciar a la necesidad de estar ocupados, para redescubrir, como me decía un viejo amor, «la dicha de no hacer nada, lentamente».

31-03-2020