La internación de Plath, las pastillas de Pizarnik…

Por Mariano Lázaro

El 25 de noviembre de 1970, Yukio Mishima, junto a cuatro seguidores, tomó como rehén al comandante del cuartel general de las Fuerzas de Autodefensa de Japón con el objetivo de incentivar a sus compatriotas a restaurar la antigua constitución del país. Tras dar un discurso que resultó un fracaso, el escritor procedió a realizar una antigua tradición japonesa llamada seppuku. Las manos de Mishima guiaron el filo de una daga hasta su abdomen y rasgaron la carne de izquierda a derecha hasta expulsar los intestinos. Uno de sus compañeros, para terminar con el sufrimiento, dejó caer su sable repetidas veces sobre el cuello del escritor hasta decapitarlo, acabando de esta manera con el suicidio ritual.

Durante su primer año como estudiante en el Smith College, Sylvia Plath realizó su primer intento de suicidio, lo que le valió la internación en un instituto psiquiátrico y reiterados tratamientos con electrochoques. Esto la marcó de por vida, hasta que finalmente consiguió suicidarse en 1963 inhalando gas. Pizarnik ingirió una peligrosa sobredosis de Seconal, tras escribir en su pizarra “no quiero ir, nada más, que hasta el fondo”. Woolf se sumergió en el río Ouse con los bolsillos de su abrigo repletos de piedras; Hemingway se pegó un tiro.

Lo que suele ocurrir al oír sobre algún escritor suicida es indagar en las circunstancias de su muerte. Los detalles cruentos, el trasfondo que lo llevó a tomar la decisión de acabar con su vida. Esto hace que fácilmente se los encasille en lo anecdótico, en la novedad, como si se tratase de una especie de freak de circo; la historia del pobre artista atormentado que no encuentra otra salida más que la de la gillette y el baño caliente. Es fácil alimentar nuestro morbo con información sobre ahogamientos y pastillas, pero conviene no quedarse solamente con ello, porque detrás de aquellas muertes hay vidas aún más significativas, que se abocaron a la creación de obras que al día de hoy siguen siendo relevantes.

La romantización del suicidio viene desde hace mucho tiempo y está presente en la mayoría de las ramificaciones del arte. Alfonsina caminando hacia el mar en los tristes versos de Mercedes Sosa; el estoicismo de Sócrates antes de beber la cicuta en el óleo de Jacques-Louis David. En la literatura, el trágico final de los amantes en Romeo y Julieta; o el desamor que lleva a Werther a volarse la cabeza en el conocido libro de Goethe. Esto nos demuestra que desde hace siglos el arte viene dando forma al arquetipo del pobre artista sensible, del ser iluminado que termina por no resistir los embates del mundo y decide terminar con su vida en una máxima expresión trágica de sensibilidad poética.

El peligro de esta cosmovisión radica en que ella no queda aislada solamente en los parámetros de la ficción, sino que se traslada a la vida misma, distorsionando la verdadera personalidad de quienes cometieron suicidio. A raíz de un vulgar sentimentalismo, se les otorga coronas de laurel a quienes realmente necesitaban ayuda y estaban sufriendo. Se olvida que el suicidio es una problemática de salud pública y que en la mayoría de los casos mencionados, detrás de tal decisión hay un trastorno psicológico que lo fomenta.

Es por eso que es necesario separar el hecho de la muerte intencionada, la cosmovisión del artista sensible y suicida, del ser humano que realmente estuvo allí y escribió los poemas, narraciones o textos que hoy conocemos. Pizarnik es más que sus pastillas; Woolf es más que su río. Separar a Plath, a Storni, a Hemingway y a tantxs otrxs de sus respectivas muertes es separarlxs de un hecho que poco tiene que ver con sus obras, y mucho menos con la aproximación que debemos tener hacia ellas. Es darle más importancia a sus vidas, a su dolor, a sus padecimientos mentales, los cuales sí nos permiten aprender más de ellxs y quitarles estigmas a enfermedades que nunca los merecieron. Todxs aquellxs artistas que han cometido suicidio son mucho más que su muerte, que su tragedia…