Cuidado a adultos mayores: una noble labor teñida por maltratos, acoso y precarización

Los cuidadores no son ángeles, no son máquinas, no son productos desechables, no son estadísticas, son seres humanos, hombres y mujeres que piensan y sienten. Son cuidadoras y cuidadores de adultos mayores y personas con discapacidad. Existen, tienen nombres y sueños, también se enferman y perecen

 
Por María Teresa Canelones Fernández

Etimológicamente la palabra “cuidar” significa “ocuparse de una persona, animal o cosa que requiere de algún tipo de atención o asistencia”. En lo académico, esta definición cumple con un axioma, pero en la dinámica social tiene connotaciones afectivas y laborales intrínsecas al servicio y a la necesidad.

Cuidar a un niño es cuidar un corazón, un sueño y una vida que promete. Cuidar a un anciano y a un enfermo es la síntesis del amor y la máxima expresión de la espiritualidad. Estas formas de nombrar la labor del cuidado y acompañamiento de un ser humano a otro ser humano parten de una filosofía ideal y van acordes con los parámetros de respeto y dignidad que deberían prevalecer en todo vínculo. Sin embargo, no siempre es la premisa en una realidad global corrompida por el lucro y las relaciones a conveniencia.

Trascendiendo las contradicciones del juego triádico (empresa, familia y cuidador), es necesario explorar la fragilidad psicológica y moral enquistada en las sociedades, causante de patologías que más allá de lo físico y mental, tienen mucho que ver  con prejuicios que influyen de manera negativa en el comportamiento de los diversos grupos humanos, quienes los naturalizan y hacen extensivos en todas las esferas de la vida. La medicina no los prescribe como “enfermedad”, pero son tan letales como un diagnóstico en fase terminal. Se les llama “miserias humanas” y nadie está exento de ellas en ningún escenario. Hablamos de racismo, xenofobia, maledicencia, acoso…

El cuidado de adultos mayores y personas con discapacidad en estado de postración y convalecencia es subjetivo. Podría resultar un territorio incierto, impredecible, árido, espinoso, vulnerable, movido por pesares y escombros, así como poblado por temores, angustias, rabias y desencantos. Pero si en ese camino se practica la compasión tanto del cuidador hacia el paciente como de los familiares y la empresa contratante hacia el cuidador, podría tornarse un acto genuino de servicio reparador y gratificante para el enfermo.

En la investigación “La cuidadora domiciliaria de ancianos, de la poca visibilidad de su desempeño laboral”, del Núcleo Básico de Revistas Científicas Argentinas (2012), se argumenta que “las migraciones femeninas están intrínsecamente ligadas al trabajo. Siguiendo una tendencia histórica en las migraciones internas en países latinoamericanos donde la cantidad de mujeres migrantes es proporcionalmente significativa”.

Migrantes o no, las cuidadoras y los cuidadores están a merced de las empresas que los contratan, y muchos son explotados y agredidos por estas desde las sutilezas. Paradójicamente existen compañías pertenecientes al rubro de la salud que no les prestan beneficios de seguro social y sus pagos son en negro.

En Argentina, las mujeres por lo general son quienes realizan labores de cuidados a adultos mayores y a personas con discapacidad. En su mayoría son bolivianas, colombianas, paraguayas, peruanas y venezolanas. Los sueldos son variados y muchas veces no se corresponden con las fuertes tareas que deben asumir, y que no tienen nada que ver con el “acompañamiento”, que entra en una escala salarial menor porque son cuidados que no requieren de fuerza física ni tienen un desgaste emocional.

Cada vez es más frecuente que las empresas se lleven la mayor ganancia del “servicio”, sea público (obra social) o privado. Muchas solo llegan a pagar entre 75 y 90 pesos por hora de trabajo, cuando la paga debería oscilar entre los 150 y 190 pesos. Incluso hay quienes pagan solo 500 pesos por 12 horas de jornada con pacientes postrados que requieren cambio de pañal, entre otros cuidados extremos. Y otras compañías que solo contratan a quienes les ceden sus primeros 15 días de trabajo o sueldo.

 

Acoso, maltrato, silencio…

Glane Almarza es venezolana y desde hace tres años ejerce roles de cuidadora y enfermera en Buenos Aires. Ampliar sus conocimientos con especialistas de distintas áreas y lograr el bienestar de cada paciente atendido es su mayor recompensa. Pese a lo positivo de su experiencia, narró un hecho que atentó contra su dignidad y que le tocó enfrentar en uno de los domicilios. “En mi guardia fui acosada sexualmente por una doméstica. Parecía estar bajo efecto de algún estupefaciente y quiso besarme a la fuerza. Como pude me defendí y llamé a la empresa que me había contratado para notificar la situación y en esta se me indicó que debía quedarme en la vivienda hasta que consiguieran un reemplazo, lo que revela que a muchas de estas empresas no les importa la seguridad y el bienestar del cuidador, porque mientras ganan dinero, el cuidador tiene que soportar cualquier cantidad de vicisitudes. Hay cosas que tú tienes que ver, oír y callar y no puedes decir nada porque te perjudica tu trabajo, porque nunca te van a creer, porque siempre tendrá la razón el cliente”.

Como anécdota, Odaliz Espinola, de nacionalidad paraguaya, contó que llegó a cuidar a un matrimonio de octogenarios y que por error un día, en el momento de higienizarlos, intercambió sus paladares o planchas dentales, historia que luego celebraron los tres entre risas. Y la colombiana María Eugenia Bernal dice “ponerse en los zapatos de los enfermos” cada día, darles cariño y hacerles sentir lo importante que son para su familia y la sociedad. “Soy sus manos, pies y ojos en todo momento”, dice.

En 2017 la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA) arrojó que “el 76,8% de quienes cuidan a adultos mayores son sus familiares, sea el cónyuge, hijo u otro familiar. El 61,2%  de los casos el cuidador es una persona mayor. Y del total de cuidadores en hogares de mayores con dificultades –sean familiares o contratados–, el 71,4% son mujeres. Son los estratos más altos quienes tienen mayor posibilidad de tercerizar las tareas de cuidado.

Los cuidadores son oración en acción en espacios donde pululan rutinas, recetarios, jarabes, dietas, fluidos, pañales y jeringas. Son luz en lugares donde brotan miedos, neurosis y manías porque el tiempo es una interrogante y la muerte una constante. Activar la creatividad para llenar de buen trato y alegría la vida de un desconocido pensando en que bien podría ser un abuelo, un padre, una madre o un hermano, requiere de valentía y desprendimiento. Suavizarle la vida a otro ser humano no es una tarea divina, sino una labor que más allá de la necesidad de devengar un sueldo, celebra la vida y forma parte de un proceso sanador de despedidas. Entonces, habría que hacerlo en un ambiente donde prevalezca el respeto y la estabilidad emocional entre cuidadores y familiares de los pacientes, donde existan valores equitativos justos y dignos de las empresas para con quienes llevan a cabo este trabajo.