CUENTO | Sabor a dedos

Por Antonella Corallo

 

¿Nunca se comieron la uña hasta que de la carne ya hinchada saliera un líquido rojo? ¿Nunca mordieron con voracidad el pedazo de dedo muerto? ¡Extinguido de los diez dedos! ¡Convertido en la miseria que tiene el cuerpo! Si nunca hicieron eso, definitivamente no saben lo que es tener nervios. Acabo de tragarme el dedo índice casi por reflejo, tiene sabor a prejuicio, a nafta y al alfajor que comí hoy a la mañana, la maravillosa fragancia a coco, mezclada con el perfume de mi abuela, el vómito del perro y, por supuesto, un tacto que se asemeja al veneno. ¿Será que tengo que hacerle un ataúd pequeño? Llorar un tiempo determinado y vestirme de negro, confesar que lo extraño cada día y cada momento. Aún no me animo a confesárselo a mi médico… (se enteró cuando entré a la guardia).

—Fue una confusión —aseguré, mientras el doctor intentaba quitarme el pedazo de muela alojado en la herida.

Cicatrices: recuerdo mortificante de que algo logró lastimarte. Me pregunto entonces en qué parámetro ingresa mi dedo: ¿en la ausencia de sensibilidad, en la gula, en la ansiedad o en un caso serio de deformidad?  La gente mira, se extrañan y preguntan:

—¿Cómo conseguiste un guante de cuatro dedos?

Definitivamente no quieren aceptar que se trata de mi mano. Sí, ¡ya me tienen podrida! Me falta un dedo, ¿y? ¿Soy menos humana por eso? Estoy a punto de ingresar al cielo de los castigados, un mundo de ensueños donde te aprecian y no se atreven ni a hacer el más mínimo de los comentarios, para no herir susceptibilidades. Si supieran que la desigualdad hiere más, supongo que no mencionarían esa frase:

—Pobre…

Me miran asombrados, tratan de no fijar la vista seguido, pero siempre se distraen y vuelven al punto de inicio:

—¿Cómo pasó?

—¿Qué cosa? —pregunto, con la intención de que se sientan incómodos al decirlo.

—Lo de tu…

—¡Ah eso! Confundí, el dedo infectado con un tomate y terminé por comerlo.

Todos se ríen, creyendo que se trata de un chiste. Comerse las uñas es una costumbre muy apetecible, casi obsesiva e infalible, no parás en la primer pielcita arrancada, continuás hasta tener las encías sangradas. ¿Quién inventó esos vicios? Van a terminar matándome antes que el cigarrillo. Hace poco busqué en libros y también en internet: «¿Quién fue el primero en comerse la uña del pie?». Habrá sido un contorsionista seguro, sin embargo, esos logros no aparecen en ningún sitio, nadie da premios ni abrazos. Claro… cuando la gente descubre cosas buenas es alabada, pero cuando inaugura una catástrofe nadie aplaude. Seguramente si buscan «¿Quién fue la primera persona en caerse de la bici?», no aparezca nada, únicamente cursos que te enseñen «cómo no caerte». ¿Por qué no festejamos a los inservibles? Quiero aparecer, quiero sentir y ser. Ahora aplaudan, ¡ya! Nada de penas, ni de consideraciones.

—¡Me comí el dedo índice! —grito.

 Se hace el silencio, tengo un cartel en la cabeza que dice:

—Caníbal.

En fin, dejé de jugar al yoyo, rascarme el ojo con plenitud y, sobre todo, señalar a la mitad de la población. Antes, cuando Roberto y yo paseábamos por los pastizales de la crítica, donde te sentís aliviado al cargar hábilmente tus frustraciones en cualquier prado, me encontraba muy feliz, temporalmente. Señalar en exceso te vuelve más demente, tanto que apodo a mi dedo Roberto.

Quería dejar de hacerlo, pero a la vez no podía porque tenía aquel presentimiento: «De todas formas las otras personas utilizan sus dedos». Esto claro que no me motivaba, me daban ganas de clavar el índice en diversas yugulares y seguir pisando cabezas con sangre ajena. ¡Sufran por burlarse! En realidad nunca sabés si están criticándote, pero criticamos antes por las dudas de que pase. Una competencia de egos, donde el más discriminador se gana un premio: tener el índice entero. Es por eso que comencé a comerlo, suavemente, de a poco, como si fuera un puñadito de pochoclos, una brisa de verano, y sobre todo un bombón helado, hasta querer devorarme la mano. Es broma. Ahora me siento mejor persona, no me burlo de la anciana de enfrente, ni juzgo a mi ex esposo. Está bien que siga con su vida, tengo pensado firmar el divorcio, me lo viene pidiendo hace un par de años, de paso le devuelvo el auto (se lo choqué varias veces, imagínense si tuviera el dedo…).

En fin, tengo que confesarlo: al principio duele, te encontrás aburrido sin saber qué decir, ni qué hacer, ¡admitámoslo! Para la sociedad involucionada, discriminar es divertido, será que abrí los ojos y comencé una nueva vida, con amabilidad comprensión, solidaridad. Me sentía buda, de verdad, comencé a usar túnicas. ¿Buda es el que usa túnicas? ¡Bah! Qué más da, la bondad se apropiaba de mi mente y no podía hacer más, hasta que de repente… siento una brisa extraña, se levanta paulatinamente, se apropia de mis valores y comienza a apuntar, no puedo detenerlo, ¡está educado para hacer eso! Es hora de comerme el índice derecho, un poco de crema y chocolate. Si voy a hacer el trabajo de sanación e introspección, voy a hacerlo completo.

Seré el primer humano en no emitir ni pensar juzgamientos. Todos viviríamos mejor si nos comiéramos los dedos, por favor no se coman otro que no sea el índice (de lo contrario no tiene eficacia). ¿Juzgar? Es de gente involucionada.