Salvatore Quasimodo: un Nobel de Literatura disruptivo y hermético

Por Miguel Pérez Mateos

Presencia inmaterial que atesora

los libros que he leído,

y grabaron en mí,

palabras que perduran

Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra

traspasado por un rayo de sol:

y enseguida anochece.

Y enseguida anochece

Lo descubrí allá por los ’80 en una colección de libros y fascículos encuadernables que aparecían semanalmente, publicados por Ediciones Orbis. Ochenta obras de autores premiados con el Nobel de Literatura (hasta ese momento) y ochenta fascículos que reseñan cada biografía, analizan brevemente el libro que los representa y el contexto histórico en el que se concedieron los premios. En las páginas centrales recoge extractos de los discursos y las razones oficiales por las que se concedió el premio, no solo literario sino también de otras disciplinas.

A Salvatore Quasimodo lo leí con avidez y me identifiqué con su poesía. Busqué más información y leí otros libros suyos. Creció mi admiración. En 2011, al publicar “Llaves y candados”, elegí esos tres versos de “Y enseguida anochece” para el epígrafe de la segunda parte de mi libro. De vez en cuando retorno a su obra y la disfruto.

Quasimodo fue un poeta y ensayista italiano nacido en Módica, provincia de Ragusa, sur de Sicilia, en 1901. Atraído por la literatura, se trasladó a Roma, dedicándose al estudio del griego y el latín. Ejerció diversos oficios para sobrevivir, mientras frecuentaba algunos círculos de letras. En 1932, con la publicación de “Oboe sumergido”, se concretó su primer éxito literario y se radicó en Milán para asumir la Cátedra de Literatura Italiana.

“La dulce colina”, “Las horas”, “Toma y da”, “Discursos sobre la poesía”, “Las cartas de amor” y “El poeta y el político” son algunos títulos importantes de su obra. Tradujo a Catulo, Virgilio, Shakespeare, Arghezi, Cummings, Aiken, Neruda y Molière, entre otros.

Obtuvo el título Honoris Causa por las universidades de Messina y Harvard, y el Premio Nobel de Literatura en 1959.

Falleció en Milán en 1968.

Según Carlos Fabretti, traductor de su obra, Quasimodo “fuerza la sintaxis, establece concordancias insólitas, suprime comas y artículos o altera drásticamente el orden habitual de los términos en frases que evocan la oratoria clásica o buscan una distanciadora distorsión del lenguaje”.

Compartimos algunos de sus poemas.            

De “Aguas y tierras”:

                     Lamento por el sur

        La luna roja, el viento, tu color
        de mujer del Norte, la llanura de nieve...
        Mi corazón está ya en estas praderas,
        en estas aguas anubladas por la niebla.
        He olvidado el mar, la grave
        caracola que soplan los pastores sicilianos,
        las cantilenas de los carros a lo largo de los caminos
        donde el algarrobo tiembla en el humo de los rastrojos,
        he olvidado el paso de las garzas y las grullas
        en el aire de las verdes altiplanicies
        por las tierras y los ríos de Lombardía.
        Pero el hombre grita en cualquier parte la suerte de una patria.
        Ya nadie me llevará al sur.

        Oh, el Sur está cansado de arrastrar muertos
        a la orilla de las ciénagas de malaria,
        está cansado de soledad, cansado de cadenas,
        está cansado en su boca
        de las blasfemias de todas las razas
        que han gritado muerte con el eco de sus pozos,
        que han bebido la sangre de su corazón.
        Por eso sus hijos vuelven a los montes,
        sujetan los caballos bajo mantas de estrellas,
        comen flores de acacia a lo largo de las pistas
        nuevamente rojas, aun rojas, aun rojas.
        Ya nadie me llevará al Sur.

        Y esta tarde cargada de invierno
        es aún nuestra, y aquí te repito
        mi absurdo contrapunto
        de dulzuras y furores,
        un lamento de amor sin amor.

De “Oboe sumergido”:

                       Convalecencia

        Siento amor convertirse en otra muerte
        ignota para mí, pero más lenta,
        que a menudo me empuja hacia sus formas.

        Abandono de alga:
        me busco en los oscuros acordes
        de profundos despertares
        en orillas densas de cielo.

        El viento se injerta
        dócil en mi sangre,
        y es ya voz y naufragio,
        manos que renacen:

        manos entrelazadas o palma con palma unidas
        en distendida renuncia.

        Tiene miedo de ti
        el corazón seco y doliente,
        infancia imposeída.

                                  
                        Otoño

        Otoño manso, yo me poseo
        y me inclino ante tus aguas para beber el cielo,
        suave fuga de árboles y abismos.

        Áspera pena del nacer
        me encuentra unido a ti;
        y en ti me quebranto y repongo:

        pobre cosa caída
        que la tierra recoge.        

De “Erato y Apolo”:

                        Sílabas a Erato

        A ti se pliega el corazón en soledad,
        exilio de oscuros sentidos
        en el que transmuta y ama
        lo que ayer parecía nuestro
        y ahora está sepultado en la noche.

        Semicírculos de aire resplandecen
        en tu rostro; te me apareces
        en el tiempo que la primera ansiedad aflige
        y me vuelves blanco, lenta la boca
        a la luz de la sonrisa.

        Por tenerte te pierdo
        y no me aflijo: todavía eres bella,
        quieta en dulce posición de sueño:
        serenidad de muerte extremo gozo.


De "Nuevas poesías":

                          El alto velero

        Cuando vinieron los pájaros a mover las hojas
        de los árboles amargos junto a mi casa
        (eran ciegos volátiles nocturnos
        que horadaban sus nidos en las cortezas),
        alcé la frente hacia la luna
        y vi un alto velero.

        Al borde de la isla el mar era sal;
        y se había tendido la tierra y antiguas
        conchas relucían pegadas a las rocas
        en la rada de enanos limoneros.

        Y le dije a mi amada, que en sí llevaba un hijo mío
        y por él tenía siempre el mar en el alma:
        «Estoy cansado de estas olas que baten
        con ritmo de remos, y de las lechuzas
        que imitan el lamento de los perros
        cuando hay viento de luna en los cañaverales.
        Quiero partir, quiero dejar esta isla.»
        Y ella: «Querido, ya es tarde: quedémonos.»

        Entonces me puse a contar lentamente
        los vivos reflejos de agua marina
        que el aire me traía a los ojos
        desde la mole del alto velero.