CUENTO | Mi casa es mi casa

Por Antonella Corallo

 

—Es mía —le aseguro a Leonel mientras vacaciona en las Bahamas. Él se cree superior porque no sospecha de mi casa en el campo, todavía no encuentra competencia.

—Pero… ¿en medio del campo queda?

—Sí, Leonel, vos no entendés la magia que caracteriza al silencio, al rebaño de ovejas tocando mi puerta, al cerdo que se revuelca y me embarra con una rebeldía casi lujuriosa la espalda, y sobre todo, nunca presenciaste el rugido de mi león, se alegra cuando ve la acumulación de malezas.

—Patri, yo no sé mucho de animales, pero… ¿los leones no viven en selvas?

—¿En qué pensás, estúpido? ¿Qué tenés en la cabeza? Los leones alquilan mi propiedad allá, por eso la selva no tiene habitantes.

—¿Sí?

—Sí, ¿vos vas a las Bahamas y alquilás o tenés una propiedad allá?

—Alquilo nomás.

—Bueno, para que aprendas a no presumir, yo le doy techo a animales, incluyendo a pingüinos necesitados.

Dice que me quiere y todo eso, pero tampoco colabora, Leonel me trata de loca. Es porque todavía no fue a mi casa del campo, todos los que la hayan visitado, por extremas circunstancias, entienden de qué les hablo… Las avestruces se preparan el café y se cocinan dos huevos fritos, manejan con una espontaneidad casi inigualable la sartén, los búhos me alisan el cabello y los mapaches, seres intocables, vomitan sobre las gallinas, mientras ellas ponen huevos, y si esto les resulta una descripción de «Jugando a la granjita» o una mala imitación del «Doctor Dolittle» es, simplemente, porque no les mencioné las riquezas que me dejan por debajo de la tierra. Cuando estoy recostada en mi hamaca paraguaya y la jirafa intenta, lentamente, lamerme las pestañas, en realidad me encuentro despierta, tampoco para bailar con los flamencos la noche entera, pero lo suficientemente cuerda como para reconocer sus planes demenciales. Van a colocarse unos zapatitos de algodón mientras Kila maneja la grúa y tira con su cola las doscientas toneladas de rocas. Voy a hacerme la dormida, pero ellos, pequeños necesitados de mi atención, se quitarán los zapatitos silenciosos (que nunca transmitieron silencio) y provocarán más ruido para que sufra de insomnio y una gran alteración.

Una vez que muevo la pierna, dando indicación de que no me hallo inconsciente, se sienten enorgullecidos de provocarme ojeras, luego vuelven a lo mismo: finalizar con la supuesta misión.

Y si a Leonel le parece ruidosa la pequeña comadreja que conoció es porque no sabe de Brian, el cuatí adicto a lanzar bananas… Ya le dije ochenta veces que no debe desquitar sus problemas amorosos con la gente, pero no hace caso, está en la edad de Carlos (mi pavo). Poco a poco vamos evolucionando, ahora solo revolea bananas podridas, de lo contrario era un gasto impresionante, merito de su terapeuta, claro.

Acá el único que colabora un poco es el león. Salvajes que se creen dueños de todo porque, simplemente, te pagan lo que corresponde, se aparece con pretensiones de vida rica:

—Patri, ¿qué hiciste con lo que te pagué el mes pasado? Porque las barandas de las escaleras siguen siendo invisibles.

—Mirá, chiquito, conmigo no funcionan los crujidos.

—Son rugidos.

—Bueno, lo que carajo sean, te peinás la melena como corresponde y dejás de molestar con los métodos de seguridad, y todas las porquerías teóricas que te inventás, los patitos no van a crecer desviados o traumados por no tener barandas, a lo sumo se rompen un ala que nunca van a usar,  descubren lo dura, cruel y despiadada que es la vida, se hacen cargo si traen patitos al mundo, ¡y ya está! Una buena cuota de realidad no le hace mal a nadie.

En fin, mientras continúo en la hamaca, ellos ya escarbaron todo el pasto y se encargaron de enterrar la fortuna debajo.

Por eso cuando despierto, la billetera está vacía, la caja registradora contiene excremento de murciélagos y las arañas me piden que las ayude con la tarea. Mi hermana pasa a buscarlas el lunes recién, me dice que por la mañana, pero por alguna circunstancia inventada viene a las siete de la tarde y cuando llega deja la camioneta en la entrada, atropella a varios grillos para que la suerte nos ahorque y, a pesar de ser un todo desmadre, tengamos que dar las gracias.

—Gracias, Dios, por esta comida tan rica que nos traes a la mesa —digo mientras le tapo los ojos a la gallina porque en el centro no tenían pescado y además a mi hermana le gusta el pollo.

—Tiene hormonas que engordan —le digo. Ella comenta que antes estaba cuidándose, ¡qué casualidad! Siempre que viene a casa rompe la dieta y se morfa todo lo que tengo en la heladera.

—Patri, ¿ya las alimentaste?

—A vos seguro.

—Te estoy hablando en serio, Patri.

—Sí, y las ayudé con la tarea, ahora saben trepar árboles, paredes y todo lo que sea posible…

Pasa que mi hermana tiene la seguridad de que las arañas les salieron huecas, entonces las trauma, llevándolas a que hagan deportes, a que estén flacas, estilizadas, y lo que no comen las pequeñitas patas largas, lo compensa ella. ¿Vieron alguna vez una araña nadadora? Están a tiempo de conocerlas, mi granja no queda tan lejos de la ciudad…

En fin, siendo realistas, amo este gran caos que me rodea aunque a veces tengan sus días insoportables y no me dejen tranquila. En el fondo no sé si es amor, costumbre u obligación, pero sea lo que sea, ya me acostumbré a ordenar sus cuartos, a barrer desde los cerámicos hasta el pasto, de cuidar que los patitos hagan bien la fila, de que mis lombrices contribuyan y de escuchar a las ovejas balar cuando es necesario.

Quizás la fortuna y la riqueza e ir de viajes por el mundo no se comparan, es más, cualquier bien ganancial o económico es disminuido por la presencia de todos esos chiquillos, pero los quiero y no me queda otra.

—Mirá, Leonel, o visitás mi granja en el campo y de una buena vez me creés, o seguís suponiendo que no tengo animales, imaginando la vida que te gustaría que tenga y que en realidad no tengo.

—¿Entonces no querés mudarte a mi departamento?