El orgasmo: divina explosión

Por María Teresa Canelones Fernández

Antes que el chocolate, el orgasmo es la sensación más sabrosa y sanadora que experimenta la mujer.

Así como el ajo reduce el colesterol malo y el aloe vera o sábila limpian la sangre y la piel, el bienestar físico y emocional que produce un orgasmo se traduce en felicidad por la segregación de las hormonas dopamina, oxitocina, endorfinas y serotonina. También por fortalecer y rejuvenecer el sistema inmunológico, y regular el sueño.

El orgasmo es un rico manjar que alborota la timidez en muchas y desata en la intimidad las más desenfrenadas pasiones en todas. Sin embargo, aunque endiosado con Cleopatra en el Antiguo Egipto, y celebrado a gritos durante las fiestas paganas de la Antigua Roma, hablar del orgasmo hoy en muchas culturas y en sus diferentes contextos resulta incómodo y hasta insultante, incluso en espacios habitados por las mismas mujeres.

A las niñas se les da “pao pao” por las manos cuando instintivamente exploran y tocan esa cosita escondida entre sus piernas llamada clítoris, que les genera placer. Las adolescentes amanecen empapadas por el refriegue de sus piernas entre las sábanas y automáticamente asocian el hecho a un sueño erótico.

La masturbación es un tema censurado en público y ultrasepultado en las conversaciones entre madres e hijas, y qué decir entre abuelas y nietas cuando las segundas son la reencarnación de la Virgen María, cuyo único placer en la vida fue multiplicar los partos y ser servil a San José. En las primeras edades de la mujer, las charlas formales de sexualidad son sustituidas por el roce de la bicicleta y las películas de Tinto Brass.

Las abuelas y las madres se transforman con el tiempo en generaciones decorosas, etéreas, nacidas de plegarias, cruces y rosarios, y como consecuencia reproducen prejuicios, tabúes y desinformación entre sus mujeres. Vagina y orgasmo son para ellas un combo milenario de pecado que incita al deseo más feroz de la clandestinidad y lo prohibido. Estos preceptos que la religión y la familia les han inoculado inevitablemente son replicados en las dinámicas escolares sobre educación sexual impartidas con retraimiento y posiciones retrógradas.

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¿Realmente las mujeres hablan sobre el orgasmo entre ellas?

Katy tiene 30 años y recuerda que hace un tiempo sostuvo una conversación sobre el orgasmo con una de sus compañeras de trabajo. La charla se desarrolló de forma espontánea y agradable, y cada una contó lo placentero que le resultaba alcanzar ese pico de la excitación sexual. Teorías, ciencia, kamasutra y tips complementarios fluyeron deshinibidamente. Katy recuerda que esa tarde ambas decían entre risas que la divinidad orgásmica les había conferido un título natural en el mundo de la sexología.

Una semana después de la plática, Katy se sumó a una conversación más numerosa entre compañeras de trabajo en la que también participaba su cómplice inicial, quien para su sorpresa, entre sutilezas, hizo una descarga implacable sobre las mujeres que disfrutaban y presumían abiertamente de su sexualidad, en la que además contradecía sus criterios sobre el goce y la liberación durante el sexo, aprobados días antes. De promiscuas y facilitas tildaron al género entre ironías, dardos y sarcasmos, y desde entonces Katy fue irrespetada por ellas y por otros de sus compañeros, a quienes la confidente vendió su intimidad. “Ese día entendí que el placer continúa produciendo vergüenza en las diversas sociedades, y contradictoriamente esa vergüenza es promovida por las mismas mujeres”, relató Katy con cierta frustración.

Si el espíritu de Hildegarda de Bingen -monja medieval y la primera sexóloga de la historia- se hubiese colado en la conversación de las megachicas del párrafo anterior, mujeres profesionales, siglo XXI, las hubiese mandado directamente a la hoguera, cosa de la que ella misma se salvó de milagro al hacer la primera descripción del orgasmo de la que se tenga registro, y que definió como “algo bello, sublime y ardiente”.

Si esta afamada religiosa del siglo XII mantuvo o no relaciones sexuales, si practicó o no la masturbación, no tiene importancia, porque su mayor hazaña radicó en comunicar libre y seriamente que las mujeres también sienten placer sexual.

En una época en que las féminas, además de cosificadas y esclavizadas, también eran vistas como brujas, hechiceras y peligrosas para la Iglesia y cualquier jerarquía masculina, Hildegarda le dijo al mundo que el clítoris existía y que ya no tenía que ocultársele y vérsele como a una semilla prohibida.

Esta señora se plantó ante curas, y ante sus propias hermanas de fe, para desmitificar conceptos de manzanas, serpientes y pecados, y hablar desde la ciencia -en un tono creativo y poético- sobre la vagina, el clítoris y el placer.

La fiesta del orgasmo

Aunque Freud dijo que las mujeres maduras son las que experimentan orgasmos, podría objetársele que las más jóvenes, además de disfrutar de la estimulación, también podrían llegar al clímax siempre y cuando reciban una sana y coherente educación sexual que les permita conocer su cuerpo sin pruritos ni complejos, y que en esa enseñanza teórica también se involucre al género masculino, debido a que en las relaciones heterosexuales muchas veces ellos son quienes inician a las inexpertas en el arte amatorio de manera torpe, o por mera satisfacción.

Definir con palabras un orgasmo es tan complicado como definir a Dios. Aunque llevándolo a una dimensión divina y artística, podría decirse entonces que un orgasmo es la máxima expresión de la divinidad y de la belleza. Que además, tiene connotaciones gastronómicas al ser asociado con el postre de preferencia, y jurídicas por ser la mayor expresión de la justicia femenina.