Habitar la calle

Por Mauro Barchiesi
Arquitecto

 

Ese acto tan regular y cotidiano que es salir del espacio privado y pasar a lo público, encontrarnos con esa porción de terreno angosto pero ilimitado. Ese espacio que da forma a nuestros desplazamientos dentro del territorio y que a medida que crecemos y nos hacemos como sociedad permanece ahí, tan inmóvil y diferente.

¿Cómo cambia, en la medida que pasa el tiempo, la manera en la que usamos el territorio? ¿Qué sucede con esa visión particular que nos da el habitar cuando crecemos? Esa permanencia que nos convierte en grandes conocedores de un lugar comienza a dispersarse y, como resultante, ya no prestamos tanta atención a esos detalles, a esas sensaciones de plenitud, como lo hacíamos en nuestro territorio inmediato cuando pequeños. Simplemente pasamos y recorremos aceptando lo que sucede como si nada pudiésemos hacer, ni siquiera nos preguntamos si podría ser de otra manera. El habitar cotidiano se convierte en un simple recorrido.

Recuerdo de niño cómo eran esos momentos en los que nos apropiábamos de la calle. Pasábamos ese umbral de lo privado, nuestra casa, y salíamos a ese segundo patio, enorme, ilimitado, pero en el entorno inmediato ya manejábamos nuestros códigos. La calle, la vereda, las acequias y esas sombras gigantes que nos protegían del sol. Hacíamos uso de la calle, literalmente, armábamos unos arcos con piedras o ladrillos y la transformábamos en nuestro potrero, lo importante no era que circularan autos por la calle, lo importante era nuestro juego. Si existía un cambio en ese, nuestro gran patio, era muy difícil que pase desapercibido. La percepción del espacio habitado estaba directamente relacionada al tiempo en que usábamos ese espacio.

 

 

Según Heidegger, en su escrito Construir, habitar, pensar, “aquellas construcciones que no son viviendas, no dejan de estar determinadas a partir del habitar en la medida que sirven al habitar de los hombres”. En este sentido, podemos decir que una calle, que es también una construcción, aparte de permitirnos ir de un lugar a otro, también estaría dentro de la región del habitar. “Construir es habitar, esto quiere decir permanecer, residir”.

¿Qué es lo que hace importante habitar la calle, habitar todo eso que está fuera de nuestro ámbito privado? Desde mi parecer, lo importante de habitar la calle es contar con ese espacio como expresión, como ámbito de relación entre las personas y el entorno. En la medida que pasamos tiempo habitando “nuestro” espacio público, más garantías tenemos de reforzarnos como sociedad y de reclamar esos espacios de expresión, de estar, de reposo, de intercambio.

Ante diversos eventos, desde los más trágicos hasta los más felices, usamos la calle como modo de expresión. Recuerdo que después de los atentados a Charlie Hebdo, en Francia, la gente comenzó a salir a la calle, casi de manera espontánea y como si todo estuviese coordinado. A medida que caminábamos, las personas salían de sus casas, el silencio era abrumador. Todos caminaron a la plaza principal de la ciudad, y allí, en constante silencio, con algunas pancartas en lo alto, se daba homenaje a las víctimas y se rechazaba todo acto de violencia en contra de la libertad de expresión. En un opuesto, cuando hace muy poco Argentina ganaba después de 28 años una copa, sentí ese mismo acto de espontaneidad, todos salían de sus casas simultáneamente para representar en público, en este caso, esa felicidad descomunal que nos había dado ganar un partido de fútbol, y que fue mucho más fuerte que las restricciones de la pandemia.

 

 

Lo interesante de estos hechos es que se hace uso del espacio, particularmente de la calle, en toda su magnitud; se toma, se apropia de manera espontánea y naturalmente se interpreta ese acto de habitar lo público como inevitable y ya no hay nada que lo frene. La calle es la casa, ese segundo patio, el habitar de todos, la que tenemos en común, y es ahí que nos reunimos. Si ese, nuestro espacio, “la calle”, nos representa ante hechos como los mencionados anteriormente, ¿por qué no lo reclamamos de forma similar, por ejemplo, cuando el arbolado público se corta sin sentido, cuando una plaza está en mal estado, cuando una calle no brinda la seguridad para caminar o andar en bicicleta, o cuando esa calle está bloqueada y no podemos acceder libremente a los recursos naturales?

Si podemos, ya desde niños, reconocer este ámbito, “la calle”, y sentirnos en total confort y comodidad, apropiarnos de ella y reconocer sus elementos al detalle, ¿por qué con el paso del tiempo vamos perdiendo ese compromiso innato de habitar la calle, en sí, de habitar la ciudad?

Ahora bien, cómo hacer para conocer nuestra ciudad, nuestros espacios, nuestro territorio, si estamos sumergidos en un cotidiano que nos hace parecer que no hay nada nuevo, que todo es igual, a tal punto que trasladarnos de un lugar a otro no es más que cuestión de tiempo. ¿Cuánto influye el medio en que nos trasladamos para “ver” esto que hace al territorio y que pasamos por alto? En este sentido, me remito a las palabras de Francesco Careri en su libro El andar como práctica estética. Cito: “En todas las épocas, el andar ha producido arquitectura y paisaje, y que esta práctica, casi olvidada por los arquitectos, se ha visto reactivada por los poetas, los filósofos y los artistas, capaces de ver aquello que no existe y hacer que surja algo de ello”.

Es sumamente necesario que retomemos, nosotros, los habitantes del territorio, este andar para descubrir, para potenciar, para conocer, para ver aquello que no existe. Habitar la calle es más que ir de la casa al trabajo, a la escuela, a la universidad. Transitarla no es solo ir de compras, pasar o estar un rato en una plaza, ir al cine o salir a tomar un helado, sino también es ser conscientes de todos los elementos que la componen y la relación de estos elementos entre sí y nosotros.