CINE | “La odisea de los giles” o la épica de la clase media víctima

Por Mariano Dubin

La odisea de los giles tiene todo para ser una pésima película: un guion previsible, actuaciones torpes, filmada en los planos más obvios. Es interesante por motivos no esperados: resume muy bien la ideología de la clase media porteña o sojera. Esta clase, llena de beneficios, se autoidentifica como víctima. La víctima, sabemos, merece todas las excepciones. La víctima puede levantar la voz. La víctima puede tomarse ciertas licencias. La víctima tiene derecho a todo tipo de exabruptos. La clase media ha encontrado en esta figura el modo de vivir su goce de clase sin culpa. Y peor: con resentimiento y revanchismo.

En realidad, la clase media ha vivido, sacando excepciones, en una tranquilidad económica y comodidad de recursos que solo quien desconoce las condiciones materiales de las mayorías podría pensarse a sí misma como una “víctima”. Hablo, claro, del sector que objetivamente pertenece a la clase media: la gente bien de Recoleta, Barrio Norte, San Isidro y completen la lista ustedes, no de la mayoría absoluta que nos consideramos clase media por poder comer todos los días alguna cosa, porque sabemos que en este país lo que abunda es la mishadura y no el pan.

Ahora bien, la película solo funciona por su mensaje que está dicho con todos los estereotipos y reiteraciones posibles: gente blanca que se esfuerza, el Corralito, trabajadores meritocráticos, los políticos corruptos… Es decir, la película les da a los espectadores, quienes habrán llenado los cines cuando se estrenó, lo que ellos querían escuchar: el Estado ha sido el victimario de emprendedores nobles, consecuentes, abnegados. La clase media es la víctima de un país bananero. Es más, en medio de la película podría haber aparecido Jorge Lanata, totalmente desnudo, y decir: “Cristina chorra” –en unos planos tipo Godard– y la película hubiera sido exactamente igual.

Hay una escena que sintetiza todo –a falta del “Cristina chorra”– y que anticipa el discurso anarcoliberal que ha venido creciendo en la pandemia. En esta escena, Luis Brandoni (el inmolado de la clase media víctima), citando a Bakunin (¡la última vez que un hijo de chacareros citó a Bakunin en un pueblo rural de Buenos Aires habrá sido hace cien años!), dice que todos los males han sido por el Estado. Acá, el público habrá sentido éxtasis. Ellos también se habrán sentido víctimas del mismo Estado corrupto. Sabemos que Estado funciona en esta enunciación como sinónimo de peronismo (gobierne o no gobierne el peronismo).

El guion abusa de obviedades varias. La más precaria es la figura del estafador (que se ha hecho de una fortuna por medio del Corralito) y quien guarda miles y miles de dólares en una bóveda en medio de un campo ubicado en medio de la nada y posiblemente con la mayor densidad poblacional de vacas por metros cuadrados en el mundo. ¿A quién no se le ocurriría guardar dólares ahí? Los guionistas exigen que el espectador crea en esto en medio de la sobreabundancia de las criptomonedas, el dinero digital, los paraísos fiscales, el blanqueo financiero y, en realidad, el uso normal de los bancos, que están hechos justamente para eso. Nadie guarda millones de dólares en un banco habiendo trabajado a pico y pala. La película da lo que el espectador pide (“son todos chorros”, “el Estado nos roba”, “nosotros trabajamos” y todo este encadenamiento de tópicos de la clase media víctima), pero le pide a cambio que, sumiso, acepte toda la incoherencia narrativa y atemos con alambre el guion y las escenas: los hijos de puta esconden su dinero en bóvedas bajo tierra en campos perdidos (otra vez el éxtasis de lo no dicho: “Cristina chorra”).

Hay otra estructura de sentir que esta película pone en juego para el porteño de la clase media víctima. En la Argentina, “gente” solo se les dice a los porteños y a los chacareros. El resto son negros de mierda, indios de mierda, mucamas de mierda, paraguayos de mierda y toda esa mierda que hace de este país una mierda. “Gente” son los chacareros y los porteños. Por eso no hay mejor héroe para esta película que un chacarero anarcoliberal.

En suma, la película es un catálogo de todo lo que no hay que hacer cuando uno escribe, filma, edita, musicaliza y todo lo que supone hacer cine. Pero sintetiza muy bien la ideología dominante de la clase media: somos víctimas de un Estado ladrón. Y la película le dio a su público todo para que vuelva a su casa con sus valores de clase en éxtasis. En una sola cosa falló esta producción: falta Juan José Campanella. Todos sus tópicos lacrimosos de la clase media víctima son un logro de su cine (recuperando, digamos la verdad, una larga tradición). Campanella hubiera merecido, al menos, producir esta película.

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