BUEYES PERDIDOS | Los méritos de “Shtisel”

Por Mariano Dubin

El otro siempre es un monstruo. Sea el indio, el negro o el musulmán. La secularización construye su identidad en la comodidad de ver monstruos on demand y aliviar al espectador de no ser uno de estos otros monstruos que proliferan más allá de nuestro “ámbito privado”. Esa es la estructura de sentido que organiza gran parte del catálogo de consumos modernos. Es verdad que la secularización se construyó como el viaje a lo desconocido. Esto permitió, claro, una lógica de acumulación nunca antes vista en la Humanidad. Pero es una lógica de colonización: se llega al “nuevo mundo” para repetir las verdades del “viejo mundo”.

Uno de estos monstruos es el “ser religioso”. En los ambientes progresistas o liberales se usa, de hecho, el término “religioso” como un modo del insulto. Y así se lo suele presentar en sus consumos más célebres como fue en el éxito de Unorthodox.

Entre estos monstruos religiosos hay un interés particular por el judío ortodoxo que se representa inevitablemente, claro, con ignorancia y desprecio. Se mezclan acá distintas concepciones, entre ellas, el antisemitismo que lo ve como el paradigma de enemigo interno que no quiere ingresar a la comunidad nacional, el progresismo que lo descubre como el retraso de la modernidad y símbolo de la barbarie, el sionismo que lo desprecia como negación de la legitimidad del Estado de Israel y sus obligaciones civiles.

No me interesa, tampoco, hacer un saldo de unas comunidades (muy distintas entre ellas además) que yo también conozco poco y mal.

Por otro lado, no tengo mucho miedo de despertarme de repente un día con la kipá y la torá -aunque preservo los libros religiosos de mi tarabuelo rabino-. No necesito una serie que me diga: quedate tranquilo che, no te vas a convertir en eso, tu vida es color de rosa. No necesito de monstruos, por cierto, para tomar las pocas decisiones que tomamos en la vida.

Debo reconocer que comencé la tercera temporada de Shtisel con mucho recelo de que el éxito de Unorthodox buscara imponer esta lógica del eslogan (1). Agradezco mucho que aún perduren series como la de esta familia haredí. Para leer en relación con los escritores rusos del XIX, por una parte, y de la literatura idish, por otra. Pienso, en particular en este último caso, en “Los hermanos Ashkenazi”, de Israel Joshua Singer.

Los méritos de “Shtisel” son propios: cierta maestría para narrar la proliferación de historias familiares, de tensiones entre lo secular y lo comunitario, de la ley familiar y la singularidad, de la ironía o la tragedia especular entre los distintos mundos individuales y sociales de Jerusalén. Del humor judío: los ritos en vez de ser propiciatorios, se convierten en movimientos torpes e imposibles.

Hay además referencias literarias constantes, pero nunca exageradas como las lecturas de libros seculares a escondidas. Pero no son nunca tampoco apelaciones letradas sino a formas más generales de una recurrencia: la relación padre e hijo o las vicisitudes de un hijo que nunca sabe si irse o quedarse -hay algo acá de Isaac Bashevis Singer (el otro hermano Singer) en novelas como “El certificado”-. Todo esto se narra eventualmente en las variaciones de la tradición judía pero está logrado de un modo que podemos sentirlo desde este otro charco del universo. Vivamos o no en una comunidad ortodoxa de Jerusalén podemos vivir -al menos un rato, tal como es el pacto de toda narración- lo que sienten sus personajes.

Desde ya que podríamos mirarla toda desde uno de los grandes tópicos literarios judíos: el padre, la tradición y el hijo. Para no nombrar a Benjamin o a Kafka, recuerdo simplemente a un judío criollo: el “Réquiem para un viernes a la noche”, de Germán Rozenmacher. Las referencias literarias son casi infinitas.

Encuentro, por último, otro mérito: no hay exageración, no hay cliffhangers, no hay golpe bajo (es decir, la pleitesía a la vanidad burguesa del espectador).

En Shtisel hay, sobre todo, narración -algo que escasea, por cierto, en la cultura on demand, de la cancelación y la supremacía moral-.

No deja de ser este recurso de Shtisel, a su manera, una ortodoxa forma de no repetir el consumo obligatorio que se exige como rito de iniciación en estos tiempos.

(1) Una mínima nota al pie comparativa sobre lo que digo en los modos de narrar. Hay una imagen reduplicada en “Unorthodox”: la de hacer la plancha en el agua (toda la tradición del agua como limpieza espiritual en las tres grandes religiones abrahámicas), pero en “Shtisel” es de un nivel de sutileza magistral, de belleza llena de contradicciones no resueltas, de descripción densa)