CRÓNICO | La estrategia de Pan Quema’o

Por Ernesto J. Navarro (*)

—¡A esta verga lo que viene es puro loco, mijo! ¡Pa’ que sepáis que este motel parece una novela —dijo el portero.

Vanadio, así se llama, ha trabajado como portero de este motel que roza las orillas del Lago de Maracaibo desde hace 27 años. Ha visto de todo, dentro y fuera de las habitaciones. Más aún, como si tuviera un diván, le han contado de todo.

—Fijate que el viernes pasao este motel se ganó el Oscar. Mirá, como a las 12 de la noche llegaron 4 en un solo carro. Eran un dos pa’ dos. Pagaron dos piezas, pero se metieron en una sola. ¡A esos no los salva ni Bambarito!, dije yo. Por lo menos que la bulla e’ los cocíos (1) se va a escuchar en Cabimas. Al rato… ¡A la verga! Serían como las 2 y media de la madrugada, vi a las mujeres, ¡las que llegaron con los tipos! Salieron, se fueron en taxi, ¡solas, solas, solitas! Y los hombres que andaban con ellas, salieron de las piezas como a eso de las 10 de la mañana…

Vanadio, que estaba en la puerta del motel amanecido por la guardia nocturna, le indicó  los hombres el número para llamar un taxi. Luego se sentaron en silencio.

—Yo los vi y no aguantaba la risa. Los tipos no dijeron nada. Estuvieron callaos. Al raaaaaato, uno de los dos, el Brad Pitt, me contó to…

—¿Brad Pitt? —le pregunté.

—Esperate, que este cuento es largo… ‘Cuchá —repuso Vanadio.

***

El día que Juan Miguel cumplió 20 años, sus padres le regalaron una licorería (Un “depósito”, les dicen en el Zulia). Como abandonó la universidad, pensaron darle al unigénito, una forma de sustento “propia y divertida”, decía la mamá a las amigas.

Divertida sí. Juancho se la pasaba de rumba en rumba. Más que un trabajo, aquella licorería era como una feria patronal.

La gente iba y venía. Los clientes transeúntes eran atendidos en el mostrador por dos chicos contratados para esa tarea, mientras que familiares, amigos y las conquistas del dueño en una sala acondicionada en la trastienda y a la que le gustaba llamar salón viaipí.

A menos de dos cuadras del depósito queda una universidad privada. Una de esas que nacieron como monte en la Maracaibo de los años 90 y adonde van a estudiar los niñitos de la “jai”. Por esa cercanía, el local de Juancho jamás estaba solo. A lo largo de la calle se veían carros estacionados. Alrededor de ellos, muchachas y muchachos doblando el codo de lunes a viernes.

El salón viaipí de la licorería adquirió vida propia. Era un búnker con mucha privacidad: aire acondicionado, lamparitas a media luz, mesas, sistema de sonido para música o karaoke y sillas lo suficientemente cómodas. Así que Juancho tuvo la oportunidad de sacarle provecho monetario. Se le ocurrió alquilarlo y encargó la agenda de reservaciones y la escogencia de los clientes a un amigo de la infancia y compañero de aventuras: el popular Pan Quema’o.

***

—¿Estáis viendo a esas dos? No andan con nadie —decía Pan Quema’o a Juancho, haciendo zoom in con la cámara de seguridad que estaba afuera de la licorería.

Desde la oficina podía controlarla y le servía de herramienta para la cacería de las posibles conquistas.

Pan Quema’o se había vuelto un detective. Sabía diferenciar a las que iban a tomarse unas birras y no querían ser molestadas de aquellas que tenían ánimo de fiesta.

“Rara vez se pela. Es más arrecho que Grissom (2)”, asegura Juancho al evocar la estrategia de la cámara.

Identificadas las “presas”, era Pan Quema’o el encargado de abordarlas. Maracucho entrador y cotorrero, siempre caía bien haciendo algún chiste y, acto seguido, las invitaba a dejar el calorón de la calle. Él mismo les presentaría al dueño, que segurito “dejará que se refresquen en el viaipí”.

Juancho recuerda que más de una vez dejaron de alquilar ese salón, procurando una fiesta íntima. Confiaba en la labia de su amigo… y casi nunca le falló.

***

—Pan Quema’o, te van a llevar las hormiguitas. Dejá la viveza… echáte un palo. Ve que te tengo pilla’o, ya cayó tres veces donde mismo —reclamó Juancho a su amigo encargado de hacer girar “La Botellita” (3).

Con dos de güisky en la cabeza no fue complicado jugar aquel divertimento de adolescentes, intercambiando besos por prendas.

Luego de varias vueltas a la botella, Juancho vestía solo unos interiores “Leopoldo” y medias blancas de paño. Pan Quema’o había perdido, en una de esas vueltas de botella, pantalón, camisa y unas extravagantes botas vaqueras que no se quitaba ni pa’ dormir; y las chicas mostraban sus sostenes.

La noche tenía buena pinta, pensó Juancho. Y cuando los besos ya empezaban a darse sin hacer girar la botella, le hizo señas a su amigo para que se fuera con la otra chica a la habitación contigua y lo dejara solo.

Pasaba la medianoche y Juancho veía llegar su sábado de gloria.

***

Pan Quema’o detectó un “modus operandi” en las afueras de la licorería. Las dos chicas que estaban bebiéndose las cervezas dentro del carro lo usaban solo como mesa. Notó que estaba apagado y tenían las ventanillas abajo. Descubrió, tras una breve espera, que ellas se turnaban para buscar una nueva ronda. Cuando las pedían en el mostrador (descubrió el detective), tonteaban con los muchachos que las atendían, pero no avanzaban en las bromas y se iban con las birras al vehículo.

—Mijo, vení a ver esto —dijo apurado Pan Quema’o.

—¿Qué cosa? —respondió Juancho.

—¡Las tengo!

—Como dice la gaita: Bueno primo, la tardanza es que arranque el cuatro —entonó Juan, señalándole a Pan la puerta de salida.

Pan Quema’o salió de la oficina disparado como saeta. Cruzó la licorería y se dirigió al carro de las chicas. Ellas notaron que se acercaba y dejaron de hablar. Pan se agachó en la puerta del lado del conductor y desde la oficina —a través del monitor— Juancho notó que la chica que manejaba se reía con el recién llegado.

—¡Ese mardito debe ser brujo! —se dijo Juan, viendo en las habilidades sociales de su amigo.

Vio (en la pantalla) a Pan Quema’o levantarse, las puertas del carro abrirse y las chicas seguirlo.

***

—¿Vos no te diste cuenta? Pensando aquí pa’ tras y pa’ lante, que esas mujeres casi ni hablaron.

—¡Veeeeerrrga! ¿Cómo te dicen a vos? ¿Cherlo Jon? —se quejó Pan Quema’o.

—En serio, mardito, lo único que decían era: “Bueno”.

—¡Va puej! ¿Te vas a quejar ahora? Eso nos pasa por güevones. ¿No te la dáis de vivito, puej?

***

Mientras Juancho les mostraba la licorería a las chicas, Pan Quema’o se adelantó al salón, bajó más las luces y puso musiquita romántica. Cuando por fin entraron las invitadas, ya había puesto la mesa con cuatro vasos, una hielera y una botella de güisky 18 años.

—¿Un trago? —preguntó Pan levantando la botella.

—Bueno —respondió una de las chicas encogiéndose de hombros y sonriendo con la otra.

—¿Pasapalitos? —invitó Juan Miguel.

—Bueno… —le contestaron con cortesía.

Ellos bebían a palo seco, “como beben los machos”. Después de varios tragos, habló Pan Quema’o:

—¡Ey! ¿Y si nos vamos a un hotel? Pa’ echar vaina nomás.

Y la respuesta de las chicas fue:

—Bueno…

***

Estando medio desnudos, Juan pensó que era momento para mostrarle a su conquista que él podría estar interesado en algo más que lo evidente. Al detener el beso, la miro con ojos suplicantes:

—Y vos ¿Cómo te llamáis?

Ella le sonrío tiernamente, le puso la mano en la boca y solo dijo: “ssshhhhh”.

Juan atendió al pedido obedientemente y no dijo ni una palabra más. Dirigió sus manos al sostén de ella y lo quitó con suavidad. Descubrió con la vista y el tacto unos senos hermosos, firmes, besables. Ella no hizo ningún gesto de resistencia.

Juancho cerró los ojos y acercó sus labios a uno de los pezones.

***

Algo no se sentía bien en los labios. Cuando abrió los ojos de nuevo, Juan Miguel estaba solo en la habitación, chupándose una esquina de la almohada:

—Puajgggg —escupió.

Pegó un salto de la cama más caga’o que palo e’ gallinero. La chica de los senos hermosos, firmes, besables, no estaba. Tampoco la luna. Su ropa había desaparecido, las llaves del carro y también su billetera.

Corrió en interiores hasta la habitación de al lado donde se encontraba Pan Quema’o. Lo halló buscando algo debajo de la cama. Al mirar a su amigo en ropa interior, parado en la puerta le dijo:

—No me digáis nada, mardito…

Juan guardó un respetuoso silencio. Tenía más ganas de llorar que de reír. Tomó una toalla y se la puso en la cintura.

Pan Quema’o, que no halló nada debajo de la cama, tomó lo único que le dejaron: sus botas vaqueras, y así bajaron hasta la recepción: Juancho en toalla y Pan Quema’o a lo Brad Pitt en Thelma y Louise.

Mientras esperaban al taxi le echaron este cuento a Vanadio. Casi a punto de terminar, una muchacha de limpieza se les acercó:

—¿Esto es de alguno de ustedes?

En sus manos, las llaves del carro de Juancho.


1.- En maracucho antiguo, «la bulla e’ los cocíos» significa «orgasmo». http://estaisenmaracaibo.blog.com/diccionario-de-maracucho/.
2.- En alusión a Gill Grissom, personaje principal de las primeras temporadas de la serie CSI Las Vegas.
3.- Uno consigue en internet de todo. Hay una web que ofrece instrucciones con dibujitos para jugar La Botellita ¿No me creéis? Miralo aquí: http://es.wikihow.com/jugar-a-la-botella.

(*) Periodista, poeta y cronista venezolano. Ganador del Premio Nacional de Periodismo “Simón Bolívar” 2015