«Gripe española» de 1918-1920: la mayor mortandad del siglo XX

Por Federico Mare
Historiador y ensayista

Muchos comparan la actual pandemia de coronavirus con la pandemia de influenza de 1918-1920, la mal llamada gripe española. Nada más que por ese motivo, ameritaría ser historiada con cierto detalle. Pero hay otras razones para rememorar aquella gripe pandémica de hace una centuria. Aunque el desastre de la Primera Guerra Mundial la haya eclipsado en la memoria colectiva, estamos hablando de la mayor mortandad de todo el siglo XX, la peor pandemia que azotó a la humanidad con excepción de la peste negra medieval, y la peor de todas las pandemias virales de tipo respiratorio registradas hasta hoy, incluyendo la de COVID-19, que ya ha matado a más de 3,7 millones de personas en todo el orbe.

Laura Spinney es escritora y periodista. Nació en Yorkshire, Inglaterra, allá por agosto de 1971. Hacia 1993, se graduó de Bachelor of Science en la Universidad de Durham. Desde 2005 vive en París. Ha escrito un par de novelas, pero es más conocida por sus columnas y artículos de divulgación científica para diversos periódicos y revistas de proyección internacional, como The Guardian, Nature, The Observer, National Geographic, The Economist, New Scientist y The Telegraph. Integra, además, el Instituto Max Planck para la Historia de la Ciencia. Spinney ha hecho una valiosa contribución a la historia de la ciencia con sus investigaciones y escritos sobre las pandemias en general, y la gripe en particular. Su mayor aporte ha sido, sin lugar a dudas, su precitado libro Pale Rider. The Spanish Flu of 1918 and How It Changed the World (Random House, 2017, 352 págs.), traducido al castellano por Crítica en 2018, como El jinete pálido. Es una estupenda obra de síntesis histórica sobre la gripe «española» de 1918-1920, en ocasión de su centenario. Dice la autora británica en la Introducción:

La gripe española infectó a una de cada tres personas del planeta, a 500 millones de seres humanos. Entre el primer caso registrado el 4 de marzo de 1918 y el último, en algún momento de marzo de 1920, mató a entre 50 y 100 millones de personas, o a entre el 2,5 y el 5 por ciento de la población mundial, una variación que refleja la incertidumbre que aún la rodea. Si se compara con sucesos únicos que hayan causado una enorme pérdida de vidas humanas, superó a la primera guerra mundial (17 millones de muertos), a la segunda guerra mundial (60 millones de muertos) y posiblemente a ambas juntas. Fue la mayor oleada de muerte desde la peste negra, tal vez de toda la historia de la humanidad.

Sin embargo, ¿qué vemos cuando desenrollamos el pergamino del siglo XX? Dos guerras mundiales, el auge y la caída del comunismo y quizá algunos de los episodios más espectaculares de descolonización. No vemos el acontecimiento más dramático de todos, aunque lo tenemos delante de nuestros ojos. Cuando se pregunta cuál fue el mayor desastre del siglo XX, prácticamente nadie responde que la gripe española. La gente se sorprende al conocer las cifras relacionadas con ella. Algunos se paran a pensar y, tras una pausa, se acuerdan de un tío abuelo que murió a causa de ella, de primos huérfanos a los que perdieron de vista, de una rama de la familia que dejó de existir en 1918. Hay muy pocos cementerios en el mundo que, suponiendo que tengan más de un siglo, no alberguen un grupo de tumbas desde el otoño de 1918, cuando se declaró la segunda oleada de la pandemia, la peor, y los recuerdos de las personas así lo reflejan. Pero no hay ningún cenotafio, ningún monumento en Londres, Moscú o Washington DC. La gripe española se recuerda de un modo personal, no colectivo; no como un desastre histórico, sino como millones de tragedias discretas, privadas.

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Permítaseme una digresión. El libro, que combina libremente la crónica histórica con el ensayo de divulgación científica, es ambicioso en su amplitud de temas y perspectivas, riguroso en sus datos y bibliografía, y perspicaz en la mayoría de sus análisis y reflexiones, amén de estar muy bien escrito desde un punto de vista literario, con mucha claridad y amenidad, hilvanando una enorme cantidad de anécdotas fascinantes e iluminadoras, sin descuidar los antecedentes y las comparaciones. Tiene, por otra parte, el mérito de ofrecer una mirada ecuménica, alejada del eurocentrismo, donde China, India, Persia, África, Brasil y la población inuit de Alaska reciben tanta atención como Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, España y Rusia. Dado que Spinney no es historiadora profesional ni tiene formación académica en ciencias sociales, sus encomiables esfuerzos por develar y comprender los aspectos más sociales de la pandemia del 18 (economía, política, cultura, etc.) no siempre resultan del todo acertados. Algunas explicaciones, conjeturas y balances pecan de cierto simplismo e ingenuidad, pero, aun con estos bemoles, el libro es magnífico. Es una obra altamente recomendable, no solo para conocer y entender mejor lo que significó la pandemia de gripe «española», sino para enriquecer nuestros saberes epidemiológicos sobre las pandemias y la gripe en general, y poder, asimismo, ver en perspectiva histórica la crisis sanitaria global que estamos atravesando. Aunque el libro vio la luz tres años antes de la pandemia de COVID-19, su actualidad es asombrosa.

Retomemos nuestro hilo conductor. La pandemia de 1918-1920 fue provocada por una nueva variedad del influenzavirus tipo A, subtipo H1N1. Se trató de una mutación inusitadamente contagiosa y letal del germen que había causado, a fines del siglo XIX, la llamada gripe rusa. Esta novedosa cepa de influenza recibió el nombre de gripe española porque España, al mantenerse neutral durante la Primera Guerra Mundial, no censuró las alarmantes noticias concernientes al brote, en contraste con el proceder de los Aliados e Imperios centrales, que, invocando la emergencia bélica y el interés nacional (la necesidad de no dar señales de debilidad al enemigo externo y evitar toda desmoralización o derrotismo dentro de las propias fronteras), prohibieron a la prensa informar lo que acontecía. Sí se podía, desde luego, replicar las noticias que llegaban desde la Península Ibérica. Esta situación artificial creó la falsa ilusión internacional de que España estaba en epidemia, cuando en realidad lo que ocurría era que el mundo estaba en pandemia. El espejismo no duraría demasiado, pero sí lo suficiente como para que la pandemia recibiera el falaz e injusto apodo de gripe española.

¿Dónde empezó la pandemia? No está del todo claro, y existen varias hipótesis. Puedo ser en el norte de China, o también en el Frente Occidental de la Primera Guerra Mundial. Pero la hipótesis más aceptada es que el brote se inició en el Medio Oeste de los Estados Unidos. En todo caso, lo que se puede afirmar es que la primera notificación oficial de la enfermedad fue el 4 de marzo de 1918, en Fort Riley, Kansas, un campamento del Ejército norteamericano donde se concentraban y entrenaban tropas para ser enviadas, en trenes y buques, a las trincheras del norte de Francia, cuando faltaban ocho meses para que Alemania se rindiera y la Gran Guerra acabara. Habrían sido, pues, los soldados de la AEF (American Expeditionary Forces), los que habrían diseminado inicialmente el virus, primero en Nueva York y otras ciudades portuarias de la Costa Este donde se embarcaban, y luego en el Frente Occidental (Francia, Bélgica, Alemania, etc.).

Pero el virus no se detuvo allí. Siguió propagándose con la celeridad del fuego en un pajonal. Llegó a las Islas Británicas, a la Europa mediterránea, a la Mitteleuropa, al Báltico, a Rusia, al Magreb, al África subsahariana, a la India, al Sudeste Asiático, a China, a Japón… En julio llegó a Australia, donde, al parecer, remitió. La enumeración no es exhaustiva. Solo se trata de un muestrario. Por lo demás, la secuencia cronológica exacta es cuestión debatida. Esta primera ola fue más bien leve, y afectó sobre todo al teatro europeo de la guerra.

La segunda ola resultó mucho más virulenta y generalizada. Arrancó a mediados de agosto, y tuvo tres focos portuarios, todos ellos sobre el Atlántico: Boston en América, Brest –la ciudad del norte de Francia– en Europa y Freetown (Sierra Leona) en África. Estos tres continentes se vieron muy afectados. El virus llegó esta vez a lugares que se habían salvado de la primera ola, como Sudamérica, donde hizo estragos en Brasil. Al sur del Sahara, Sudáfrica se contó entre los países más golpeados. Rusia sufrió mucho, debido al contexto de guerra civil. La nueva oleada penetró en Siberia, diezmó Persia, azotó con dureza a India y China… Hubo que esperar a noviembre para verla amainar.

Cuando se creyó que la pesadilla había terminado, se desató una tercera ola. Esto sucedió a principios de 1919. La tercera ola fue más leve que la segunda, pero no tanto como la primera. Tuvo también una proyección mundial: los dos hemisferios, los cinco continentes de la ecúmene. Cuando ingresó a Europa, las potencias vencedoras y vencidas negociaban en París el acuerdo de paz. La tercera ola se extendió a lo largo de casi todo el año.

Una cuarta y última ola se desarrolló durante los primeros meses de 1920. Su propagación mundial resultó bastante dispar, y sus efectos no fueron tan mortíferos. Hacia marzo de 1920, se puede decir que la pandemia de gripe «española» había concluido.

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¿Los síntomas de la gripe «española? Faringitis, tos, cefaleas, fiebre, agotamiento… O sea, la sintomatología de una gripe común. En la primera ola, la cosa no fue más lejos. Pero en la segunda, la gripe se volvió más virulenta, y muchos pacientes contraían neumonía, que complicaba sensiblemente el cuadro. Fue la neumonía, de hecho, la causa de la mayoría de los decesos. Cuando el estado gripal se complicaba, el rostro adquiría una tonalidad rojiza, luego azulada y finalmente negra. A medida que avanzaba esta cianosis heliotrópica –así la llamaron los médicos–, el pronóstico iba empeorando. El color negro presagiaba la muerte, no solo en la cara sino también, a esa altura del proceso, en las extremidades, el vientre y el torso. La enfermedad iba acompañada de mareos, insomnio, convulsiones, delirio, pérdida auditiva y olfativa, alopecia, discromatopsia… Paradójicamente, su letalidad no tenía que ver con los daños directos que ocasionaba la agresión viral, sino con la respuesta desmedida del sistema inmunológico (tormenta de citocinas).

A diferencia de otras pandemias de influenza que se ensañaron con la población infantil y/o anciana, la gripe «española» fue más pareja. Los segmentos jóvenes y adultos no la pasaron mucho mejor. No se sabe bien cuál fue la tasa de mortalidad, pero se cree que debe haber rondado entre el 10 y 20% (o sea, de 10 a 20 decesos cada 100 personas infectadas). Su tasa de morbilidad ha sido estimada en 30%, o quizás más. Medio centenar de millones de muertes es un cálculo conservador, pues no se descarta que pudo ser el doble. Como ya se ha dicho, solo la Peste Negra del Medioevo supera la catástrofe pandémica de 1918-1920. Pero si hablamos solamente de influenza, la gripe «española» fue la peor de todas las pandemias. Ni las anteriores ni las posteriores se le acercan.

Solo en China fallecieron 30 millones de personas. En la India británica, entre 12 y 17 millones. Dentro de las fronteras del Tío Sam, más de medio millón. Francia e Italia registraron una cifra similar: cerca de 400 mil decesos. Un cuarto de millón fue el saldo en el Reino Unido. España tuvo 200 mil víctimas fatales, aprox. el 1% de su población. Madrid y la franja norte del país fueron las áreas más damnificadas. En el África subsahariana, al menos un millón y medio de personas perdieron la vida, acaso dos millones (Sudáfrica, al parecer, se llevó la peor parte). En el Pacífico, muchas islas sufrieron un colapso demográfico, con mortandades superiores al 20 ó 30% de la población. Si hablamos de América Latina, hubo zonas muy castigadas, como México, donde el trancazo mató entre 300 mil y medio millón de habitantes. Otro país bastante afectado fue Perú. Y si hablamos de grandes ciudades, una muy castigada fue Río de Janeiro. En el Cono Sur, Chile acumuló más de 43 mil decesos.

Argentina, su vecina más grande y populosa, reportó apenas un tercio de esa cifra, pero se sospecha que hubo subregistro. Nuestro país no se contó entre los más afectados del mundo, ni tampoco de América Latina. La morbilidad y mortalidad en Argentina fueron mucho más bajas que las registradas en lugares como India, China, Europa y Norteamérica, o Brasil y Chile, para no irnos tan lejos. No hubo nada parecido a la pavorosa mortandad que hizo estragos el frente occidental de la Primera Guerra Mundial o las barriadas de Río de Janeiro. La gripe «española» causó en Argentina unos 15 mil decesos, según las estadísticas oficiales, mayormente durante la segunda ola de 1919 y en las provincias del Norte. Mendoza ocupó un lugar intermedio en el ranking de morbilidad y mortalidad, con guarismos no tan altos como los de Salta y Jujuy, pero no tan bajos como los de Buenos Aires (provincia y ciudad), el Litoral y Córdoba. No sé de ningún libro específicamente dedicado a la pandemia de 1918-1920 en Argentina. Pero hay algunos artículos académicos interesantes. Recomiendo especialmente los que ha escrito el Dr. Adrián Carbonetti, historiador y demógrafo, profesor de la UNC e investigador del Conicet. Como primera aproximación a la temática, me parece que lo mejor es su monografía “Historia de una epidemia olvidada. La pandemia de gripe española en la Argentina, 1918-1919”, publicada en el N° 32 de la revista mexicana Desacatos, en enero-abril de 2010. La pandemia de gripe «española» mató al 0,16% de la población argentina de aquel tiempo, aproximadamente. En el caso de la pandemia actual de COVID-19, el porcentaje es apenas superior: 0,19% a la fecha. No obstante, la mortandad argentina por gripe «española» probablemente haya sido mayor, según Carbonetti.

Sería temerario afirmar que la Primera Guerra Mundial fue la causa de aquella pandemia, pero no hay dudas que coadyuvó bastante a magnificarla. Devastó, pauperizó y hambreó a gran cantidad de países, bajando las defensas inmunológicas de la población. El hacinamiento en las trincheras de millones de soldados famélicos, sucios, desabrigados y enfermizos (sin olvidar los heridos arrumbados en los hospitales de campaña) actuó como un inmejorable caldo de cultivo para el virus. Por lo demás, cuesta concebir un medio más eficaz de propagación que los traslados masivos de tropas por barco y ferrocarril, en viajes transoceánicos e intercontinentales de miles y miles de kilómetros (el imperio británico, por ej., llevó al Frente Occidental muchos contingentes reclutados en sus colonias de ultramar).

Un desastre de tal magnitud no podía sino estimular el progreso de la medicina y la sanidad. Muchos de los avances científico-tecnológicos y político-sociales que, en materia de salud, cosechó el mundo de Entreguerras, estuvieron asociados a la traumática lección que dejó la mayor pandemia gripal de la historia: desarrollo de la microbiología y epidemiología, inversión en sistemas sanitarios universales, elaboración de estadísticas de morbilidad y mortalidad más rigurosas, recaudos de prevención, entre otros.

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