DESDE EL OBSERVATORIO | Gagarin, 60 años

Por Jaime García
Instituto Copérnico

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Era costumbre en casa escuchar la radio todo el día y la programación oscilaba entre Radio Nacional, que emitía música clásica, y alguna radio que propagaba tango, como Belgrano, Argentina o El Mundo.

Esa mañana del miércoles 12 de abril del 61, mientras desayunábamos temprano para ir a la escuela y el viejo para el laburo, escuchamos con especial interés qué había pasado con la Vostok 1 y Yuri Gagarin (1934-1968) en esa gesta maravillosa que era orbitar a la Tierra, durante 108 minutos de vuelo.

Con mi viejo, 4 años antes, cuando era un gurisito mocoso de 3 pirulos, habíamos subido a la terraza, en algún momento de la noche, a ver el paso del Sputnik por el cielo porteño. El recuerdo es borroso e influenciado por el relato materno, que siempre tiene algo de quimera.

La cuestión es que papá era un entusiasta del progreso y un comunista de juventud, por esas épocas venido a desarrollista, así que la aventura espacial lo conmovió y lo hizo movilizar a su hijo.

Volviendo a esa mañana, al llegar a la escuela de lo único que hablamos, durante la primera hora, con la seño Norita y los compañeros fue de la proeza de Gagarin, del impresionante logro de los rusos. Norita decía que eran muy laburantes porque vivían en un clima muy frío y todo era más difícil.

Realmente no sé cómo puedo recordar tanto detalle de ese día que me emocionó tanto que me originó una profunda admiración por la cultura y el pueblo ruso, y me marcó, sin duda, un camino a seguir en la vida.

Yuri, inspirador de muchos jóvenes y niños, fue ese humilde muchacho trabajador y estudioso que sin ninguna estridencia hizo que el sueño de un equipo de trabajo se viera coronado con un logro maravilloso que disfruta aún, 60 años después, toda la humanidad.

Basta ver su estatua nada menos que en los patios del Observatorio de Greenwich, en Londres, Inglaterra, por dónde pasa el meridiano de origen o, aquí cerca, su busto en el Parque Astronómico de la ciudad de La Punta, en la provincia de San Luis, Argentina.

Montarse en una nave espacial que no difiere mucho de una lata de sardinas, impulsado por un tremendo cohete repleto de combustible altamente inflamable, no solo habla de un intrépido sino de un valiente. Y su premio fue ver a la Tierra por primera vez desde el espacio y notar su color azul, su majestuosidad y su belleza y, también, su fragilidad como hábitat humano.

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San Luis, Argentina