Lenguaje inclusivo: más allá de los fortines de la lengua

Por Mariano Dubin

Hay una reacción contra el denominado lenguaje inclusivo que niega, de antemano, la politicidad de la lengua. Y que al negarla supone a la lengua en una correspondencia natural con la realidad. Peor aún: estos guardianes del habla (“del verdadero español”) consideran a la lengua como una serie de saberes consagrados, de una vez y para siempre, en unas cifras formales que deberían ser defendidas por una academia de la lengua de un país del que nos independizamos hace dos siglos. Son “realistas” de un modo anacrónico y patético. Seamos colonia, lo demás no importa nada, parecen rezar.

Y permítanme la digresión: los diccionarios que hace esta academia ilustre son entregados, en rito iniciático, al rey. ¡Al rey!, que en general suele ser un pelado tirapedo, aburridísimo de un atavismo del que nadie ya cree, ni siquiera sus propios hijos, que lo miran con una cara de cornudo irredento que da una tristeza casi para empatizar. Eso sí, este pasado se basa en una exageración de trajes, ritos, protocolos, pautados y grandilocuentes. Todo con una gran pompa porque, lo sabemos, la pompa es un modo discursivo del género mortuorio.

Como toda operación de laboratorio –”flor  de invernadero”, diría Atahualpa Yupanqui–, el lenguaje inclusivo tiene una función de poner en foco cosas que vimos poco o nada anteriormente. Ahí radica una potencialidad, una resolución, innegable. Y no deja de ser interesante entre jóvenes, artistas, universitarios, militantes, una voz que quiere nombrar más de lo que la realidad (en sus miserias cotidianas) nombra o, mejor, excluye.

Pero, también es innegable, hay ciertas imposibilidades no tan evidentes. La primera de ellas es creer que la palabra “inclusivo” incluye. Las palabras, en sí mismas, no dan sentido. No hay una estructura vertebral del sentido; hay usos, acá y allá, cambiantes, complejos, difíciles de precisar. Siempre en disputa. También hay un residuo histórico sobre nosotros que no es cuestión de decir “no existe” y deja de existir. Si algo no deja de pesar sobre nosotros es ese sedimento histórico (sobre el que, claro, con nuestras variaciones, aceptamos o transformamos).

En este punto, lenguaje inclusivo y lenguaje normativo se confunden en una misma premisa: nombrar es un acto inaugural, único, determinante, unívoco. Pero a los actos esenciales no los hace lo dicho, sino el decir. En otros términos, son las condiciones materiales de los intercambios los que permiten hacer valoraciones ideológicas de esos enunciados.

Recuerdo que hace unos años, en una charla donde había varios compañeros de distintos movimientos sociales, mayoritariamente cartoneros y campesinos, una compañera universitaria me reprochó no estar usando “lenguaje inclusivo”. Como si esa falta ya indicara, a priori, toda mi ideología. Yo le retruqué (si mal no recuerdo, o si no mejoro mi intervención ahora): Nde piko reñe`ê guarani? Claro, la compañera universitaria no me entendió, pero sí muchos de los compañeros y compañeras del barrio que hablaban cotidianamente la lengua guaraní. ¿Dónde estaba la frontera entre ser inclusivo o excluyente? ¿Quién asume, entonces, la potestad de la inclusión? Repito: ¿Dónde está la frontera entre ser inclusivo o excluyente?