Darwin en peligro de extinción: el adaptacionismo en disputa

Por Juan Pablo Carballo

 

Newton tiene su Einstein, pero Darwin no tiene quién lo destrone. Sin embargo, eso no quiere decir que su teoría esté resistiendo incólume el avance de la ciencia. La pata de la mesa que ha empezado a temblar no es, obviamente, la afirmación de que las especies evolucionan unas de otras a través de cambios graduales, sino la certeza de que lo hacen regidas por un criterio de selección natural de los más aptos. El debate no puede ser más interesante.

En 1979 Stephen Jay Gould y Richard Lewontin demostraron lo que puede hacer un biólogo evolucionista si se lo deja un rato en una iglesia, y ciertamente no es ponerse a rezar. Observando las enjutas de la basílica de San Marcos, Gould y Lewontin encontraron en la arquitectura una buena metáfora para ilustrar cómo en la biología se puede tener una interpretación equívoca de las causas que llevaron a la fijación de un rasgo en determinado organismo.

Una enjuta es el espacio que queda entre el arco, la bóveda y la columna que la sostiene. En San Marcos hay doce enjutas y en cada una de ellas se puede ver la imagen de uno de los apóstoles. La pregunta es: ¿Se colocaron seis arcos para que hubiera doce enjutas a fin de hacer figurar en ellas a los apóstoles? ¿O bien se colocaron los apóstoles aprovechando que había doce enjutas? En el segundo caso, la decoración es contingente y no causante de toda la estructura que la rodea. Si lo traspolamos a la biología, el rasgo ubicado en una enjuta no ha sido producto de ninguna selección. Es un «free rider», un polizón. De esta manera, Gould y Lewontin cuestionaban el paradigma adaptacionista derivado de «El origen de las especies».

 

Gould_y_Lewontin

 

Pero ellos eran parte del debate, no sus iniciadores. Poco antes Richard Dawkins había publicado su famoso libro «El gen egoísta», donde defendía la idea de que la selección operaba sobre los genes, a los que llamó «replicadores», y no sobre los individuos, a los que redujo a la categoría de «vehículos». Lo que es una ventaja para la replicación de un gen no lo es necesariamente para la conservación del organismo. No obstante, este último se encontraría subordinado al gen «egoísta», lo que explicaría fenómenos poco utilitarios para el individuo, como es el caso del altruismo.

 

dawkins

 

Tampoco Dawkins estaba pateando el tablero sino más bien fijando posición en la polémica de la época: cuál debía ser la unidad a considerar para la selección natural. Darwin se había inclinado por el individuo, pero existen también las células, las poblaciones, las especies y los genes, estos últimos desconocidos en la época de Charles.

Podría parecer que este debate no contradice sino que perfecciona la teoría clásica de la evolución, y así es. Pero en el camino va quedando seriamente cuestionada una de las dos grandes tesis del darwinismo, precisamente la célebre «supervivencia de los más aptos». Y esto no es poca cosa, si se tiene en cuenta el revuelo filosófico que ha generado históricamente dicha sentencia.

Por eso conviene mencionar un trabajo más reciente y menos conocido de alguien que no fue genetista sino lingüista y filósofo, Jerry Fodor. En colaboración con Piatelli-Palmarini, escribieron en 2010 un libro titulado «What Darwin got wrong». Acaso porque el título es bastante provocativo comienza distanciándose de planteos pseudocientíficos como la «teoría» del diseño inteligente. Su crítica tiene un argumento singular: que la selección natural es un concepto análogo al del condicionamiento operante. Y esta afirmación es muy llamativa porque si Darwin no ha perdido su trono, Skinner, por su parte, ha terminado convertido en un personaje de los Simpsons. ¿Cuál sería entonces la semejanza entre el adaptacionismo y el conductismo? Para Fodor, que ambos presupuestos caen en la falacia de intensionalidad (con «s», esto es, en sentido cartesiano de posesión de una mente), adjudicándole a un proceso natural la intencionalidad (con «c», en el sentido de «voluntad») propia de un proceso artificial.

 

fodor

 

Para decirlo de un modo menos abstruso: Darwin imagina la selección natural a partir de la labor de selección artificial que hacen los criadores buscando ganado más gordo, perros más exóticos, pollos que crecen más rápido. El problema es que los criadores tienen una mente y una intención que la naturaleza no tiene. A la naturaleza no le importa seleccionar a los más aptos porque, para empezar, es una entelequia, no una persona concreta. Por supuesto, para que un rasgo pase de un individuo a otro, este tiene que haber sido capaz de reproducirse, pero eso no convierte la totalidad de su fenotipo en el más apto. Las causas de la generación y conservación de un rasgo pueden ser más complejas y múltiples que un simple requisito de adaptación (requisito no tan simple si consideramos que el ambiente también es complejo y múltiple). De hecho, la misma afirmación de que todos los rasgos se transmiten por herencia es cuestionable desde el punto de vista epigenético. Es evidente que los organismos aprenden, como también es notorio que dentro del amplio marco del ADN un sujeto puede volverse obeso o delgado dependiendo de alguna intervención azarosa en su desarrollo.

Con la postulación del condicionamiento operante ocurría una presbicia análoga, ya que dicho mecanismo estaba supeditado a un investigador o a un adiestrador que se proponía determinar la conducta de un individuo y se realizaban generalizaciones dudosamente justificadas a partir de resultados de laboratorio con organismos simples. Sin embargo, la naturaleza no es un domador de osos. No le interesa transformar el aula de clase en un videoclip de Pink Floyd. Ni siquiera se trata de una entidad volitiva sino un complejo conjunto de fenómenos interrelacionados. Así, las predicciones del conductismo chocaban con una realidad en la que los alumnos obedecían solo cuando los profesores los estaban mirando y las personas se comunicaban con sistemas semióticos imposibles de explicar por mera asociación de estímulos.

Es irónico que una perspectiva tan rabiosamente empírica como el conductismo se vea malograda precisamente por resabios de mentalismo. De igual manera lo es que Darwin, en el camino de arrebatarle a Dios el derrotero de los seres vivos, haya terminado entregándoselo a una nueva divinidad: la Naturaleza, jueza suprema en este concurso de simientes. Sin duda el genio que nos ubicó en una larga cadena de primates seguirá brillando, pero la tesis adaptacionista de su teoría ha entrado en peligro de extinción.