CARIBE DISTÓPICO | Pandemia en casa

Por Marlon Zambrano

¿A que usted no sabía que su hijo tiene apenas 20 piezas dentales? ¿A que no recuerda que esa que pasa a su lado en bombacha tiene nombre y apellido y no es solo “la señora”, madre de sus hijos? ¿A que no distingue que la mancha en la pared de la cocina no es la aparición del rostro de Cristo, sino una filtración que brotó cuando se partió la canilla del fregadero, en marzo del año pasado?

Que levante la mano el que luego de un año y piquito de confinamiento, no esté a punto de enloquecer, orando a todos los santos para que este virus ponzoñoso desaparezca de una vez por todas del planeta.

Y no es que uno no quiera a su familia y no estime la arbitrariedad doméstica de eso que llaman hogar, es que la vida nos había acostumbrado a que ese peligroso territorio era un trance pasajero, un “momento especial”.

En ninguna de las pesadillas apocalípticas a las que nos tiene acostumbrados Hollywood, recrearon jamás la estampa menos taquillera pero más común en millones de casas de todo el mundo en este instante: cinco personas (papá, mamá y los tres muchachos) deslizándose gelatinosos entre las cuatro paredes del encierro.

Qué distancia social ni qué nada.

Los terapeutas afirman que la mayoría de los divorcios se producen al regreso de las vacaciones escolares. Hay un momento, durante esos dos meses de arrejuntamiento (y eso que no se trata de reclusión absoluta), que las costuras de la pareja se desbaratan y estallan las grandes verdades: “mi mamá me lo decía”, “yo sabía que eras el peor”, “no sé cómo me enamoré de ti”.

Ahora que la pandemia generada por el Covid-19 ha calado en casi el 100% de la Tierra, exigiéndonos mantener distancia social para quebrar la cadena de contagio, parece inevitable mantenernos juntos en casa.

Recurramos a las mediciones: al que menos le han llegado “insumos” al teléfono, ha recibido por lo menos 2 millones de videos de rutinas de ejercicios bajo techo de familias absolutamente desconocidas; 700 mil recetas de torta de auyama con pasitas; 1.500.000 poses de yoga para andar por casa; 3.534.244 memes de gatos y de la serie Dark, y miles de millones de chistes malos contra el gobierno. Son los embates del encierro.

Para contener la emergencia, al calor del hogar han surgido disposiciones marciales para evitar la locura del roce, antes de que nos alcance un gran desgano y la obstinación por las mismas ideas, como en Los buques suicidantes, el cuento de Horacio Quiroga, donde los tripulantes de una embarcación a la deriva acaban lanzándose por la borda.

Es hora, parece ser el mandato de este tiempo, de redescubrir por qué un día nos enamoramos de esa mujer o de ese hombre; por qué decidimos levantar casa para extender la familia, y para qué decidimos traer muchachitos a un mundo cada vez más agotado. Mientras encontramos respuestas, a lo mejor nos vacunan y escapamos.