MINIFICCIONISTAS PANDÉMICOS | Patricia Martín Rivas: “Mis cuentos, como yo, tienden inevitablemente al nomadismo”

Por Eliana Soza Martínez

 

 

Patricia Martín Rivas, escritora española radicada en Estados Unidos, ha vivido viajando gran parte de su vida, desde los 20 años en que se fue a estudiar a París. Cada lugar que se convirtió en su hogar temporal marcó su vida y su literatura, empezando por su Madrid natal. Como ella misma afirma, “vivir fuera también moldea la manera de pensar y de escribir”.

En cuanto a los géneros que escribe, ha pasado por la novela, cuento y minificción, y está segura de que su proceso creativo es diferente. Por ejemplo, en este último ella sabe que “los textos concisos precisan de palabras poderosas, llenas de significado”. Así mismo, su visión a la hora de crear es clara, desea romper reglas porque en sus experiencias vitales y literarias ha encontrado la máxima de buscar “incansablemente ir más allá de lo preestablecido”.

En esta etapa de su vida, en la que ya cuenta con varias novelas escritas y otros proyectos en proceso y obsesiones como coleccionar palabras intraducibles, se centra en la difusión de su trabajo a través de sus propios medios: su página web, https://patriciamartinrivas.com, y los espacios como Minificcionistas Pandémicos que han contribuido a que ella “teja con constancia sus creaciones de minificción”.

Para Patricia todavía quedan muchos lugares que recorrer e historias que contar, no sabe dónde más le puede llevar la vida, pero sus pertenencias más queridas: las palabras en todos los idiomas, entran en cualquier bolsillo.

 

–Naciste en España y ahora radicas en Estados Unidos ¿Cómo marcó tu literatura la vida en España?

–Cada experiencia va dejando huellas en el imaginario individual y colectivo, incluido el literario. Yo no salí de España hasta los diecisiete años, con lo que mi infancia y adolescencia están fuertemente enraizadas a una forma de ver la vida desde la cultura española. Mis primeros referentes literarios —Gloria Fuertes, Francisco de Quevedo, Federico García Lorca— son de mi país, con lo que mi literatura tiene mucha influencia de toda esta carga cultural. Eso sí, desde un tiempo a esta parte, cuestiono todo lo aprendido dentro y fuera del colegio y busco otras voces, las de quienes no aparecen en los libros de texto o en las enciclopedias, como las mujeres o las personas de otros grupos étnicos. Por otro lado, vivir fuera también moldea mi manera de pensar y de escribir, claro, y actualmente la literatura en inglés y la cultura estadounidense tienen una fuerte influencia en mi pluma.

–¿Qué ha cambiado para ti el nomadismo en tu vida y tu forma de crear?

–Todo. Absolutamente todo. La mente se abre muchísimo al conocer a personas maravillosas (y diversas) por el mundo y al vivir experiencias inusuales. El nomadismo ha enriquecido mi vida de una manera que jamás habría sido posible si me hubiera quedado para siempre en mi querido Madrid. Creo que la decisión más importante de mi vida fue estudiar en París cuando tenía veinte años: la experiencia dio un giro total a mi forma de definir mi futuro (y, por cierto, ahí empecé a escribir mi primera novela). Desde entonces, no he parado de viajar y he vivido en varios países de Europa, América y Asia. Me he vuelto más minimalista, llevo cuatro años trabajando desde casa y, para mí, “casa” es cualquier lugar con wifi (y con una hamaca). Las vivencias de viaje inevitablemente enriquecen mi literatura, que tiene lugar en escenarios internacionales. Ahora, durante la pandemia, el no poder viajar me da más espacio para establecer una rutina y estoy escribiendo más que nunca. En estos momentos viajo con los recuerdos y la imaginación, porque rescato todos esos lugares visitados gracias a mi serie El amor en los tiempos del coronavirus, con cuentos internacionales basados en historias reales que comparten conmigo las personas que he ido encontrando por el camino.

–¿Cuál crees que es la diferencia entre escribir minificción y otros géneros más largos?

–Para mí, el elemento más importante a la hora de escribir es la sensibilidad lingüística. Creo que ha de estar siempre presente en la literatura, y más aún en el género de la minificción, porque los textos tan concisos precisan de palabras poderosas, llenas de significado. También escribo profesionalmente textos publicitarios y para redes sociales, que han de llamar la atención desde la máxima brevedad. Al escribir minificción u otros textos cortos, recurro a técnicas algo radicales que al final los enriquecen, como evitar el uso de los verbos ser y estar y no repetir palabras (a no ser que busque intencionalmente ese recurso literario). Me encantan las palabras de origen griego, desbordantes, avasalladoras. Y también disfruto al mezclar cultismos con localismos para provocar cierta extrañeza. Algunos lectores me dicen que a veces necesitan un diccionario para leerme. Mientras el texto no se convierta en ininteligible, me fascina la idea de provocar curiosidad y búsqueda en mis lectores. Yo misma escribo siempre a la sombra de un diccionario, para rebuscar y rescatar palabras que gritan por salir a la superficie, sobre todo cuando narro minificción.

 

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–¿Por qué las palabras que no se pueden traducir a otros idiomas son casi una obsesión para ti?

–Desde niña he sentido gran sensibilidad por las palabras. Primero en mi lengua, pero luego la curiosidad se fue ampliando: de adolescente traducía canciones británicas, con dieciséis años ya decidí que estudiaría la carrera de Traducción e Interpretación y en mis últimos dos años de instituto di latín y griego, además de inglés y francés. Todo esto motu proprio, sin fuertes influencias externas, con una pasión por los idiomas que me brotaba de dentro. Desde entonces, he estudiado y aprendido otras lenguas. Las palabras, intraducibles o no, me han obsesionado desde que tengo memoria. Las que no se pueden traducir me llaman especialmente la atención como escritora y traductora profesional, porque hay que girar en torno a ellas, describirlas, sin poder llegar a trasladarlas por completo a otra lengua, por su carácter único y blindado. Se trata casi de objetos de culto que sirven como compuerta a una cultura distinta. Desde hace unos cinco años, colecciono este tipo de palabras (¡tengo una lista con casi trescientas!) y escribo cuentos y minificciones con ellas como título y basados en sus significados. Algunos de estos relatos viven en mi libro Saudade (Franz Miniediciones, 2017), otros están publicados acá y acullá, como semillitas por el mundo. Mis cuentos, como yo, tienden inevitablemente al nomadismo.

–¿Qué ha significado en tu escritura ser parte de los Minificcionistas Pandémicos?

–Además de ponerme en contacto con escritores que desconocía y que ahora admiro, el colectivo Minificcionistas Pandémicos le ha dado estructura y expansión a mi literatura. Por un lado, las distintas temáticas mensuales suponen un nuevo reto literario y a veces me llevan a reflexionar desde rincones hasta ahora inexplorados. Por otro, me empuja a tejer con constancia mis creaciones de minificción, que luego se diseminan hasta lugares inesperados. Y, ya que hablamos tanto de palabras, curiosamente llegué a este grupo por las palabras que conforman mi nombre: en los meses que pasé en Chile y conocí por pura casualidad a una escritora en un slam de poesía, Patricia Rivas, a quien me acerqué para contarle que compartíamos nombre, además del amor por la literatura. Esas palabras azarosas que nos pegan a la identidad cuando nacemos nos llevaron a trabar una amistad que se consolidó en las letras cuando ella decidió crear Minificcionistas Pandémicos. Mi pertenencia a este maravilloso grupo de escritores al final es fruto de otra de mis experiencias como nómada.

–Tienes escritos libros sin publicar, cuéntanos de ellos y los nuevos proyectos.

–Como escribo de toda la vida, mi creación literaria es como un iceberg: solo se ve una ínfima parte. ¡Incluso para mí misma! Hace poco estuve revisando los cuentos que he escrito desde hace casi dos décadas y no me acuerdo en absoluto de la mitad de ellos. Me sorprendió mucho. Aunque siempre he escrito por impulso y como necesidad, antes me metía mucha más presión por publicar, pero ahora estoy más relajada con el tema. Hay muchas formas de llegar a la gente, de compartir mi obra. He escrito tres novelas (la primera basada en Madrid, la segunda en California y la tercera en Lima), pero aún sus caminos no se han cruzado con los de ninguna editorial. Sin embargo, los relatos basados en palabras intraducibles encontraron su hogar ideal en seguida, de una forma inesperada: a raíz de una lectura de cuentos en Berlín. Fue todo muy natural y rápido. Creo que en las novelas se ponen más expectativas a la hora de publicar, porque requieren mucho tiempo y energía y dan más cabida a las ilusiones, con lo que no conseguirlo puede crear cierta frustración. Parece que una es más escritora al publicar en papel, como si el objeto definiera todo lo demás; y es muy satisfactorio, claro, pero hay mucho más. Ahora publico cuentos en mi web y me encanta llegar a gente de todo el mundo. Por supuesto, quiero que se reconozcan mi talento y mi obra, pero tengo paciencia y, al final, escribir forma intrínsecamente parte de mí. Todo llega.

Creo que en parte hay una barrera para publicarme porque soy bastante experimental. Siempre desafío la rigidez de los géneros: conozco bien la teoría y, desde ahí, rompo las normas. Mi primer libro publicado, Saudade, está compuesto de esas (mini)ficciones basadas en la rareza de las palabras intraducibles y el segundo, Texto. Arte. Kawara, es un ensayo que se publicará este otoño sobre un artista contemporáneo que usa la palabra en su obra visual. En este último, he intentado romper con el elitismo y la rigidez con que se habla sobre arte y he utilizado intencionalmente un lenguaje coloquial, juguetón, para huir del típico libro teórico que aburre sobremanera. ¿Por qué no pasar un buen rato y hasta reírse al leer sobre arte? Y tengo más proyectos abiertos: ahora estoy cerrando una novela epistolar a cuatro manos, junto con la excelente escritora argentina Julieta Mateos y llevo un tiempo investigando para una novela de carácter histórico en la California española del siglo XVIII. Como digo, no me gusta seguir las normas literarias de ningún género, sino que prefiero siempre jugar, experimentar, romper. En la literatura (y en la vida) busco incansablemente ir más allá de lo preestablecido.