Practicar la solidaridad: una minga por Santy

 
Por Mayrin Moreno Macías

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La fuerza y el valor de pedir ayuda

La impotencia los paralizó. Un mes atrás no sabían qué hacer, lo único que tenían claro es que debían luchar por Santyno. Él apenas tiene cinco años de edad y desde que cumplió un año y medio fue diagnosticado de una forma severa de anemia denominada talasemia mayor. Desde aquel momento empezaron las transfusiones de sangre y debido a eso su bazo se dilató y se complicó, además su cuerpo necesita expulsar una sobrecarga de hierro. 

Les aconsejaron pedir ayuda por las redes sociales y así fue. Ahora, dentro de dos o tres semanas “Santy”, como le dice su mamá, Antonella Trigilio, volverá a casa después de someterse a una operación en el Hospital Garrahan. “Su mamá y abuela llevaban más de tres años peleándola para llevarlo a Buenos Aires y lo lograron. Después de la operación está hermoso. No tenía colorcito en la piel, ahora tiene las mejillas rosadas, los labios, le está haciendo super bien el tratamiento en Buenos Aires”,  dice Matías Páez mientras Liliana, su mamá, sonríe y exclama: “Queremos mucho a ese niño”. 

En este tiempo, Matías logró reunir algunos materiales para que Santy encuentre un lugar con baño. Matías labura de lunes a viernes como albañil hasta las cuatro de la tarde y luego se va a cosechar hasta las 8 de la noche. A sus 24 años de edad a veces siente que no le da el cuerpo y el tiempo corre ante la vuelta de su familia, por eso pide ayuda nuevamente para levantar las paredes del salón para que Santy pueda estar cómodo. Agradece el apoyo que le ha brindado la gente solidaria de San Rafael, Desarrollo Social y hace unos días, gracias a un amigo del laburo, contactó con la agrupación CCC San Rafael que hizo el llamado para una minga solidaria. Será este sábado 27 de febrero y puede participar todo aquel que quiera echar una mano.

 

Amor con amor se paga

Al entrar por la parte de atrás de la casa ya se siente la humedad. Está el lugar destinado para la construcción y otro salón sin columnas, de solo ladrillos y mezcla, donde habitan hace unos meses Matías, Antonella y su hijo Santy. Cuando llueve se moja, no tienen baño y como pudieron ellos mismos acomodaron unas sillas, un sofá y consiguieron una cocina y unas baldosas que colocaron sobre el piso de tierra. Fue una construcción rápida porque ya no les alcanzaba para pagar un alquiler y Liliana, mamá de Matías, quien vive hace 20 años en el callejón Iguazú al 1568, en la Isla del Río Diamante, les ofreció un espacio para que vivieran los tres. 

Ellos son pareja hace un año y medio y un día, inesperadamente, Santy le empezó a llamar papá. “Eso me llenó de emoción y orgullo, es como recibir una recompensa por el amor que has dado. Hoy solo estoy haciendo lo posible para que estén bien. El amor no tiene nada que ver con los lazos de sangre. Además, los niños no tienen la culpa de las circunstancias de la vida. Mi familia me apoya en todo momento y en mis decisiones”, dice Matías.