Duraznos

Por Marcos Martínez
Ilustración: Martín Rusca

Aunque tuviera los ojos cerrados, sabía que había llegado a la villa. Podría haber sido el eterno murmullo del canal, podría haber sido ese serpentear empinado de la calle, podría haber sido el rumor de una cumbia, una cueca, un corrido, o todo eso junto; pero no, fue el olor a durazno quemado el que me hizo saber que ya estaba en la villa. Hace tiempo que escribo sobre otras cosas, pero nunca pude escribir sobre el olor a durazno quemado que inunda el cielo oscurísimo de la villa con su humareda densa y suave; no sé porque, pero hasta hoy nunca pude.

En invierno, en las casas de la villa, los carozos de durazno germinan con el fuego y se convierten en un añoso árbol de humo que da frutos rojos, pequeños, que maduran negros.

En medio de esa humareda gris, etérea, volvía a casa en bicicleta todas las noches. Tenía que atravesar dos villas; en medio de ellas, un silencioso campo de batalla, un cementerio de luz, una eternidad de sombra, basura, el brazo finito del río y el borde incierto de la ruta.

Intuía el camino en las sombras, no podía ver ni mis manos. De vez en cuando un auto disparaba luz a discreción y hasta la ceguera y uno tenía que cerrar los ojos o apretar los puños para no caer al río o ser atropellado.

Una de esas noches en que volvía sentí mi bicicleta morir y abandonarse debajo de mí, murió en el mar oscuro en medio de las villas. Ella sentía ese extraño placer que sienten las cosas al rebelarse para lo que fueron creadas. Después de fracasar en el intento de arreglarla, decidí seguir con ella a cuestas.

Me gustaría que fuese una exageración decir que era un mar de oscuridad, pero no, las cosas que se hundían ahí casi que dejaban de existir.

Un camino angosto y zigzagueante de piedras y basura, la soledad y el frío y la otra villa tan lejos. Nadaba en incertidumbre y empecé a percibir, algo lejana, una respiración agitada, el encuentro y desencuentro de unos pies y unos pedales, el aire cortado por los rayos de otras ruedas. Apuré mis pasos lo más que pude, pero estaba cada vez más cerca, traté de no hacer ruido, pero estaba cada vez más cerca, saqué la llave del candado y estaba cada vez más cerca, saqué el candado y enrollé la cadena en la otra mano y estaba cada vez más cerca, apreté la cadena con fuerza, ya era tarde, sentí que frenaba detrás, frenaba, con sus pies contra el asfalto quebradizo, y yo apretaba la cadena.

No recuerdo lo que dijo o dije, pero la amabilidad de sus palabras me hirió de frente en el medio de la vergüenza. Y entonces sucedió lo peor: caminamos juntos, a veces en silencio, acompañándonos en la sombra.

Recién cuando llegamos a la otra villa, al rumor del canal y la cumbia, al bosque de duraznos de humo, a la luz verdosa de la calle, fue cuando pude ver sus ojos y una sonrisa; me dijo dónde vivía, me dio la mano y hasta me invitó a jugar un partidito en la cancha de la esquina el viernes.

Él se fue y nosotros con ella también, nos fuimos hundiendo en la humareda densa; por  eso, por vergüenza, es que nunca pude escribir sobre el olor a durazno quemado.

 

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