OPINIÓN | La sociedad de la reproducción

Por María Teresa Canelones Fernández

No elegimos nacer, pero agradecemos la vida. Hay quienes no. La biología argumenta que fue nuestra elección competir entre millones de espermatozoides y ganar la carrera, y las religiones presentan a Dios como un voyerista que observa en primera fila la devoración de los sexos y solo bendice el acto de haber una fecundación.

La ciencia inocula la “competencia” y la religión una teoría romántica concluyente que desestima historias, contextos y experiencias humanas partiendo de realidades inamovibles, y aunque muchas tengan que ver con altas dosis de amor sentimental y de proyección familiar, otras no responden a un deseo de concepción, sino de satisfacción y placer, como un hecho natural de la vida.

Tener relaciones sexuales, más allá de ser una necesidad fisiológica, emocional y psicológica, también es una “decisión”, y las enfermedades y los embarazos no planificados una posible consecuencia. Sin embargo, en el siglo XXI, la Iglesia Católica sigue estando en contra de los métodos anticonceptivos y las enfermedades de transmisión sexual continúan siendo informadas como fenómenos sociales aislados que solo pueden afectar a homosexuales y a quienes mantienen relaciones abiertas. Asimismo, el aborto seguro y legal es rechazado cuando la lógica de esta práctica implica un acto de responsabilidad en un mundo cuyas sociedades se reproducen por costumbre y tradición.

La sociedad de la reproducción promueve la maternidad y la paternidad como un contrato o cumplimiento social y familiar, y forma parte de lo políticamente correcto y del “deber ser” en las distintas culturas, sea cual fuere su religión e ideología. Debe haber nacimientos porque sí, porque hay una tasa de natalidad que controlar, porque hay que reponerse ante los cataclismos naturales y los virus creados para sanear al planeta, porque qué sería del mundo sin los niños, que son la continuidad de la vida, porque la especie debe imperar modo hollywoodense… A los de alto poder adquisitivo la sociedad de la reproducción les dirá que hay una herencia por distribuir, un compromiso de sucesión ineludible por concretar, y los de menor ingreso solo podrán sintonizar emocionados, como en una novela, escenas ajenas a su realidad de resto discriminado heredero de deudas y patologías sociales.

La sociedad de la reproducción marketiza entre los grupos el reconocimiento y la aceptación de los individuos a través de la maternidad y la paternidad. Formar familias felices y congraciarse entre pares son requisitos para entrar a relaciones cuyos fines, en muchos casos, no tienen nada que ver con un ejercicio de disfrute y reflexión sobre los nuevos miembros. Familias reproductoras de bebés que se transforman en la compañía de viajes y en la distracción de unos padres que de manera inconsciente decidieron tenerlos para llenar sus carencias afectivas y ocupar sus mentes extraviadas en el ocio insano, en el miedo a la soledad y a no tener quién los cuide en la vejez, así como por temor al ridículo y a la ruptura de sus hábitos de familia numerosa con intenciones de perpetuar su genética.

La sociedad de la reproducción reproduce el miedo a través de las familias, las constituciones, las religiones, las iglesias, los prejuicios, los tabúes y la intolerancia. Juzga, condena y llama egocéntricos a quienes exponen libre y responsablemente sus razones de no procrear, tilda de cómodos a quienes no incluyen a un bebé en su proyecto de vida individual o en pareja. Califica de inhumanos a quienes desean criar una mascota y no a un niño, de malas personas a quienes confiesan no ser pacientes para educar, y de flojos y neuróticos a quienes desean dormir hasta tarde, evitan los ruidos y son estrictos con el orden.

Así como el miedo, la culpa es otra de las lógicas de la sociedad de la reproducción. Para ella el aborto es la peor excusa y por ende un pecado que va en contra de toda norma. El aborto es castigado por la indiferencia de una sociedad narcisista, de familias disfuncionales, de gente transmisora de doctrinas y fanatismos. En una supuesta sociedad de avanzada donde justamente solo ha evolucionado el lenguaje tecnológico, el retroceso se revela en países de América Latina y el Caribe, así como en África, Medio Oriente, Oceanía y el Sudeste Asiático, donde quien esté a favor del aborto seguro y legal es etiquetado de monstruo, es dañado física y psicológicamente, es excluido, estigmatizado, avergonzado, desprestigiado y llamado asesino.

Vivimos en sociedades fotocopias, sociedades corta y pega, sociedades hijas del automatismo, anestesiadas por la pantalla, reproductoras de frivolidad e información desproporcionada alérgica a la crítica y expansiva en estupidez. Generar vida porque sí en un mundo deshumanizado es una hipocresía. Sociedades reproductoras de pensum de estudios, de zapatos, autos, electrodomésticos, reproductoras de tecnología. Aparecen celulares y computadoras en el mercado como nacimientos en el mundo. Sociedades desechables, sociedades del descarte, del escape, del suprimir, del control Z.

El aborto no es pecado, pero la pobreza y el abandono en la que se encuentran actualmente millones de niños y niñas en el mundo sí que lo es. El demonio es la pobreza. Niños maltratados, enfermos, nacidos por violaciones, con malformaciones genéticas, niños angustiados por la poca atención que les dan sus padres y cuidadores al no cambiar a tiempo un pañal ni darles un biberón, con amor. Niños productos, niños compañías, niños nacidos para generar distracción, niños como tareas pendientes, como si se tratara de una calificación de la escuela que padres y maestros deban consentir. Niños estadísticas y supuestas garantías de seguridad y felicidad. Niños de una sociedad de consumo profundamente inmadura y alocada, por el puro hecho de concebir por concebir. Por regla, imposición, moda, automatismo, porque sí. “Decidir” es un acto de responsabilidad, y el aborto seguro y legal es una “decisión” responsable de gente pensante que avizora generaciones con menos carencias afectivas y materiales, generaciones deseadas, amadas, sanas física y emocionalmente, mejores personas, responsables con su entorno y el planeta, sensibles, creativos, innovadores, que aporten y sumen.