CUENTO | El transpirar de las lagartijas

Por Antonella Corallo

—Se trata de besar el piso, pero un beso seco, cortito.

—¿Seco?

—Sí, que no quede saliva, besas despacito, un toque y subo.

—¿No es un toque y me voy?

—En este caso no.

—¿Y si tiene gérmenes?

—No importa, igual lo besas, ahora por eso vas a hacerlo cinco minutos más —ordeno, y pone cara de sufrimiento.

Pocos suelos son besados y por ello existe la flojera de brazos, la gente se dedica a besar cosas fáciles: guanteras del auto, frentes afiebradas y, sobre todo, la gente se dedica a besar labios. Por eso estamos como estamos, después pretenden actividad, emoción, movilidad, ¡adrenalina! Inmersos en una costumbre fugaz y transitoria, donde no importan las maneras o las formas, siquiera con qué persona; si masculino o femenino, si alto o petizo, ¡los besos siempre son los mismos! Terminan en un tiempo determinado, se apartan de la fantasía cuando uno de los dos tiene que ir al trabajo, o al baño… se vuelven constantes, ¡rutinarios! Tienen la misma anatomía, quedan siempre en el cuerpo y no saben llegar a sitios inexplicables, desconocen el alma. No existe ningún tipo de anomalía, besar no es bonito, y no me vengan con la magia cursi, o las propagandas de labiales estúpidos: dicen durante 24 horas y después no duran ni 20 minutos.

Besar es, más o menos, una cuenta regresiva, donde el humano entiende que la piel del labio sí se muerde, pero nunca se quita, ¡nunca se transforma! Pasión perecedera, que vence sobre el cuerpo del otro, ¡que expira! Es casi un acuerdo, un pacto implícito que nadie planifica:

—Por favor, no me beses de una manera original, porque quiero olvidarlo, ¡no me arranques la pielcita del labio!

Sería demasiado predeterminado, ya que todos sabemos eso; cuando uno besa, solo besa. No quema, ni incendia, no crea, ¡no inventa!

Estamos condenados a una acción expuesta, experta en no salirse del formato, en besar como tiene que besarse: y eso significa besar con labios. ¿Y si mañana se me ocurriera besar con los codos? No tendría validez, son tan exactos que lo definirían como codazos. O sea que lo que uno siente al besar no hace al beso, ¿me entienden? Lo malo de ellos es que nunca vas a saber en qué está pensando el otro cuando los da, ni cuando los recibe. ¡Bah! No me refiero a los besos entre parejas, dejemos de lado el romanticismo.

Realmente cuando uno saluda al vecino, ¿está pensando en lo que besa? ¿Sabe que acaba de rozar con una espontaneidad casi indiferente la piel de otra persona? Posiblemente solo decimos:

—Hola.

Pero el beso fue automático, nada importante, poco valorado, y así es como la cantidad de besos se va agotando.

Cupido, supongo, o quizás Afrodita, otorgan veinte por vida, al principio es inexplicable, hermoso, ¡experimentable! Luego del beso veinte, besar se asimila a usar paraguas un día de lluvia, sacar a orinar al gato y colocar papel higiénico en el baño. De repente: ¡boom! Entramos en lo que se clasifica como no me di cuenta de que besé ni de que me besaron.

Vas a regalar cientos de besos solo porque el “ancianito de la esquina parecía bueno”, porque si no saludabas falsamente a tu némesis de la secundaria quedabas resentida, ¡amargada! Y así se llega a lo que vengo explicando desde un principio: besar el piso. Bastante grato, por lo menos sale de lo aburrido y lo pactado, es terapéutico. Me coloco en el centro, ¡lo muestro! Todos aplauden, festejan, y gritan:

—Sí, ¡queremos besar de esa forma el suelo!

No espero que me tiren rosas, me conformo con que paguen alguna de las cuotas, siempre vienen con la vianda en mano y se la pasan comiendo más que besando. Llegué a la siguiente conclusión: “los besos más apasionados son las que se le otorgan al helado”, literalmente. Me fastidia cuando dejan caer el colorante de frutilla sobre mi pelo (todos los helados son berretas[1], tienen gusto a vainilla, pero si dicen que es frutilla, es frutilla).

—Señor, ¿me va a prestar atención?

—No, ahora estoy comiendo.

—¿Y para qué vino?

—Para bajar un par de calorías besando.

Desde que se comprobó científicamente que los besos adelgazan, estoy en la etapa más triunfal y dinámica de mi trabajo.

—Bueno, seguimos con la clase —afirmo, parecen concentrados. José levanta la mano

—Sí, José, podés ir a comprar helado.

—¿Y puedo comerlo mientras explica?

—¡Me tienen podrida! El helado no se come, se toma.

—¿También podemos alcoholizarnos? Se puede decir de las dos formas…

¡Dios Santo! Parece que nadie tiene interés en besar con ganas, o al menos lavándose los dientes una vez por semana.

—Gente, aunque besen el piso, ¡tienen que usar dentífrico! —aseguro.

No me hacen caso, se acostumbraron a ignorarme.

—¿Hablo yo o pasa un carro? Patricio, ¿te podés sacar los auriculares? Y no finjas que escuchas música para no contestarme.

—¿Cómo lo supo?

—Porque los auriculares no van en los tobillos.

Vienen a una clase de besos, y no quieren besar, empiezan a preguntarme sobre el dos por uno, las ofertas y la cantidad de veces en las que les permito ingresar…

—¿Puedo venir cinco veces por semana?

—Sí, yo no tengo problema.

—Pero… ¿me hace descuento?

—Señora, recién es su primera clase.

—La verdad es que no sé si pagar, ¿y si no me gusta su manera de enseñar? Usted me hace sentir incómoda.

Siempre pierdo clientas, en realidad no quieren ejercitar sus besos, o al menos adquirir la sensibilidad que perdieron, sino retroalimentar una eterna superficialidad: vienen para adelgazar.

—¿Y cuántos besos tengo que dar para reducir las grasas de la zona abdominal?

—Señora, eso no la va a ayudar, no es simplemente apoyar los labios sobre el piso, tiene que haber profundidad, un sentimiento encontrado, de superación, motivación, y sobre todo, constancia. ¿De qué sirve besar bien dos horitas y después repartir besos como si se tratara de tarjetitas?

—¿Tarjetitas?

—Sí, tarjetas. Consiste en alimentarse de manera coherente, dejar el ajo, las cebollas… ¡Ahora! ¡Ya! Tírense al piso, aspiren los gérmenes, ¡y no empiecen a rodar!

Los aspiran sin pasión, parece que están posando para una revista de apariencias, simulan hacerlo bien… ¡cuando los miro! Me doy vuelta y de repente, ¡boom! Se relajan, reposan, descansan y les importa todo un comino.

—¡Tienen que besar el piso! ¡Más! ¡Más! —grito.

Pero el delito mayor es simular que les gusta lo que están haciendo (encima actúan mal).

—No se trata de sentir placer en el sufrimiento —le digo a una loca obsesionada que viene todos los días de la semana, porque en este gimnasio de porquería no existen términos medios.

Tenés a la que se queda toda la clase tomando helado o la que te puede traer problemas porque está a punto de sufrir un infarto.

—¿Y tu seguro médico? —le pregunto mientras besa al piso.

—¿Qué?

Sale del suelo, se toca el pecho, está colorada, no puede pronunciar palabra, no sé qué hacer, ¿llamo a la ambulancia?

—¿Qué te pasa?

Fue una pregunta estúpida, no podía responderme. Entendí que solo se trataba de un envoltorio de caramelo atorado en su garganta, llamé a Catalina, la experta en golpear panzas:

—Y uno, y dos, y tres…

El envoltorio del caramelo cayó en mi cara. Me había olvidado de barrer, claro, una no puedo estar en todo, tengo que higienizar el suelo, desinfectarlo, lustrarlo, ¿qué se piensan?

—Bueno, escuchen; dadas las circunstancias vividas recientemente, nadie va a comer nada más.

De repente empecé a tener pocos clientes. Para aclarar, “la atragantada” (le quedó ese apodo) siguió besando el piso de manera desproporcionada.

—Calmate, nadie está más obsesionada que yo —le aviso.

La realidad es que todos son pésimos dando besos.

—No se trata de besar por compromiso, y tampoco de hacerlo de manera compulsiva, ¡basta con los extremos! No lo hagan en cámara lenta y tampoco esquizofrénicamente. ¡DEBEN SENTIRLO!

—Nos estás presionando —dice el grupo de vagos inútiles que viene a mi gimnasio.

—No los estoy presionando, tienen que hacerlo bien, ¡ya! ¡Tienen que aprender! ¡Vamos! Los quiero a todos besando el piso, hasta que los bracitos de fideos se les quiebren, hasta que confundan su respiración habitual con la fatiga y el sudor, ¡mátense! Hasta gozar de las tortícolis, los calambres y las espaldas entumecidas, ¡no quiero las rodillas en el suelo! —les saco la colchoneta—. No quiero las rodillas en el suelo —Carolina está llorando, pero sigue besando sin pasión, le subo las rodillas, ¡grita!—. De acá no se va nadie hasta tener los brazos trabajados, ¡espinales, lagartijas! Lleguen hasta abajo, quiero sus caras conociendo las hormiguitas, partículas y todo tipo de basurita… ¿Me entendieron?

—Tengo que ir al baño.

—Me importa un carajo, es la excusa más típica. No quiero a nadie apartándose de la fila, igual les va tocar todos, no hay escapatoria, ¡están perdidos! Besen como si el suelo fuera a partirse, hagan fuerza, quiero ver músculos, nada de grasas. ¡En este gimnasio se trabaja!

—Profe, ¿puedo tomar agua?

—No, agarrate las pesas y andá a las máquinas.

—Pero no hay ninguna máquina en la escuela —me dice.

—Qué escuela ni qué escuela, ¿sos ciega? ¿No ves la dorsalera? ¡Estúpida!

—Ya pasaron dos horas, queremos volver a casa.

—No se hagan los ingenuos, ¡me tienen que pagar las cuotas!

—Profe, ¡basta! Usted no tiene un gimnasio, trabaja en la escuela, no nos mortifique con sus sueños frustrados.

— ¿Qué haces parada? Flexiones de brazos, ¡ya! ¡Flexiones de brazos! Sin rodillas, besando el piso.

—Está viniendo la directora, profe.

—¿Y a mí qué me importa? Ahí la hago besar el piso también, para que aprenda.

La mujer con una planilla en la mano no sabe que tiene que usar zapatillas deportivas para venir a mi gimnasio. ¿Pollera tubo? ¿Pelo suelto? ¿Qué le pasa?

—A mis clases todas vienen con el pelo atado, rodete o cola de caballo.

—Romina ya no trabaja en este instituto —informa la directora cara de mono. La observo fijo, busco intimidarla con mi mirada, le hago cosquillas hasta que levanta los brazos.

— ¡Ajá! ¡Ven! ¡Tiene exceso de flacidez! —exclamo.

Me acusaban de trastornada pero finalmente hasta la directora terminó haciendo “lagartijas”.

—Y uno, y dos, y tres…

—Profe, ¿sabés que esto no es un gimnasio?

—Callate, pendejo, ¡qué asqueroso! ¿Por qué no fuiste al baño?

Siempre supe que iba a torturar a mis alumnos. Cuando tuve a María Esther Delfresno, mi profesora de segundo año, yo le decía:

—¡No puedo!
—Besá el piso, ¡seguí resistiendo! —insistía.

Y he aquí el motivo de por qué pocos profesores de gimnasia son buenos.