CUENTO | Impresiones dibujadas

Por María Teresa Canelones Fernández
Ilustración: Jesús Alejandro Arocha Canelones

Lo cierto fue que la maestra decidió castigar al niño porque el dibujo que hizo durante el recreo atentaba contra la moral y contradecía la buena educación impartida en tan distinguido colegio.

“¡Deje de llorar y camine para la dirección!”, le decía la docente al pequeño sentenciado mientras hundía sus pupilas con asombro en el papel delator.

Ya en la sala del juicio, un grupo de especialistas en reparación de la cordura y otros desvíos de las prácticas familiares calificó de irreprochable el comportamiento del niño, censuró su imaginación y por cosas de la divinidad le fue frustrado un coscorrón y una nalgada al cabizbajo infante, que continuaba llorando el triste final de su primera inspiración en claroscuro.

“¿Por qué dibujaste a un hombre orinando en la calle?”, preguntó tajantemente la directora del plantel al estudiante, a lo que de inmediato el interrogado contestó: “¡Maestra, soy yo regando las flores que están en el jardín de la escuela!”.

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