BUEYES PERDIDOS | Mi abuelo comunista (y rabino)

Por Mariano Dubin

“La muerte es una superstición secular”, me dijo alguna vez un amigo ortodoxo. En parte comparto esta afirmación y en parte comparto la superstición. Pero esta semana leí por primera vez ―lo había hecho de modo fragmentario― “Los hermanos Ashkenazi”, de Israel Yehoshúa Singer, y volví a pensar, entonces, en la voz de los muertos.

La verdad que los tiempos apremian y una novela de casi 700 hojas no me suele convocar. Estuvo así, durante algunos años, descansando en distintas partes de la biblioteca. Cada vez que encontraba este inmenso ladrillo, recordaba que mi abuelo Abraham me lo había regalado un poco antes de morir y recordaba, también, que había sido un libro que había disfrutado mucho.

“Acá está toda la historia judía”, me decía. Y yo entendía, en todo caso, que estaba diciendo: “Acá está toda MI historia judía”.

Abraham tuvo una relación nunca resuelta con el judaísmo ―de hecho, cada novela que había leído de Isaac Bashavis Singer, el hermano de Israel Yehoshúa, me lo imaginaba, de inmediato, a mi abuelo―: en aquellos protagonistas jóvenes de 17 o 18 años, en alguna ciudad del este de Europa, dudando si pertenecer o no a la comunidad. Ahora recuerdo “El certificado”, pero podría ser cualquier otra de las que he leído.

Como muchos judíos, mi abuelo lo era, sobre todo, por el rechazo de los “gentiles”. Mi abuelo de niño y joven andaba siempre acompañando a su abuelo, un rabino del barrio de Villa Crespo. Caminar, a principio de siglo XX, junto a un rabino, en tiempos de la Liga Patriótica, no sería nada amable.

Inclusive mi abuelo debió compartir habitación, todos esos años, con el rabino. Para un joven que quería conocer el mundo, aquel hogar religioso, ortodoxo, de hebreo e idish, habrá sido asfixiante.

A los 16 años logró salir consiguiendo su primer empleo en YPF. Viajó de Villa Crespo a Berisso y no volvió nunca más. Obviamente los ritos perduraron: se caso con una judía, mi abuela Fanny; los casó el rabino; realizó el “bris” a sus hijos; enterró como la ley indica a sus padres. Por otro lado, rara vez se asumía judío que entendía como “un otro” ―que supongo relacionaba a todos los rigores cotidianos de su abuelo―.

Trocó, sin embargo, su identidad familiar en otros ritos judíos seculares: la sacralización del libro, la erudición, el recelo al mundo no judío.

Antes de morir, no sé si acaso no fuera su último libro, leyó “Los hermanos Ashkenazi”, de Israel Yehoshúa Singer.

Recuerdo su afirmación (que no está en el libro pero se desprende) de que los judíos son rabinos o comunistas. Abraham, en su juventud, había militado en el Partido Comunista y, creo, fue lo más parecido que conocí a un rabino secular con sus preguntas y repreguntas, con su búsqueda de la verdad en la palabra escrita, con sus feroces obstinaciones y sus consejos certeros. Había sido, entonces, no rabino o comunista sino comunista y rabino.

Ahora que, finalmente, leí la novela, lo viví como volver a convivir una semana con mi zeide Abraham. Atrasé todo lo que pude el final de la novela. En tres o cuatro días leí casi todo y prolongué las cinco últimas hojas casi por tres días. Sabía que cuando cerrara el libro, me volvería a despedir, por un tiempo, de mi abuelo.

De la novela solo quisiera nombrar dos o tres cifras: se corresponde con la novela rusa de la familia como metonimia de toda una comunidad. Pero ya no una familia eslava sino una judía. Fue escrita en idish entre los años 1933 y 1935. La metonimia ya no es solo con la comunidad judía polaca, sino con toda la ciudad de Lodz. Entonces parte del Imperio Ruso vivió a mediados del siglo XIX una rápida industrialización textil que terminó con la Primera Guerra Mundial. En la novela están las grandes migraciones hacia la ciudad; las internas proletarias entre populistas, socialistas y comunistas; el nacionalismo polaco; los pogroms; las tensiones entre los judíos seculares y los ortodoxos.

Además, a título personal, luego de leer tantas novelas donde los personajes no poseen ninguna “existencia”, acá parecen estar vivos: los amás, los odiás, los defendés, te enojás con ellos. Hay un capítulo, en San Petersburgo, donde aparece Lenin y se describe con detalle esos días previos a la revolución soviética. Pero no los “grandes hechos”, sino las orillas de la ciudad, los marineros armados y borrachos perdidos en rincones oscuros, el precio del pan en las charlas de prostitutas.

Nada de todo esto, sin embargo, quisiera nombrar ahora, sino lo que dije al principio sobre “la superstición de la muerte”. Anoche, cuando cerré el libro, me di cuenta, por primera vez, lo tanto que lo conocía a mi abuelo; lo viva de su voz en mí. Porque no leí yo solo la novela, la leí con él. En cada acción me aparecían sus palabras: sugiriendo una interpretación, recordándome un detalle de su familia en Ekatherinoslav, riéndose en recordar a su abuelo rabino.

Desde ya, en general seguimos sin coincidir. Donde yo me emocionaba por el fervor proletario, él defendía la prudencia política. Pero varias veces, cuando la novela lograba hacerme llorar, sabía que él también lo hacía.

Entonces, al cerrar el libro ―otra metáfora del mismo libro que venimos leyendo desde siempre― pude sentir un modo de la posteridad. Él que nunca quiso saber nada con Dios, le habrá encantado, sin duda, esta forma de seguir vivo un rato más.