CUENTO | Envidio

Por Antonella Corallo

Todos en algún momento de nuestras vidas nos concentramos en la circunferencia andante, cruzando distancias, dividiendo calles, desplazando con un ligero revoloteo las tecnologías, la modernidad y las ganas de caminar. No niego que es grato, sí que es grato, placentero como una tarea motivacional, en donde las rodillas, amigas de mis emociones, comienzan a flaquear, a desvincular la falsa consigna que nos enseñaron:

—Nunca miren al de al lado.

Me quedé con el ojo desviado, por culpa del musculoso ese, ¡tarado! Exhibiendo su buen manejo, se hacía el experimentado, pero cuando no lo veía, el inmaduro tocaba la bocinita.

“Andar en bici”, qué verbo más rebuscado, uno no anda en bici, a uno lo sientan en la bici desde que cumple 5 años. Y vos decís:

—No puedo.

E igual te empujan al acantilado, ¡bah! Al menos eso pasó en mi caso, el médico les advirtió a mis papás que no era muy efectivo lanzarme al vacío, pero ellos no escucharon…

—Si andas en bici, conoces millones de lugares —aseguran.

No salgo de la plaza, la verdulería y la carnicera de acá a la esquina.

—No hay que medirse con la vara de otros —dicen aquellos campeones exitosos, que místicamente se descompensaron cuando estuvieron a punto de obtener el segundo puesto, cosa rara, ¿no?

—Benjamín, no te rías, el hombre está sufriendo un infarto.

—¡Por Dios! ¿No ven que está actuando? —digo.

—Se puso pálido, no puede hablar y está tirado en el piso, ¿cómo va a estar actuando?

—No importa, es de mentira, necesita ser el centro de atención —les arrojo el teléfono—. Maduren, la ambulancia no está para esto.

Resulta que me equivoqué.

—¿Cómo podés vivir con la culpa? —pregunta ocasionalmente la viuda del señor Canales, que en paz descanse. Espero que el cielo tenga bicicletas y que al desgraciado se le pinche una rueda.

—No es una competencia, cada quien tiene sus tiempos y nadie es mejor ni peor, solo distinto.

Simboliza un: “frustrate en secreto por vivir en cámara lenta, pero no te preocupes, la satisfacción algún día llega”.

Eso es válido para la gente normal, que no conecta sus sentimientos con puños; de bicicleta, claro… ¡ya transpirados y hartos de sentir mis manos! La relación con esa cosa rodado no sé cuánto me está traumando, ¡sí!, ¡me está traumando! Verla todos los días en la misma posición, con las mismas costumbres, hecha para que entregue mi fuerza muscular y deposite en el canastito de porquería mi identidad. ¡No!, me niego a colocar mi billetera, mi economía y mi salud mental, si es que la tengo todavía…

—¡Qué miran! Estoy yendo a la carnicería —ancianas avanzan, siempre se burlan, me miran con lástima—. Los frenos me funcionan, por eso no las atropello —grito.

Me consuelo y pienso: “Tranquilo, usan bastón pero corrieron varias maratones y por eso son más veloces”.

Si hay algo que no hago es deprimirme, no me siento inferior por ver cómo Jorge controla su visita al banco yendo sin manos, comiendo entre el excesivo pedaleo un pancho. ¿Tanto va a presumir? Falta que se ponga a tocar el violín, el desgraciado me saca la lengua, construye frases muy largas, casi eternas.

—¿Por qué sos tan len… —no sé qué querrá comunicarme.

—¿Qué dijiste?

Dejo de verlo, hace un gesto desagradable con sus dedos, ahí termina por irse a Inglaterra, recorrer la Torre Eiffel con su pareja y escalar el Monte Everest en bicicleta. A todo esto yo sigo sin animarme a cruzar, tengo tanta “crisis biciclística” que en vez de atropellarme un auto, me atropella un tándem. Claro, con cuatro piernas trabajando todos llegamos a cualquier lado, solo que yo llego un 30 de febrero.

Continúo, juro que no me obsesiono, juro que no estuve haciendo sentadillas toda la noche para compensar este mal funcionamiento.

—Lo que pasa es que no me llevo bien con los asientos.

—Estás sentado sobre el manubrio —afirman.

Yo no les creo. Imagínense cómo me dolería si realmente incrustara mi parte trasera en ese metal helado, que deja por causa de su curvatura varias marcas rojizas, ¡descerebrados! Me pongo hielo y continúo resistiendo, ¿quién carajo inventó esto? ¡Estúpido!, ¡hueco!, ¡infeliz! No critico, supongo que tiene lógica, si los asientos fueran cómodos, todo el mundo amaría estar sentado y… no sé de qué me estoy quejando, el doctor ya me lo informó:

—Su coxis está fracturado.

Siento eso, se basa en seguir resistiendo. Por ende, mi metodología es fantástica, cuento las horas, analizo las maneras, canto mientras lo hago, pero el nenito (que todavía usa rueditas) se me está burlando.

Trato de sabotearlo, ¡amablemente! (sin traumarlo).

—No vas a llegar a la carnicería antes, ¡te voy a ganar! —le grito.

—Pero estoy yendo a la escuela.

—No vas a llegar a ningún lado, no vas a avanzar teniendo veinte años menos que yo.

Lamentablemente los vidrios le llegaron a la oreja y no a la ruedas, se hacía el competitivo pero terminó llorando, corriendo a exponer que yo era un vecino muy malo. Se mudó hace dos semanas y ya me está juzgando.

El cartel que dice “ofertas” se aleja, la gente observa, ¡la gente rumorea!:

—¿Conociste al hombre que nunca llegó a ningún lado?

Estoy cerca de la mercería, si quisiera miento, modifico mi deseo y vocifero:

—¡Amo comprar hilos!

Pero no voy a ser tan idiota como para complacerme, sería menos agotador y hasta incluso menos masoquista, pero sufrir me gusta, encima es gratis. Quiero llegar a la carnicería, ya no tengo ganas de comprar nada, necesito que el mundo entero lo vea; una vez con los pies sobre la misma tierra, una vez ubicado en la mima la zona, en la exhibición de trofeos, y no en la del garaje de mi casa que dice con letras grandes y chuecas: “sueños frustrados en venta”.

Debo apurarme, si llego a la carnicería antes de las 10 me hacen descuento, tiro la bicicleta y me compro un Fiat 600. Siempre quise usar el auto, pero es más “cool” decir que llegué a mis metas rompiéndome el lomo y acalambrándome todas las piernas.

—Rubén, si no te pusieras arena en las zapatillas llegarías más rápido —asegura mi tía.

—¡Callate! Quiero darlo todo, quiero morir en el intento y hacerlo como nadie jamás pudo hacerlo.

A esto le sumo unas mancuernas, doble buzo para transpirar como un condenado y de paso el consumo de 80 manzanas para tenerlas bien atoradas en la garganta y al hacer el mínimo movimiento convertir mis dolencias en eructos eternos.

—¡Qué asco! Tápese la boca —acotan varios.

Tampoco voy a decir que me obligan, pero el mensaje subliminal es muy claro:

—No importa si sos bueno o malo, seguí al conjunto de personas que hacen algo.

Cualquier cosa: guirlandas, bufandas, galletitas, dedicate a arreglar microondas o al bordado, ¡lo que quieras!, pero siempre tenés que ser como un pececito, como un sapito, esos animales estúpidos que no tienen voz, ni pensamiento, que no les hierve la sangre y se encuentran en una ambigüedad más enfermiza que toda mi locura junta. Me entienden, ¿no?, ¿estoy tan mal?, ¿estoy tan trastornado?

—Rubén, ¿estás yendo para el otro lado?

Ese día descubrí que yo no era el conflictivo, el problema es que mi bicicleta estaba al revés. Voy para adelante y la muy desgraciada me hace retroceder.

—No entendés, vos pedaleás bien, pero mirando para otro lado y con los ojos desviados.

—¡Es verdad! Tendría que enfocarme en lo mío, dejar de perturbarme, dejar de mirar cómo maneja su bici el de al lado y…

—Todo bien, Rubén, pero no tenés a nadie al lado, todos están adelante tuyo.

Y así fue como me hice vegetariano.