CUENTO | Invierno

Por Claudia Pussetto
Ilustración: @theaustralianboy

Lucía cruza la calle con las manos dentro de los bolsillos del tapado de paño negro, que ya no abriga. Algún día tendrá que hacer un esfuerzo económico y comprar otro.  Piensa en la calefacción de la oficina y apura el paso.  Cierra un poco los ojos cuando recuerda que hoy la madre de Rosa irá a hablar con el dueño del estudio.  Encuentra un caramelo en el bolsillo, lo saca, lo desenvuelve y lo lleva a la boca.  Un segundo de dulce placer. Aprieta los puños y se clava las uñas en las palmas. A Rosa, la chica de la limpieza, había muerto en un accidente de tránsito y al poco tiempo la madre había insistido con ver al abogado. Al final Lucía le había conseguido la cita.

Se le ocurre que podría seguir de largo y sentarse a tomar un café en el bar de la esquina, sólo para ver qué pasa. Llega al edificio del estudio y antes de entrar golpea los pies contra la alfombra para sacudir el barro.  También las tentaciones.

El sobretodo nuevo del doctor Jorge está colgado. Ella sabe que él lo compró en Inglaterra cuando fue a correr un triatlón. Piensa en espiar la etiqueta mientras acomoda su tapado en el gancho de al lado, pero no lo hace y en cambio se frota las manos congeladas. Se dirige al despacho del abogado, que es el único que ha llegado. Siempre es más fácil empezar la mañana saludando primero a alguno de los otros abogados del estudio, pero hoy no hay suerte.

Da dos golpes suaves en la puerta y entra.

—Buen día, doctor —se acerca un poco al escritorio.

—Buen día, Lucía —la mira por encima de los anteojos y mantiene los labios apretados en una fina línea horizontal—. Llegás tarde. Traéme un café y la agenda, tengo que reordenar algunas citas porque me pasaron el entrenamiento para las doce.

Ella asiente con un gesto y sale. Regresa con la bandeja con el café en una mano y la agenda en la otra.

—¿Cuánto tiempo necesitás para traer un café?

—Perdón, es que como Rosa —se calla y lo mira: él no cambia la expresión—… Tuve que prepararlo.

—Sentáte —dice él. Abre un sobre de edulcorante y lo echa en el café—. Recordame los compromisos.

—A las ocho treinta tiene cita la señora Castaneda Suárez.

—Dale una excusa y re programala para la tarde o para mañana.

—Está bien. A las nueve treinta vendrá el señor Campolongo.

—Antes de que llegue traéme el expediente de la causa que tiene en el juzgado de concursos.

—Está bien —Lucía hace una pequeña marca en la agenda—. No hay otras citas hasta las once, cuando vendrá la madre de Rosa.

—Pero, ¿qué quiere esa mujer? ¿Sabés si los contadores le liquidaron lo de la hija?

Lucía siente la garganta seca y traga saliva.  Se acuerda del niño que ha quedado huérfano y algo le oprime el pecho.  Hace un esfuerzo para concentrarse en la conversación y la voz le sale en un hilo que en cualquier momento se cortará:

—Pidió hablar con usted, pero no sé de qué.

—Espero que no venga con reclamos. Mientras la hija trabajó con nosotros fuimos buenos empleadores, después le liquidamos a la familia lo que dice la ley.  Al final, me esfuerzo por ser justo y la gente me paga con reclamos absurdos. No se puede confiar en nadie.

—A lo mejor no quiere reclamar nada.

Lucía se da cuenta de que debió evitar el comentario y se le resbala la lapicera, aunque logra disimularlo.

—Se quedó sola con el nene de Rosa, seguro que viene a reclamar. Mirá si vas a saber más que yo.

Ella baja la vista y toca el bolsillo del pantalón, buscando un caramelo que sabe que no encontrará. Y espera.

—No la suspendas, prefiero saber qué quiere y sacármela de encima.  ¿Algo más antes de las doce?

—No, doctor.

Él hace un gesto con la mano y toma el teléfono celular.  Lucía sale y antes de sentarse busca caramelos en la cartera. Ninguno.

La mañana se desenvuelve hacia delante como cualquier otra, mientras atiende llamados, recibe clientes y redacta escritos. Cuando anuncia la llegada del señor Campolongo, el abogado abre la puerta de su privado, lo recibe con una amplia sonrisa y una palmada en el hombro, le pregunta por la familia y antes de que cierre se alcanza a escuchar una carcajada corta.

La madre de Rosa llega media hora antes de lo acordado.  Al abrir la puerta, Lucía se encuentra con una mujer de alrededor de sesenta años.  Demora la mirada en la boca de la señora que se curva en una sonrisa triste.

—Hola, nena, vos debés ser Lucía.

—Sí, pase por favor, tome asiento —le señala las sillas junto a la pared.

—Gracias.  Mi hija me hablaba de vos.

—¿Sí?

Piensa que es raro, porque ella casi no tenía contacto con Rosa. La señora se mira las manos, como si algo la hubiera llamado hacia adentro. Lucía se sienta y trata de seguir con el trabajo.  No es fácil concentrarse y un frio le recorre la espalda.  Pasan varios minutos hasta que la madre de Rosa vuelve a hablar:

—Mi hija decía que acá la única como la gente eras vos.

La mira sin saber qué decir.  ¿Cómo la gente? La señora parece que adivina su pensamiento y explica:

—Que vos la tratabas con respeto y que te preocupabas por mi nieto Martincito.

—Ella era muy buena, yo no hacía nada especial.

Se acuerda de que Rosa había llorado varias veces por la forma en que le hablaba el doctor Jorge, le afectaba más que a ella. Y en esas ocasiones Lucía la había consolado.

La señora se levanta y se acerca al escritorio.

—No tengo mucho para alegrarte como vos hacías con ella.

Lucía trata de adivinarle la intención, pero no lo logra.

—Por lo menos puedo darte algo que era de ella.  Un recuerdo.

La señora curva un poco hacia arriba la boca y abre la mano, depositando sobre el escritorio un broche de escaso valor. Lucía mira el pequeño objeto, que podría usar para adornar el tapado y una ola de gratitud le sube por el pecho.  Se levanta, rodea el escritorio y abraza a la señora.

Hay calor ahora.

Un rato después, cuando la madre de Rosa entra al despacho del abogado, Lucia mueve el teclado de la computadora y aparece, de la nada, un caramelo masticable de limón.