CUENTO | Los zapatos de tío Silvestre

Por María Teresa Canelones Fernández
Ilustración: María Lourdes Canelones Fernández

Hubo un tiempo en que a mi mamá le decían regalito de Navidad, porque todo lo regalaba.

Por esos días su tío Silvestre le mostró las desgastadas zuelas de sus zapatos y mi madre, con gesto compasivo, le prometió de inmediato al octogenario que pronto estrenaría calzado.

Transcurrían los meses y durante las reuniones familiares el tío Silvestre cada vez que podía le preguntaba sutilmente a mi mamá por los zapatos. Entre la algarabía de los hermanos y primos, ella contestaba con exageradas muecas –de quien está haciendo intentos por escuchar para poder responder– que había olvidado contarle que le había encargado unas hermosas botas de cuero.

Él hacía un gesto de alegría y seguía la fiesta. Pero pasaba el tiempo y se repetían los diálogos entre el tío y mi madre, quien ya aumentaba descaradamente sus excusas.

Una tarde mi mamá estaba en la Plaza Bolívar del pueblo y no hay que adivinar a quién se encontró… Pues al tío Silvestre, quien a pesar de luchar por no abandonar su dignidad, no perdió la ocasión y le preguntó una vez más por los zapatos. El tío no había terminado de articular palabra cuando mi mamá, de manera fugaz –porque según ella, estaba muy apurada– le contestó a Silvestre con un “uffffff” prolongado que días atrás le había mandado los zapatos con su hija Berta.

Con cara de pura felicidad, el tío se fue a buscar lo que imaginaba podían ser unas botas clásicas de las que promocionaban cada veinte minutos por la televisión.

No había terminado de llegar a casa de Bertica cuando Silvestre le solicitaba la entrega del regalo que le había hecho su adorada sobrina Aurita.

“¿Cuáles zapatos, papá?”, fue la abrupta respuesta. Entonces el tío, ante tanta espera y viendo frustradas sus ilusiones de estrenar calzado, comenzó a lanzar dardos justo en el momento en que venía entrando su yerno Antonio, a quien se abalanzó porque estaba seguro de que los zapatos que llevaba puestos eran los suyos.

Ante el público engaño, el tío y mi mamá se desaparecieron de las reuniones familiares por un buen tiempo.

El día en que Aurita compró finalmente los zapatos, Silvestre ya tenía una hora de muerto. Ante la infausta noticia y para no quedar con deudas infraterrenales, mi mamá quiso ponerle los zapatos a su tío, pero los hijos del burlado abuelito se negaron asegurando que para el cielo se va descalzo.

Solo por no irrespetar a la superstición, hasta el sol de hoy mi mamá no deja ni un pie fuera de la cama, y no volvió a hacer promesas ni en broma.