El lenguaje incómodo

Texto e ilustración: Juan Pablo Carballo
Profesor de Lengua y Literatura

No busco con estas palabras discutir con retrógrados. Quienes rechazan el lenguaje inclusivo porque es una perversión de la ideología de género o porque no lo aprueba la RAE pueden volver a la vitrina del museo de ciencias naturales de donde salieron. Esto es esgrima con florete, no me venga con un garrote.

Por el contrario, me interesa plantear algo al interior del grupo que apoya la desbinarización del idioma. El lenguaje inclusivo resulta incómodo por dos razones. La primera es de índole cultural: súbitamente todo el machismo del habla que permanecía velado se vuelve consciente y ya no se puede decir nada sin activar una alarma. Este conflicto es deseable y es parte del objetivo que se persigue.

La otra incomodidad responde a que el lenguaje inclusivo pretende modificar la lengua en un aspecto básico del nivel morfosintáctico, que es el más difícil de reformar, a diferencia del nivel semántico e incluso del fonológico, donde se permiten notables divergencias diastráticas o diatópicas sin que la existencia de una variedad estándar provoque diglosia. Este es un problema lingüístico estructural, no ideológico.

Y aquí llego al punto crucial: cada cual puede hablar como se le antoja, pero aquí estamos discutiendo la variedad estándar, la que garantiza la inteligibilidad del resto de las variedades, la que aprenderán los extranjeros, la que usaremos en documentos y medios de comunicación formales. Se puede desconocer la autoridad de la RAE como ejecutora de un proyecto neocolonial, pero no se puede desconocer la necesidad de algún tipo de estandarización, aunque sea pluricéntrica.

En el fragor de la batalla contra el conservadurismo antiderechos a veces parece que olvidamos las pocas chances de popularizarse que tiene el lenguaje inclusivo si no encuentra regularidad y sistematización. A fuerza de gritarle a la RAE con el puño en alto que la lengua es de quienes la usan parece que olvidamos el uso reducido e irregular que tiene hoy el lenguaje inclusivo, frecuentemente vinculado a la formación superior de corte progresista y no al habla popular.

De modo que si no consideramos el problema netamente lingüístico que conlleva la desbinarización del lenguaje en sus bases gramaticales, es posible que la extensión del morfema inclusivo no supere nunca la curiosidad que provoca un argot cualquiera.

En este punto alguien dirá que no importa, porque la lucha va más allá de modificar un morfema, y tal vez tenga razón. Quién sabe si esta exaltación casi bíblica de las propiedades de la palabra para configurar el Universo no sea más que una exageración posmoderna que deja mudo de asombro -y de incomodidad- al mismísimo Platón.

platon