Borges es para cualquiera

Por Mariano Lázaro

Borges el impoluto. Borges el erudito. Borges el bibliófilo literato. Borges el que solo puede ser descrito con palabras difíciles. Borges el de los tigres, los laberintos, los mundos imposibles e imaginados. Borges el estandarte de los charlatanes literarios; Borges el intelectual lejano. ¿Cuántas veces hemos oído que “para leer a Borges hay que entenderlo”, o que “Borges no es para cualquiera”? ¿Quién lo puso a él y a tantos otros autores allá arriba, en la torre de marfil inalcanzable? ¿Quién fue Borges realmente? ¿El mito, la imagen laureada hasta el hartazgo o el anciano que a sus 85 años se lamentaba de no haber comido más helado? ¿La foto en los manuales escolares, el busto de bronce, las palabras escogidas o el hombre que temía, anhelaba, cagaba y sonreía como todos?

Tal vez, una de las labores más importantes de quienes nos interesamos por la literatura sea la desmitificación de aquellos autores que años de elitismo y crítica literaria han mantenido lejos de los lectores no especializados. Años en los que culturalmente se ha levantado un velo de dificultad alrededor de sus libros, hasta el punto de que algunas personas crean que esos libros “no son para ellos”. Pero la verdad es que cualquiera puede acercarse a Borges, a Tolstoi, a Dostoievski, y leerlos y disfrutarlos. Sin ser lectores asiduos o experimentados. Sin importar la falacia sostenida por esa pequeña élite de esnobs y pseudointelectuales de que la cultura es para pocos, ya que no es así. La cultura es patrimonio de todos, al igual que lo es el arte.

Recuerdo cuando una de mis hermanas me pidió prestado un libro de Cortázar. Al devolverlo, me dijo que los cuentos le habían gustado, pero que no estaba segura de haberlos entendido. No sabía si había algún mensaje oculto en aquel tipo que vomitaba conejos, en aquel colectivo que no frenaba nunca, en aquella casa tomada. Y en ese entonces, así como ahora, me lamenté y pensé que esa es la contracara de toda esta pila de estudios preliminares, ensayos, tesis y manuales de literatura que andan circulando.

Todo ese material, si bien permite un estudio más detallado de las obras literarias, en ocasiones desprestigia e invalida aquellas primeras lecturas exploratorias, de suma importancia, para el acercamiento a la literatura y su disfrute. Ese análisis exhaustivo, esa vivisección a las obras, acaba malogrando el primer acercamiento a la lectura y muchas veces enaltece a los autores que las escribieron hasta el punto de la idolatría, colocándolos en un Olimpo inmaculado muy lejano a las baldosas que cimentan las aulas. Muy lejano a quienes sienten curiosidad por leer a tal o cual escritor, pero acaban desistiendo por temor a no estar “a su altura”.

El mito comienza a sustituir a la persona y el contacto del lector con la obra deja de ser genuino. Deja de ser humano. Hay que tumbar este mito y bajar a la condición mortal a aquellos “dioses literarios”. Marcel Schowb en el prefacio de su Vidas imaginarias afirma que “La ciencia de la historia nos sume en la incertidumbre acerca de los individuos”. Nos dice que mucho tiene para decirnos la Historia sobre las proezas de los personajes ilustres, pero poco sobre aquellas pequeñas singularidades que las hacían personas únicas. Que las humanizaban. Más allá de la fama o la importancia de la obra, detrás de un libro hay algo realizado por un ser humano, con ilusión y esmero, con incertidumbre, temor y fragilidad.

No por nada Sabato destacó en Los dos Borges a aquel Borges que escribía sobre Buenos Aires, sobre su infancia. Ese Borges que a su parecer era verdaderamente rescatable. No el de la fama, el de los infinitos o de la perfección numérica, sino “…el poeta que alguna vez cantó cosas humildes y fugaces, simplemente humanas”. La obra brilla cuando nos muestra los contornos y el interior de quien le dio forma. Una vez que se comprende esto, comprendemos que ninguna lectura puede intimidarnos. El mito se desvanece y en su lugar aparece alguien igual a nosotros. El Borges imposible pasa a ser más cercano. Disfrutamos entonces del Borges mundano y simple, que alguna vez rio y tomó helado, amó y vivió como los demás.

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