Los cuentos de Madreselva Tango Bar: Elogio de la Mentira

Por Horacio Ricardo Silva
Imagen de portada:
Fotograma de la película “Fantasma de Buenos Aires”, de Guillermo Grillo

A Félix Francisco Rubianes, entrañable experto
de la mentira juiciosa y considerada

—O usted está rematadamente loco, o es un rematado cínico.

—¡Pero no, viejo! No lo digo yo; lo dijo Mark Twain, en 1880… lo conoce, ¿no? Y tiene vigencia universal, como el «Cambalache» de Discépolo…

—Cómo no lo voy a conocer…

(El insólito diálogo tiene lugar en una de las mesas de Madreselva Tango Bar, un cafetín de mala muerte ubicado en las cercanías del arroyo Maldonado. Los protagonistas: el guapo Canaveris y el tape Comoifusa).

—Mora, tráiganos una botella de ginebra y dos vasos…

—Tá buena la Mora, ¿eh? —dijo el Comoifusa, señalando a la bolichera.

—Ni se le ocurra… se cabrea por nada, y siempre lleva la faca escondida en la liga…

—Bueno, como le decía: la mentira es un arte amable que necesita cultivarse, practicarse con elegancia, con distinción.

—La mentira es una porquería. Es engaño, es falsedad; es cosa de turros, y de políticos.

—La mentira es universal… todos mentimos; todos los días tenemos que hacerlo. ¿Cuánto puede durar un laburante en su empleo, si dijera todo lo que piensa de sus jefes y compañeros? ¿Cuánto puede durar un matrimonio, si se contaran hasta la más íntima fantasía? La mentira es una de las cosas más repudiadas por la humanidad, pero a la vez es la más practicada por todo el mundo, desde que uno es un pibe, hasta que se va a la fosa…

—Usted está mezclando las cosas, Comoifusa. ¿O me va a decir que es un «arte amable» hacerle el cuento del tío a un gil, o vengarse de una mina que no le dio bola, diciendo que es una viciosa y una reventada?

—Ahí vamos llegando al asunto. Dígame: usted, que le gusta el cine, ¿vio «La Armada Brancaleone»?

—Por lo menos cinco veces…

—¿Y se acuerda de lo que le dijo Brancaleone al judío Abakuc, cuando éste se moría?

—Se lo puedo recitar de memoria, es una de las mejores escenas del cine italiano: «No sé si ahora que mueres irás a nuestro paraíso cristiano, o al de tu gente y tu Dios. Pero por cierto, creo que estarás mejor que en esta vida que nos tocó en suerte. No sufrirás más frío, ni calor, ni hambre, ni sed; ni bastonazos, ni sustos. Sino un cielo siempre bello, y los pájaros en las ramas de los árboles en flor; y ángeles que te darán grandes hogazas de pan, y queso y vino, y leche en abundancia, y te dicen: «¿Quieres, viejo? Toma, toma más… toma, come, bebe, sacíate… y duerme, viejo, duerme…».

—Ya lo ve, Canaveris: esa mentira es el «arte amable» del que le hablo. Yo no mezclo las cosas, digo lo que es nomás. Hay diferentes clases de mentiras: las que se dicen para hacer un bien, las que se usan para sacarle provecho a alguien haciéndole un daño, y las mentiras por omisión; ésas que uno, por callarse, deja que se piense que son verdades, y terminan haciéndole mal a alguien, aunque a nosotros nos dejan la conciencia tranquila.

—Mentiras blancas, mentiras negras; y grises…

—En efecto. Vea lo que decía Mark Twain: «Por tanto, lo sabio es educarnos con diligencia a fin de mentir de manera juiciosa y considerada; a fin de  mentir con un buen propósito y no con uno pérfido; a fin de mentir para ventaja de los  demás y no para la nuestra; a fin de que nuestras mentiras sean aliviadoras, caritativas y humanitarias, y no crueles, letales o maliciosas; a fin de mentir de manera agradable y graciosa, no torpe y tonta; a fin de mentir con firmeza, franqueza y desfachatez, con la cabeza en alto, sin vacilaciones ni torturas, sin actitudes pusilánimes, como si nos avergonzara el gran deber que tenemos de hacerlo».

—Ah, eso es otra cosa… un capo, ese Marc Tuéin.

—Así es. El ejercicio absoluto de la verdad haría imposible la convivencia humana. Nadie se saludaría ya más, porque a éste le dijeron que era gordo, aquél un esperpento, a aquella que era un escracho, al otro un turro… imagínese usted diciendo siempre lo que realmente piensa, en todo momento, circunstancia y lugar. Tendría que retirarse a vivir a la montaña, como un ermitaño; porque cada vez que lo vieran, lo correrían a cascotazos…

—Y sí, Comoifusa; al fin y al cabo, la mentira sirve también como refugio, para que no lo jodan a uno.

—Claro, por eso aprendemos a mentir desde chiquitos. Nos dicen que mentir es malo, nos enseñan a decir siempre la verdad, y bien pronto descubrimos que los adultos nos mienten a nosotros… y que cuando decimos la verdad, en lugar de premiarnos, nos castigan… Entonces aprendemos a mentir, no para joder a nadie, sino para evitar que nos jodan a nosotros, obligándonos a hacer lo que no queremos: la formación en el colegio o los deberes en casa. Éste es uno de los más flagrantes claroscuros de la condición humana: su dualidad, la manera en que el discurso se da de narices con la práctica cotidiana.

—¿Qué le pasa a esta mina que no trajo la ginebra? Le voy a decir unas cuantas…

—Ojo al piojo, Canaveris… que si la Mora se chifla, ni usted ni yo ponemos de nuevo los pies acá. Mejor miéntale un poco, sonría… no se olvide de la faca en la liga…

—Tiene razón, Comoifusa. Ya lo dijo un filósofo rosarino a su perro: «Con la verdad, no ofendo ni temo. Con la mentira, zafo y sobrevivo, Mendieta».

Cuando los dos hombres salieron del cafetín, cada uno rumbeó para su lado. Al cruzar el puentecito de madera del Maldonado, Canaveris pensó: «¿y quién corno será el tal Marc Tuéin?».