DE NORTE A SUR | Manuel Escalante

Por Yurimia Boscán

Se autodenomina “actor de pacotilla” dado al apego desarrollado por presentarse en castings que nunca logra. Siente debilidad por los trucos de magia obsoletos, e invierte gran cantidad de tiempo en aprenderlos, solo para complacerse a sí mismo…  Anda por la vida en modo Aquiles, el del talón, dejando su vulnerabilidad a la vista de todos, por aquello de ser guapo y “apoyao”. Sin embargo, este joven hacedor de teatro de Los Teques, cree en la vida como un gran proceso imaginario donde habitan todas sus creencias, toda su cultura, todos sus sueños, con sus dolores, con sus muertos, con sus alegrías, con sus miedos y su concurrida soledad, como diría Benedetti. Él es Manuel Escalante, el niño del cuento que no creía en abandonos pero que, por si acaso, llenó sus bolsillos de guijarros para recomenzar la ruta…

Credo de Manuel Escalante

Creo en la imaginación: Puedo jugar a ser Dios para crear un mundo nuevo.

Creo en el Big Bang y que los cometas andan buscando en qué planeta engendrar vida.

Creo en la posibilidad del que cree y se lo cree.

Creo que el mar está guardado en una concha de caracol.

Creo en las historietas fabuladas; en Kalimán, Sandokan, Espartaco, Ulises, Juana de Arco y Martín Valiente.

Creo en el Robinson Crusoe, de Defoe; en el sacrificio de Prometeo, y en el ateísmo de Buñuel, “gracias a Dios”.

Creo en el pienso y luego existo de Descartes.

Creo que Guaicaipuro es solo un grito de guerra y que Miranda, sí se fugó de la Carraca.

Creo en el “E pur si muove”, de Galilei.

Creo en La vida del maldito de Ramos Sucre y en su Preludio, que era el favorito de mi madre.

Creo en los infiernos: el de Rimbaud, el de Strindberg, el del viejo Brueghel y en el infierno de Guernica, de Picasso.

Creo en la poesía de Luis Alberto Crespo, en “El Chino” Valera

Mora y en la Derrota, de Rafael Cadenas.

Creo en la épica, revolución, democracia, anarquismo y la utopía presentes en el Credo de Aquiles Nazoa.

Creo en Rayuela y en El Libro de Manuel, de Cortázar.

Creo en el primer milagro de Jesús al convertir el agua en vino.

Creo en la Magdalena de Sabina y en A mis 40 y 10.

Creo en La Pared de Alan Parker y Pink Floyd, y en las últimas palabras de Bela Lugosi, quien al morir gritaba: Soy el príncipe de las tinieblas.

Creo en el viaje a la luna de Mèliés.

Creo en Marcelo Mastroianni al final de Stiamo tutti bene.

Creo en Genoveva de Brabante, heroína preferida de mi madre, y en Juan Félix Sánchez, quien le edificó la Iglesia de Piedra.

Creo en Umberto Eco y su libro En nombre de la rosa, y en Los Amadores, de Savater.

Creo en las pequeñas cosas, el caminante y la fiesta, de Serrat; en la trova de Silvio, y en Sui Generis, cuando me empiece a quedar solo.

Creo en la angustia de Edvard Munch, expresada en su Grito; en la Primera y última comunión y en El Purgatorio de Cristóbal Rojas.

Creo en la despedida del maestro Cabrujas al escuchar 3 días seguidos, antes de su muerte, el Réquiem de Mozart.

Creo en el libre albedrío; en lo bello de lo feo; en la insurgencia que no ha nacido.

Creo en La Iniciación de un Chamán, de Manuel de Pedro, y en los ecos del pasado, como sonidos grabados en los espacios vacíos y oscuros.

Creo en el llanto de los niños con hambre, y en la bondad y la maldad de los seres humanos.

Creo en la esclavitud del poder, y en la libertad de quien no tiene nada que perder.

Creo en John Lennon y su Imagine, y en cura Camilo, a quien le cantaba Alí Primera.

Creo en el primer amor y creo que se muere o te lo matan.

Creo en el hilo de Ariadna y en el minotauro que todos llevamos a cuestas.

Creo en el arte teatral, porque es sagrado y obsceno; sin él, no podríamos con el drama de la existencia.

Creo en la luna de Lorca y en su frase “el teatro es la escuela del pueblo”.

Creo en la Canoa de Papel, de Eugenio Barba, y en Augusto Boal

y sus oprimidos.

Creo en Bertolt Brecht cuando sentencia que en el teatro, la verdad es una trampa”.

Creo en la locura y la valentía de dejarlo todo por el acto heroico y efímero de creer.

Creo en la presencia de mi madre en casa, aun después de muerta.

Creo en la Dulcinea del Toboso, de El Quijote, y en la Roxanne, de Cyrano.

Creo en el rencor de la mujer al darse cuenta de cuánto me amó.

Creo en el dolor de Edipo al sacarse sus ojos para no ver su trágico destino.

Creo en el psicoanálisis de Freud, y en las verdades plasmadas en Así hablaba Zaratustra, Dios está muerto, El superhombre, y Más allá del bien y del mal, de Nietzsche.

Creo en el materialismo de Marx.

Creo en los locos convocados por Lu Xun y Gibrán, y en el martirio predestinado para la vida eterna de los profetas Lumumba y el Che.

Creo en la Idea Juche de Kim Il-sung y en las Ilusiones, de Richard Bach.

Creo en la valentía de Ho Chi Minh y en el honor de Yukio Mishima, el último samurái.

Creo en la sabiduría popular de mi anciano padre, para quien “toda abundancia trae escasez y toda escasez trae abundancia”.

Creo en la sonrisa de mi hijo, en el árbol que sembré con él y en el libro que le escribí y le dediqué. Gracias, Martí. Ya cumplí.

Creo que soy aprendiz de mago, zoroastrista y alquimista.

Creo que la piedra de Sofía está en la caja de Pandora.

Creo en las amigas locas que, como hadas madrinas, hechizan a incrédulos como yo y nos ponen a escribir credos a medianoche.

Creo en el antiguo escrito cuya firma describe al primer historiador anónimo.

Creo que Mary Shelley hizo un “cadáver exquisito”.

Creo en la doña Bárbara de donde vivo, haciéndome el Santos de Gallegos.

Creo que la finalidad de la vida es la muerte y que se debe disfrutar el camino.

Creo que, como Sábato, voy a vivir más de 100 años.

Creo en Las venas abiertas de América Latina, de Galeano.

Creo en el Soberbio Orinoco, y en el Viaje al centro de la tierra, de Verne.

Creo que debemos cuidar la Tierra; algún día seremos parte de ella.

Creo en la ironía de la escultura que rinde homenaje al hombre destructor de la naturaleza.

Creo en el Canto a mí mismo, de Whitman, y el Salmo Rojo de Jancsó.

Creo que la cultura pesa tanto como el bolso de la escuela cuando éramos niños.

Creo en las pistas de mis déjà vu, en las pitonisas y en el gran arquitecto de la Matriz.

Creo en los personajes que buscan autores para existir. “Cuenten conmigo” dice el actor.

Creo en la vida, en la muerte y en la reencarnación de Tespis, para que el verbo se haga carne. Creo que yo volveré, queriendo ser el mismo.

Creo que puedo ser politeísta o agnóstico, pero de que vuelan, vuelan.

Creo en las palabras, y también que se las lleva el viento.

Creo que el papel lo aguanta todo.

Creo que el beneficio de la duda me permite no creer ni en mi sombra ni en nada de lo anterior, pero sí en lo que pueda hacer por mí mismo.

Creo que fui último modelo y que esto es lo que hay.

Creo que al final, este credo no es en lo único que creo.

 


Manuel Escalante. Licenciado en Artes Escénicas de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Master in Teaching in Higher Education (Maestría en Enseñanza de la Educación Superior). Actor profesional y profesor universitario.

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