Jorge Enrique Ramponi, “poeta de la piedra”

Por Miguel Pérez Mateos

 

Presencia inmaterial que atesora

los libros que he leído,

y grabaron en mí,

palabras que perduran

 

 

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La primera información sobre el autor y su obra la tuve en 1968, a través de “Capítulo”, Biblioteca Argentina Fundamental, del Centro Editor de América Latina. En el fascículo N° 49, dedicado a “Los poetas del 40”, se incluyen datos biográficos de Aldo Pellegrini, Jorge Enrique Ramponi, Eduardo J. Bosco, León Benarós, Edgar Bayley y Alberto Ponce de León, y algún análisis de sus respectivas poéticas. En el libro que acompaña a la revista mencionada se publican poemas de cada uno. Es allí donde leí por primera vez un fragmento de “Piedra Infinita”, libro publicado por el autor en 1942, “que representa su madurez poética”, al decir de la Dra. Gloria Videla de Rivero (F.F. y Letras de la UNCuyo).

 

A partir de entonces creció mi interés por la poesía de Ramponi, gusto que fue creciendo a medida que accedía a otras lecturas en el Suplemento Cultural del Diario Los Andes, en algún curso sobre autores mendocinos, o las charlas interminables con amigos sobre poetas y poesía. Lo cierto es que hace tiempo me cautivó esa “Piedra infinita”, que inmortalizó al vate y propició en mí uno de los primeros encuentros con otra forma de escribir poesía. Es que Ramponi llegaba “para expresar su indagación metafísica de la piedra y su necesidad ritual del canto”. Para ello debió “auscultar la piedra, entendida en su sentido literal, pero también como sinécdoque de la montaña o de la cordillera”, valiéndose “de imágenes que intentan describirla y definirla, que son soportes de lo simbólico esencial” (Prof. Videla de Rivero).

Jorge Enrique Ramponi, nos dice ella misma, “vivió para la poesía”, para “crearla y reflexionar sobre ella”. Y agrega que fue un “poeta órfico”, es decir, “poeta mago, profeta, sacerdote y –también– víctima propiciatoria, mártir de la misión poética”.

Había nacido el 21 de agosto de 1907. Vivió su infancia en Lunlunta, Maipú, en un paisaje agreste, junto al río Mendoza, que influyó notablemente en su poesía. Él mismo reconoció que su infancia estuvo “saturada de efluvios vegetales: vides durazneros, nogales, cosas que nunca olvido”. Siguió la carrera docente y desde 1934 ejerció como profesor en la Academia Provincial de Bellas Artes de Mendoza, de la cual fue director a partir de 1948 y a la que estuvo ligado durante toda su vida.

Se casó con Rosa Stilerman, profesora de Bellas Artes en la Universidad Nacional de Cuyo. Tras una vida dedicada a las artes plásticas y a la literatura, falleció el 2 de noviembre de 1977, a los 70 años.

Américo Calí dijo en el acto de inhumación de los restos del poeta: “La piedra habló y cantó y elevó su coro duro bajo la luz de mando de este singular pastor, de este montañés de su casa, tan sedentario y tan solitario al que tal vez su autorreclusión le dio la fuerza necesaria para su destino de lenguaraz, de traductor de lo intraducible”.

 

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Poemas (publicados en Analecta Literaria)


Alto sitial de angustia.
Devoro pan impío, piedra de soledad incorruptible
Escarnio son las alas
si es libertad batirlas bajo la ubicua trama de una alevosa red,
que nadie, astuto, burla, y al cabo nos apresa;
al filo de algún ojo de implacable perfidia
que el corazón percibe como el feroz acecho de un verdugo infinito.
Sufro en mi acantilado
soportando la injuria de una hiel incisiva que me cala hasta el núcleo,
de una sal rencorosa
que al sazonar mi tierra leuda mis elementos para un cárdeno rito.
Desertar no pudiera
bajo el código astuto del tirano que me inscribe en su pavorosa geometría,
no tan rígida aún
que el viento del terror no erice el polvo en el cuadrante vivo del esclavo,
la víctima, el hereje.
Rodeado por las algas
fanáticas de un numen que inciensa mi condena con bálsamos atroces,
muerdo la voz, como una gran navaja de hielo y desventura,
con el arrojo infausto del héroe abandonado en el desastre.
Peor que solo en la noche fronteriza del caos.
Asistido en el trance por alguien que es yo mismo del revés, en mi ausencia;
arrastrado a una cita quizá con el fantasma que habita mi reverso,
sin oír los sollozos de aquel íntimo arcano forzado a ser mi guía,
forzado a custodiar mi lámpara de sangre,
arriesgo el alma al filo de algún nefasto arrullo
entre el coloquio estéril de la lengua y el eco.
Alguien llama en el quicio pero se desvanece.
Sin duda
no merezco aun la mano cuyo fervor perverso fundiría el cordaje.
Debo cegar primero es ternura en flor, viciosa por tardía,
que hace temblar mi polen desnudo al filo de la zarpa.
- No, no hace el escudo al héroe
sino el íntimo temple del denuedo.
- Quien persiga la gema final de su inocencia
persevere y acendre su quilate en el martirio.
Acaso deba absorber de pie mi propia muerte,
hasta exaltar mi sino sobre la oscura ley fanática del mártir,
para dar a mi vida un alto destino de campana.
Me abismo en la consigna. Debo alcanzar el don aciago.
Lo quiere el corazón, probado en las más crueles latitudes del hombre,
penitente en los climas extremos del peligro, del éxtasis y el caos.
Desde el abrupto amor
con garras y delicias de un arduo paraíso contiguo a la locura,
hasta la soledad quemante del hereje sembrada de agonías;
desde el pavor del dédalo sin dios, cavado a dientes y uñas contra el mundo,
hasta la cumbre altiva de una alegría astral, lindera al sacrilegio.


El Páramo de Huesos (Fragmento)


Canto a la sombra de las guitarras
con el corazón natural desnudo en su origen.

Ah lento curso de nácar.

Ángeles del verso
la gracia pide audiencia
mármoles de voz queden estatuas.

Canto a la sombra de las guitarras.

Corazón, deja tu mal de péndulo
Recóbrate cascabel de sangre.
Otra vez trompo mediterráneo
de pie en el vértigo.

Escucha el amor y su danza.
La danza no es el desesperado árbol de lo terrestre al cielo.
La danza es lo dulce que crece la carne hasta el halo.
Al que guarda su palabra de gozo se le seca la sangre.
[...]

La voz es darse al impulso sin réplica.
Entrad en la danza, entrad en la danza de la vida
que el que se queda con los ojos bajos es de piedra y sin sangre
maldito.

[...]

Canto a la sombra de las guitarras
Vengo de canto autónomo
vengo de caracol profundo
probadme la conducta sentidme el habitante
al fondo del odeón anda el sésamo

[...]

Sentid mi transparencia, mi frescura caliente
miradme la zona del martirio
miradme el limbo diáfano
Estoy de Dios conmigo alto en la sangre
cantando.
De Corazón terrestre.
Piedra infinita (fragmento)

Porque compacta sombra,
o soledad,
perpetua soledad a plomo,
témpano de silencio,
rígido limbo y piedra,
tienen la misma réplica, oh cóncavo nefasto, igual
ecuación fría,
responden con un eco de magro símbolo en la
sangre.
Tembloroso, sonámbulo, tornasol, taciturno,
aguzo el corazón, palpo la piedra:
frío gesto unitario,
fruto cumplido en ámbito ya duro,
tiempo cerrado, autónomo, infinito.
Secreta mar prende en su acantilado -laurel de herrumbre- un alga cárdena.
La luz del mundo vela de tacto y ojos, ciñe de aureola
su proeza,
oh, graduada de quilate inmóvil
y cetro lívido de esfinge.

Déjame que afronte su oráculo,
que escuche su vertiginoso silencio,
que libe su fatídico polen, su planetario acíbar,
negra oveja de lápidas en redes de tinieblas.

En el viento frontal que inunda lampos de páramos
y olvido,
la carne siente su bisel de hueso,
esta premura misma de la sangre
es sólo fuga que se alcanza pronto.

Ampárame a reverbero, corazón, que arrostro el témpano infinito.
Los siglos le zumban en el núcleo a modo de un enjambre eterno.
No hay laberinto de más vértigo que el de su isla fría.

Piedra es piedra:
aleación de soledad, espacio y tiempo,
ya magnitud, inmemorial olvido.

El hombre quiere amar la piedra, su estruendo de piel
áspera: lo rebate su sangre.
Pero algo suyo adora la perfección inerte.

Hay durezas, caparazones, formas tristes, con agua o
grumo vivo dentro,
Ella, sin brizna de entraña, mármol lleno de mármol.

Acaso algo terrible habilitó su caracol profundo;
de esperar, siglo a siglo, la valva cerró por intemperie.
Caída al fondo de ese abismo palpable en sus márgenes de espanto,
árida espalda yerta, féretro de lo estéril,
ecuador de lo triste,
no es ni desdén: ignora redonda en su materia sorda,
íntegra, nada, nunca.
Geometría en rigor, sola en su límite,
ceñida cantidad, estricto espacio,
asignatura ciega, pieza hermética,
contrita y sin piedad, armada en temple,
cuadrada en su sostén, compacto término,
duro numen del número,
sin pórtico al sueño ni a la lágrima.
Si absorbe no incorpora, ajena al vello de los líquenes.
El fuego no es su dádiva, es ardiente
secreto que el hombre le inventó buscándose.
Sentid: ni ruda música primaria,
cajón sordo, yunque seco, ataúd del sonido.

El hombre tiene ojo azul para la brizna,
tierno bisel, cándido escorzo al tornasol furtivo.
Puesto a pulsear la piedra
-oh arpa negra de bruces
desolada, asolada-,
fulge un iris nocturno por su sangre,
y un pavo de liturgia le consterna como párpado lóbrego,
ya su recinto huésped de lo aciago,
porque la honda bóveda canta, requerida canta, fiel,
en eco puro.

Puesto ya a orar,
puesto a llorar orando,
tiembla de la inocencia que en fulgor le asiste,
como una melodía en el silencio que se dilata y la
circunda,
oh víspera del ángel sabio de la celeste fábula,
cuyo palor revuela cenital como un águila de arpegio.

Qué latitud, entonces, del corazón, qué zona dulce
emerge,
-ráfagas de memoria y márgenes de olvido-,
donde la piedra flota sin reverso en la luz,
diáfana pluma, copo azul de espacio.


Ceremonia del cuervo (De: Los límites y el caos), 1972.

De qué remoto germen o ritual pernicioso
llegan al corazón ceremonias de cuervo legendario esta noche,
reverencias de búho
venido del cuadrante de una heráldica aviesa;
mímicas obstinadas de pájaro de túnel
que anuda entre sus cejas la tiniebla y el éxtasis,
y oficia estremecido su animal sacramento, de espaldas al oráculo.

Entre venias pausadas,
frontal a redonda de su culto sombrío, trazo un símbolo arcano,
con las garras en cruz lo signa polo a polo.
Olfatea hacia el norte cierto almizcle maligno
que le enturbia el plumaje con un viento de eclipse.

Cita las cuatro esquinas
con un gesto abismado de pontífice impío, cardinal y remoto;
con el pico en el eje las anuda en un orden jeroglífico ciego.
De par en par las alas
y la cola imbricada de abanico yacente,
en un largo vuelo quieto cubre el óvalo y gime su consigna de cábala.
Tendido en él lo asume fanático de indicios,
se tira a las espaldas escamas rencorosas,
lo empolla en su liturgia como a un huevo sagrado.

-Afronta tu desdicha, fértil enardecido
quién sabe por qué filtro de malicia perversa:
si Dios no está contigo cuando cantas
acaso te laten en el bulbo semillas del demonio.

-Nadie elude su crisma de tinieblas y caos
si nació para el rito de los crueles poderes furtivos de la noche.

-Nadie pierde su estela
si es fiel a su presagio secreto desde el prólogo.

El deudo que responde ya no es él,
su denuedo talla altares feroces en la propia desgracia,
tornavoces aciagos,
púlpitos de la misma materia del gemido.

Ora con eslabones de intemperie maligna,
con pésames de plomo que estampan en el alma su quilate de luto,
encandilada esfinge que rebota en sus huesos.

Quenas dos veces muertas, sin médula y sin soplo,
fosforecen sepultos avatares, álgebras torvas,
esfinges con vísceras de tumba.
Torres del desafío
cumplida la parábola, de regreso en el polvo.
Alfabetos sin quicio que responden preguntas
turbias admoniciones, animales relámpagos.

Sin confín en la extrema latitud del sollozo
se le conoce a quién invoca en su liturgia.
La audiencia despiadada se le acusa en el ceño de extranjero difícil,
clandestino, sinuoso.
En la lira de fuego que le tiembla en la frente malévola de hereje.
Le cae un yeso negro, funeral, sobre el alma.
Se le vuelven laureles de azufre los cabellos.

Solo ante el ara inicua,
lívido hasta el registro de las revelaciones en la clave del mártir,
le tañe facciones un viento de otro mundo.