CRÓNICA | Las damas de la noche

Por Humberto Márquez
Ilustración: Julietnys Rodríguez

 

Un cuento buenísimo, pero esto fue en Reporte. Yo dirigía La Noche, un encarte de 8 páginas centrales que salía los sábados, después fue dominical…

Ajá, pero el cuento es que me dio por entrevistar a una meretriz y me fui para un burdel que quedaba subiendo de Plaza Venezuela a la Libertador, un poquito más arriba del Cordon Bleu, no recuerdo el nombre pero era famosísimo… Llegué y pedí mi whisky, todavía no era ronero, los Vollmer todavía serían unos carajitos y ni pensar que haríamos el Club del Ron…

Total que me acompaña en la barra una puta argentina bellísima y empezamos a conversar. Al tercer palo le cuento a lo que iba, pero yo mismo le dije: “No joda, olvidemos esa vaina”… La conversación giraba en torno a Borges, nunca vi a nadie que recordara con tanta precisión “Tlön, Uqbar Tertius” y “Casa Tomada”, de Cortázar. Así pasaron las horas, llegaban sus clientes porque estaba tan buena que atendía por citas, iba a lo de su polvo y volvía a mi barra con Bioy Casares y Silvina Ocampo, que si “los que aman, odian”, incluyendo historias inéditas de la pareja…

Pero para hacer el cuento corto, después de tres o cuatro polvos más, y más literatura argentina, llegó la hora del cierre del botiquín… El Sava se llamaba, ya recordé, y me pidieron que las llevara a Sabana Grande, a lo que accedí con mucho gusto, aunque algo preocupado porque eran 7 y yo tenía un Fiíta Uno. Al salir me habían roto una ventana y robado el reproductor, pero ni modo, recogimos los vidrios y le dimos, yo con mi cargamento de putas bellas, y llegamos al Zorba, un bar divino en la calle del Hotel Kursaal, creo… Ante mi preocupación por dejar ese carro abierto, le ordenaron al seguridad que cuidara ese carrito con la vida misma…

Al entrar, todos los presentes las aplaudieron, le gritaron al barman “el poeta es nuestro invitado, así que no paga nada”, y nos incorporamos a aquella rolo de rumba, con todas las putas, mesoneros, traficantes, chulos, maricas, lesbianas, enanos libidinosos y demás miembros de aquella corte celestial. Era el after hour de las damas de la noche y de cuanto bichito malo se había vacilado la noche de los 90 en esta maravillosa ciudad, la propia jungla de los “mal portaos”.

Esa noche fui feliz, aunque tampoco tiré, ni siquiera lo escribí, fue una vaina demasiado buena, hasta hoy que me atreví.

Corolario 

Salí de ahí a media mañana. Al llegar a casa, mientras abría la puerta escuché el teléfono que sonaba insistente: ¿Y dónde estabas tú?, preguntó Dilcia preocupada desde su trabajo. Yo solo pude decir: “Si te cuento, no me lo vas a creer, hablamos a la tarde cuando regreses, pero ahora necesito dormir”.